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Home Cultura Literatura

El día que terminó el verano. Cuento de Carlos Truque.

Chocó 7 días by Chocó 7 días
8 enero, 2024
in Literatura
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Carlos Truque Asprilla, Condoto, Chocó.

Carlos Truque Asprilla, Condoto, Chocó.

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Por Carlos Arturo Truque Asprilla. Cuento escrito en 1965.

Estaba sentado, entre el umbral y el patio, pensando en la lluvia. ¡La lluvia!, ¡siempre la lluvia! Pero también pensaba en José María, el hermano que se ha-bía ido hacia los cerros azules que estaban frente a la casa, dizque, así dijo él, «porque allí llovería y la tierra no debía ser tan seca como la nuestra». El le aconsejó lo contrario, y le dio una esperanza: -Ya pronto vendrá el invierno, entonces, tendremos agua de sobra. Pero el otro, José María, no estaba para escuchar palabras. Miró el cielo limpio, transparente, y dijo:

-No, ¡qué va! ¡No lloverá en tres meses!

José María se fue; y pasaron uno, dos, tres meses, y ni rastros de él. Ni una noticia, ni una carta, ni nada. El se quedó, haciendo la vida de siempre:  levantándose con el sol, unciendo los dos bueyes, labrando y luchando contra las ratas que, de noche, las emprendían contra el  maíz que había juntado, grano a gr ano,  para la próxima siembra.

¡Qué siembra! Con este tiempo, ¡qué siembra!

Y otra vez puso los ojos en lo de siempre: en eso que era como una cinta de película repetida hasta el cansancio: la tierra plana, seca, las ondas de radiación que formaba el calor y que a él le parecían vidrios que se levantaban de los surcos. Y más allá, lejos, las montañas que el tonto de José María se había ido a buscar, diciendo:

«Hay que bregar la vida en otra parte» . . .  N o sé; pero allá …

Y no acabó y se fue a «Su allá»; y él no volvió a saber de él, aunque a veces, lo recordaba cuando el calor era más fuerte y  el agua, una agua agria le salía desde el pelo, el  pecho y el  estómago y  resbalaba por la pretina del pantalón hasta los genitales. Luego, cuando podía, iba al arroyo a quitarse esa «porquería» entre el agua amarilla y fangosa que por allí corría. Por la noche soñaba, casi todas las noches, con agua fresca y cristalina; con lluvias buenas que lo mojaban a él y a la tierra. Y a veces se engañaba tanto, queriendo oír el campaneo del agua, sobre el techo, que tomaba el saco con las semillas y se iba, como loco, a tirarlas en los surcos. ¡Si estaría loco! ¡Me falta un tornillo!, comentaba al día siguiente, cuando veía el maíz amarillo tirado en los   surcos y las emprendía a pedradas contra las bandas de loros que venían a aprovecharlo. 

Luego, pasado el calor del medio día, sacaba la mecedora y se sentaba, en el mismo sitio en que estaba, a mirar unas veces hacia arriba, en busca  de augurios de agua; y otras, las más, hacia el frente, por ver si alguien venía, con la esperanza de ver aparecer el hermano que se había ido «a buscar la vida en otra parte», desterrado por el verano y el calor. Y fue al fijarse nuevamente en el campo medio arado, cuando vio el punto que se aproximaba.

-¡José María!, se dijo contento. ¡Volvió José María!, se recalcó.

Pero, al poner mejor los ojos, vio que no era José María. Era una mujer, estaba seguro, por la manera de montar y por el sombrero de paja con que se protegía del sol. Se quedó viéndola acercarse; la siguió al quitar las trancas de la puerta de campo, amplia y fuerte, y luego en su aproximación lenta. La mujer se detuvo a pocos pasos, dejando, al desmontar, ver las piernas gruesas, detalle que se la hizo desagradable, porque, en muchos meses, no había visto por allí a una mujer ni tampoco había tenido lugar para irse hasta el pueblo a  buscarla.

-¡Buenas!, saludó ella con una sonrisa.

-¡Buenas!, repuso él, seco.

-¿Don Pedro?, preguntó ella.

-Si, ¿en qué puedo servirla?, repuso.

-Me manda José María.

-¡Ah!, exclamó él, pensando en  que solo a José María se le podía ocurrir mandar  a una mujer  sola, en un caballo, a buscar a  un hombre solo,  sentado  en una mecedora, con un calor de  los mil demonios.

