Tomado de La Nación, Neiva, Huila. https://www.lanacion.com.co/rafael-pino-mosquera-el-maestro-que-forjo-generaciones-de-huilenses/
Por Hernán Guillermo Galindo M. [email protected]
Con una sonrisa serena y ojos que aún brillan al evocar sus años de profesor, Rafael Pino Mosquera, de 87 años de edad, recordó cómo pasó de Condoto, un pueblo chocoano bañado por el río Condoto y la minería artesanal, a Neiva de los años 60. Nació en 1938 entre el sonido del barequeo, oficio que sostuvo a su familia. Sus padres, Rafael Pino Mosquera y Pascuala Mosquera, mineros de tradición, le inculcaron valores que hoy define como su mayor herencia. Esta es la historia.
En una casa humilde, junto a nueve hermanos, Rafael Pino Mosquera aprendió que la educación era la llave para trascender. En Condoto, todo era sencillo. “Los profesores y nuestros padres nos formaron con disciplina, pero también con cariño”, relató. Aunque la minería manual, heredada de sus padres, era el sustento, él eligió los libros. Estudió en la Normal Superior de Quibdó, donde se graduó como maestro a los 20 años.
Pero el destino tenía otro plan. Su talento como centro delantero en la selección de fútbol del Chocó (1957-1958) lo llevó, una vez se graduó, al terminar, a ser nombrado en Quibdó en 1958. Sin embargo, su madre, temerosa del ambiente lejano, logró su regreso. Ella quería protegerme. “Volví a Condoto como profesor de primaria y director de escuela”, recordó.
Un viaje sin retorno al Huila
En 1962, buscando validar su título como licenciado, llegó a Neiva. Pero Huila lo adoptó para siempre. Primero, como maestro en Rivera, y luego en el Colegio Nacional Santa Librada, donde se quedaría 40 años (1963-2003). “Santa Librada fue mi segunda casa. Allí crecí como docente”, confesó.
Su pasión por la biología, validada con la Universidad de La Salle, lo convirtió en un referente académico. Pero no solo eso, en las tardes, enseñó en colegios como Claretiano, La Presentación y María Auxiliadora.
En 1977, junto a la hermana Ana y el profesor Yepes, revolucionó la educación en Neiva. Crearon los primeros cursos sabatinos de preparación para pruebas de Estado en el