-¿Cómo está él?, preguntó.

-¿Quién?,  contestó  ella ,  como quien  no entiende la cosa.

-¡Pues, José  María ! .   . . ¿Quién iba a ser?

La mujer se pasó una mano por la cara gorda y  sonrosada, más   exactamente roja,  y  luego dijo, sollozando:

-¿No  lo mataron, pues?. . . ¡Me lo mataron!

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-¡Vea, pues, dijo él. Pero se dio cuenta que la muerte de José María no le importaba; como si de antemano supiera que la mujer le iba a decir que estaba muerto, solo preguntó:

-¿Y cómo fue el asunto?

-Unos bandidos, -explicó ella- creyeron que teníamos plata y una noche …

-¡Y ya!, ¡ya!, comentó él. Y recordó casos leídos que tenían relación con la historia: Unos bandidos, en la noche, un hombre amarrado que moría, una mujer violada (tal vez la habían violado a ella) y luego solo unos recuerdos y unos pedazos amarillentos de papel periódico  que los dolientes guardaban para no olvidarse del todo de la  cara del muerto ni como había quedado de horrible después del «corte de franela».

-Bueno, no llore, aconsejó a la mujer, quien empezaba, entre lágrimas y sollozos, a decir «lo bueno que había sido el José María», «lo macho  pal trabajo que era», «lo tanto que la quería», «lo que  recordaba al hermano», «la tierra que tenían allá en  lo plano». Luego, haciendo una brusca transición, dijo:

-¡Antes de morir,  me pidió que viniera!

-Será bien venida, -le expresó él-, pero aquí se trabaja mucho. Hay que madrugar, cuidar la tierra, ir a comprar al pueblo.

-Estoy acostumbrada, anotó ella secamente.

¡Bien!, ¿cómo es que se llama?

-Mercedes, ¡María Mercedes!

–Bien, María Mercedes, viviremos juntos desde hoy. Su cuarto queda antes de la cocina.

-¡Entraré a bañarme!, advirtió Mercedes, uniendo las palabras a la acción.

-¡Un momento!, la detuvo él, ¡un momento!

-¿No me puedo bañar?, preguntó la mujer, mientras se abanicaba imaginariamente.

-¡Uf!, ¡qué calor!

-Sí, es cierto, reconoció él; pero de agua, ¡ni gota!. . . solo hay una tinaja para calmar la sed. Para bañarse, no alcanza.

-Esperaré a que llueva, entonces -dijo ella, tranquila y confiada-.

El rió y le informó: -Hace cuatro meses no llueve, ¿no ve cómo está esto?

-Ya veo, habló ella, luego de pasar una mirada fugaz por el contorno.

El también lo hizo como todos los días, como hacía siempre, desde la misma mecedora; pero ahora no lo atrajo más el campo a  medio arar, ni los surcos amarillentos, ni la yerba quemada, sino ella, la hembra, y  tembló por dentro, porque pensaba en cómo sería el deslizar una mano lentamente por sus flancos, su vientre, y  luego dejarla ir hacia abajo, en una incursión franca y  atrevida. «Sí, se dijo, es bueno que haya venido; así, al menos, no estaré tan solo, no viviré en esta mecedora, mañana y tarde, tarde y mañana, contemplando el  mismo  pedazo de tierra. “Bendito seas José María».

-En la cocina, continuó, hablando de otra cosa, hay todavía algo del último mercado. No nos moriremos de hambre, terminó entre carcajadas.

-¡Quiero agua, solo agua! Pidió ella con desespero, moviendo el cuerpo como si estuviera bajo un chorro imaginario.

-Si quiere, todavía queda algún maíz, informó él, lo arrancaré y lo traeré.  Puede hacer  arepas para el  desayuno.

-Gracias, pero, por ahora, quisiera bañarme, me siento … protestó Mercedes con fastidio.

El sabía como se sentía ella, porque igual estaba él, con el agua del sudor bajándole de la cabeza al vientre y del vientre a los genitales; y, sobre todo, con ese vaho agrio que subía por caminos misteriosos hasta la nariz. .

-¡Tendrá que esperar las lluvias! Le notificó, con un sentimiento de embarazo, reconocido por primera vez, por la presencia de la mujer, cuyas formas generosas lo atraían y lo repelían simultáneamente. Lo atraían, porque ella era toda una hembra, el José María había escogido siempre bien; y lo repelían, porque no lo tenía muy claro, le parecía pecado desear la mujer de su hermano, aunque éste estuviera bien muerto y enterrado.

-¡Si él no hubiera muerto! Exclamó ella, como si adivinara los pensamientos.

-¡Bah!,  ¡dejemos ya eso!, aconsejó él. Luego agregó. -¡Venga, le mostraré su cuarto!

Entraron juntos a la casa y ella se acomodó lo mejor que pudo. Después, él volvió a su mecedora, a esperar el viento recio de la tarde, a mirar lo de siempre: la tierra sedienta y uno que otro árbol solitario a la distancia; a pensar cuando iría a llover, a meditar sobre lo que haría cuando lloviera y  en lo que tendría que hacer con la tierra en caso de que el verano se prolongara y  no terminara pronto como era su deseo y  el de la hembra, que esperaba las lluvias para bañarse.

Por la tarde, mientras Mercedes hacía sus oficios en la cocina, volvería a sembrarse en el corredor para aprovechar el soplo fresco  que se sentía de Occidente a  Oriente. Ella acudió un momento y se sentó al lado; y él pudo ver bien la cara ancha, la breve nariz, los labios  anchos, carnosos y rojos, los ojos negros,  por  donde se asomaban la picardía y la ingenuidad. A algo que él dijo, ella rio, mostrando, al hacerlo, los dientes fuertes, limpios y parejos. El volvió a pensar en ella como hembra y se dijo: «Bueno es que haya venido. Estaba tan solo, caraj , que esta mujer bien puede ser mejor que el agua que esperaba». Luego entró y regresó con un libro de tapas negras.

-¿Y eso?, preguntó ella.

-¡Una biblia!, repuso él. La encontré en un cajón viejo, no sé a quien perteneció, pero, de rodos modos, sirve para matar el tedio.

-¡Es pecado leerla¡, sentenció ella.

El rió y se dijo que «la mujer era tonta de capirote, pero estaba bien que estuviera allí, que hubiese venido desde la montaña después de la muerte de José María».

-Parece que va llover pronto, dijo ella convencida.

El miró sus señales, los augurios que ya tenía fijos para la lluvia y negó con la cabeza:

-Quizá por la mañana.

Pero ella repitió: -Me parece haber sentido llovizna.

-¡No!, cortó él. Es agua que trae el viento de allá, de la montaña; pero no sirve para la siembra. Es solo rocío. Cuando el agua caiga como debe caer, como Dios manda, sembraré el maíz. Todo será entonces verde. Vea Ud.: el maíz y  sus lanzas verdes, el pasto fresco ;  y  hay flores y  el sonido del arroyo que se secó.  Porque me hace falta, ¿sabe?, de noche me quedaba oyendo el agua correr y me iba quedando dormido. Era como si me arrullaran. Volvía a ser niño ¿comprende?; volvía a salir con José María a saltar y a correr y a ponerme roja la boca de mortiños. Pero eso es de otro tiempo. «¡Si seré pendejo yo!».

Ella se ruborizó y  a  él le pareció más bonita y  apreciable, pero no se lo  dijo,  siempre había  sido corto con las mujeres. No podía decirles todo lo que pensaba, porque, ante ellas, la lengua se ponía pesada y se le amontonaba en la boca. José María se reía de él  y  decía que era «pendejo hasta no más». Quizás era solo miedo.  Miedo a lo que no comprendía por ser tan diferente a  él. Ese ser magnífico bello y dulce que era la mujer, lo desconcertaba. Y Mercedes, además, lo vencía con esa ingenuidad que parecía una máscara tras la cual debía ocultarse quien sabe que deleitosos pecados, quien sabe que secretas ansias. Tal vez ella también pensaba en él, como él en ella y se regocijaba como él lo hacía; quizá se quemaba las venas como él las suyas cuando la seguía con su paso rítmico o cuando los ojos se encontraban y ella sonreía suave y misteriosa como una madona. Pero por más que Mercedes le gustara, todavía no podía encontrarle un lugar exacto en su vida. N o sabía a qué había venido y si José María le había dado instrucciones para que reclamara la parte de la finca que le pertenecía. Esto lo inquietaba, porque la f inca no era nada y se había diluido aún más cada vez que un hermano -Y eran cinco- decidía pedir su parte y cultivarla «por su cuenta y riesgo». «N o, se dijo, si ella pide, yo me negaré. Yo no obligué al zángano de José María a  irse, ni le dije que buscara una hembra en esa maldita montaña a  donde fue a buscar la muerte».

Y como para salir de una duda molesta, que desde hacía días le rondaba el corazón como un gusano, dijo a Mercedes, en tono seco:

-¿Y el José María no compró tierra por allá?

-No, repuso ella firme, ¿con qué?

La negativa y la nueva pregunta aumentaron sus recelos. «La mujer, se dijo, viene a algo. Por ahí debe traer las escrituras y quien sabe qué planes para quedarse con esto sin haberlo trabajado». Luego pensé en los días, las semanas y los meses que había estado sentado en la mecedora viendo hervir el cuadrado de tierra que tenía ante la vista y, de vez en cuando, las manchas azulencas de las montañas que tanto atrajeron a José María, hasta que, finalmente, se lo tragaron. 

Y volvió a repetirse que el hermano había sido un tonto yéndose, en lugar de quedar-se allí, sembrar maíz y venderlo en las ciudades. Sobre todo ahora que una carga valía un dineral, »bueno que estaba el maíz», como decían en el estanco del pueblo, y con una carguita podía comprarse un buen  caballo o un radio de pilas.

«Siempre quise tener un caballo», dijo mientras le ponía el ojo encima al que ella había traído en su viaje y  que ahora arrancaba el pasto a  unos cincuenta metros.

Mercedes se adentró en la casa y, al cabo de hora y media, le trajo cacao y arepas. Él comió a desgano, pues, como todas las tardes, no se sentía bien. «La maluquera, la fiebre», se confesó espantado, porque siempre que le venían esas indisposiciones vespertinas amanecía con las corvas flojas, la lengua reseca y la boca sin gusto; además soñaba espantosamente con las mujeres de la cantina del  pueblo. De esas que lo llamaban el día de mercado: «Ve, vos, vení» y se dejaban sentar en las rodillas y acariciar las piernas entre risotadas. Pero, desde que llegó la hembra, las piernas de los sueños se metamorfosearon. Eran las caras de las otras; pero las piernas eran las de ella. Las mismas que vio cuando desmontó; rosadas, llenas, veteadas de ríos azules. «Ella con el agua y yo con ella, carajo», se dijo para encuadrar una situación novedosa desde la llegada de Mercedes, que a cada rato bufaba y pedía: «Agua, agua …   me muero de calor».

Y él la miraba sintiendo que todo el macho que era él se iba en esas miradas bobaliconas y ardientes.  Y ella, como si lo supiese, pasaba una, dos, tres veces, moviendo el cuerpo de tentación o  se sentaba de un modo que lo hacía arder por dentro y le atajaba la saliva en el pescuezo.

«Maldita vieja, pensó. ¿Por qué no se quedó en su montaña?». Porque le parecía que ella lo hubiera hecho mejor quedándose allá que haciendo un viaje largo y pesado a lomos de un caballo viejo y flaco.

Mientras le recibía uno de  los platos que le sirvió,  ella afirmó nuevamente: -Creo que va a  llover. Y lo hizo mirar, como la primera vez que lo dijo, primero hacia el cielo límpido y luego hacia el sur, a un punto que se oscurecía cada vez que había proyectos de lluvia.

-iNo! repuso, ¡no hay ni ·señales!

Pero ella insistió. -¡Pues, para mí, que va a  llover!

-¡No!, ¡no! recalcó él, sintiendo que le nacía una rabia sorda contra ella, por terca y entrometida en cosas  que él sabía mejor que ninguno en la zona; como que, por eso, debía tocar el  cuerno para que los  otros lo oyeran y tuvieran tiempo  de salir a regar la semilla. Como tendría que regarla él, si el dicho de la mujer resultaba cierto, asunto en que creía muy poco.

Ella, empero, atenida a su idea, asida a su terca esperanza, salió a lo plano y estiró el brazo. Se volvió a él riendo como una chiquilla y gritando:

-¿No se lo dije? ¡Hombre! ¡si están cayendo gotitas!

-Caen todas las tardes -dijo él, lentamente-. P ero vienen de allá, agregó, señalando con la cara hacia los montes . Es de todas las tardes; pero, por la noche, en vez de agua, aumenta el calor. Y, cargan do su mecedora, entró a la casa a encender la «coleman», pues hacía rato había advertido que el sol de los venados se había apagado. Era ya la noche. Para él, más o menos, las  seis  y media, según las estrellas. Una vez acomodado adentro, con luz propicia, sacó su «Biblia» y leyó algunos  versículos que  le gustaban; pero, al hacerlo, n o  tenía en la mente nada religioso, sino el pensamiento de gozar de un rato divertido.

Por otro lado, y eso no lo decía a nadie, creía que  el santo libro tenía muchas mentiras, como la del guerrero que paró el sol  y la de la mujer que fue a trabajar al campo de un patriarca y terminó acomodada a su lado.

Una hora después, entró Mercedes y lo vio leyendo. Hizo una mueca de desagrado, volvió a repetir sus protestas contra el calor y hasta se aflojó un poco la blusa para quedar mejor ventilada.  Después de una pausa, preguntó: -¿Dónde voy  a dormir?.

-Aquí, respondió Pedro, hay una colchoneta en mi cuarto. La traeré. Fue por ella y se la extendió en el suelo. Luego hizo una pantalla de periódico y se la colocó a la «coleman».

-Así no la molestará la luz, explicó.

El sabía, por experiencia, que no se podía dormir con el resplandor de la lámpara sin amanecer con los ojos rojos y ardientes, lo mismo que José María cuando se escapaba al pueblo, se acostaba borracho y amanecía  a beberse toda el agua de la tinaja.

-¿Hay panela ?, quiso saber  Mercedes.

-¡Creo que s í!, repuso Pedro.

-¡Entonces haré una chicha! -apuntó ella-¿no le gusta la chicha?, preguntó.

-Cuando no está muy fuerte, le aclaró él,  recordando una vez que tomó más de lo debido y al día siguiente no sabía qué hacer con la cabeza, que parecía respirar dolorosamente por cuenta propia. «Casi me muero, se dijo, con esa agua amarilla y amarga». Y siguió contándole a la mujer pequeños detalles del tiempo de José María, tan lejano ahora, sin ocultarle nada de las ocasionales visitas al pueblo, de las mujeres y, en fin, de los problemas de los  solteros donde las mujeres fáciles, pues las otras solo se conseguían de vez en cuando; y eso, pasando primero por donde el cura.

-Y usted… , ? Usted no se casó . ,  ano o curiosa.

-No, nunca, negó Pedro con deliberada lentitud. Tuve una novia, pero no me casé. Quizá no era para mí y Dios no lo quiso.

-Pudo ser, dijo ella, porque «matrimonio y mortaja, del cielo bajan».

-Cierto, apoyó Pedro con entusiasmo. Yo no digo que no la quería, que no me  gustaba; pero, y  eso es lo raro, tres veces aplazamos el matrimonio y, de larga en larga, acabó por olvidársenos a  los dos. Ella rió del asunto con ganas, apoyando las manos en el vientre y limpiándose los lagrimones que se escapaban de los  ojos.

-¿Qué le pasa?, preguntó él admirado.

-Nada. Me reía, aceptó ella, riendo convulsivamente.

El la miró atentamente y se confesó que no entendía la risa, porque cualquier mujer podía haber visto desbaratados uno o dos proyectos de matrimonio. «Es tonta ésta», se dijo, mientras sentía que el cuerpo se le descomponía inopinadamente, «es la fiebre, se confesó alarmado». «La fiebre maldita sea, la maldita fiebre».

Y no se preocupó más, porque, a poco de marcharse José María, le empezaron los ataques que se repetían tarde tras tarde. A la fiebre seguía luego el escalofrío, y así, toda la noche, hasta el despertar con el  cuerpo liviano, la boca amarga, dolores  en las articulaciones.

-¡Tome quinina!, le dijo una vez el boticario.

Pero las pasas amarillas y amargas lo descomponían más y lo dejaban como sordo.  No volvió a tomarlas.

 -¿Se siente mal?, preguntó Mercedes.

-Un poco de fiebre, le explicó él. Nada serio; sucede todas las tardes. La fiebre, el escalofrío y, luego, todo pasa.

-¡Le haré una agua de panela !, anotó ella, entrando en la cocina, y  desde allí gritó:

-¿Hay  limones?

-Sí, dijo él, también recio. Allí, en el canasto. . .  ¿los ve?

-Sí, ¿como no?, aquí están. Aguarde unos minutos. 

Y no tardó él mucho en verla aparecer con la taza humeante. Bebió el líquido caliente y agrio y se arropó. Ella se despidió poco rato después. Y él la sintió arreglando sus cobijas, y la colchoneta. No tardó en oír también su respiración pesada. Debía dormir. Pero él, escuchando a ella, atento a los ruidos que venían de afuera, no podía cerrar los ojos. Con ellos abiertos, permaneció largo rato. No quería oír; pero tener que oír, quiéralo o no; primero fue el  viento con los árboles del patio; luego un hombre y una mujer pasaron conversando por el camino. La voz de él era gruesa y se oía como un murmullo. Ella río de algo, con malicia, y él imaginó que el hombre, tal vez, le contó algo picante o la tocó y le hizo cosquillas.

Pedro volvió a pensar en Mercedes, acostada en la colchoneta, a tres metros de donde él mismo se hallaba,  y un regusto  a hembra le inundó la boca. Era lo mismo que sentía con  José María cuando se sentaban en el umbral,  él en su  mecedora, el otro en el suelo, con la espalda contra la pared,  a  recordar  las de la cantina  del pueblo, con sus ademanes sueltos de putas  desvergonzadas o sus llamados calientes de «Ve, vos, vení».

A ]a media noche, no hacía mucho había cantado un gallo de lejanía, oyó los pesados cascos de un caballo marchando despacio. No; quizá eran dos los caballos. Tal vez en el de Mercedes y la yegua de la casa.  Los animales empezaron a correr en el patio. El se incorporó y, desde la ventana, los vio correr. La yegua blanca iba adelante y el caballo la seguía en círculo, relinchando y dándole mordiscos en el lomo. Por fin, en una de tantas  vueltas,  el  caballo alcanzó a la yegua, le puso los remos en los  cuartos traseros y luego él vio el impulso del caballo, como un pequeño salto hacia adelante, para quedar luego quietos caballo y  yegua, relinchando de vez en cuando. «Caballo del patas», dijo él  a  media voz. 

Pero en el fondo se alegraba de que las dos bestias se hubieran acoplado. Así, la yegua tendría un potrillo que de mucho podría servir más tarde.  Volvió a la cama y se tiró en ella, sin dejar de poner el oído hacia afuera, hacia los ruidos de la noche, y hacia adentro, donde la mujer luchaba con el calor, pedía lastimeramente agua y hacía crujir la paja de la colchoneta al mover se. En un momento la sintió incorporarse y p asar hacia la cocina. Oyó cuando levantó la tapa de la tinaja y sacó agua. Luego la tapa se asentó con ruido hueco y él sintió cómo los párpados se le ponían más pesados a cada segundo. Luego tuvo la sensación de estar cayendo en un abismo negro, cayendo, cayendo; y los ruidos de afuera se le borraron y lo mismo los de adentro.

Al otro día los abrió para mirar hacia donde dormía Mercedes, pero no estaba allí. «¿Dónde diablos se habrá metido?», se preguntó. Entonces oyó lo que no había oído al despertar. ¡Está lloviendo! ¡Lloviendo! Se asomó a la ventana y , efectivamente, estaba lloviendo. Sin detenerse a averiguar por la mujer, tomó el  saco con las semillas y  salió  al patio en calzoncillos y  comenzó a tirar las semillas  al  vuelo.  De pronto una voz lejana lo atrajo:

-¡Don Pedro! … ¡Don Pedro!

-¿Qué? Dijo duro, haciendo bocina con las manos.

-Por acá estoy. Lo llamó una voz inconfundible. Era Mercedes, y el fue hacia el sitio de donde salía la  voz, llevando el saco a la espalda, corriendo, feliz entre los  hilos gruesos  de la lluvia. La mujer estaba en un prado, desnuda, revolcándose, ayudándose con las manos para que el agua la mojara por completo.

El la vio como era: gorda, llenita, de piernas gruesas.  Al verlo parado, con el saco a la espalda, aguantando a pie firme la lluvia, rio infantilmente.  Y él se dio vuelta y emprendió carrera, para seguir regando su maíz, con  el alma alegre por todo: porque José María se había  ido; porque había mandado la mujer; porque ella estaba ahora desnuda en el campo; porque él estaba sembrando bajo el aguacero que ella había traído para bañarse  y para acabar, en esa forma, el largo e impiadoso verano.

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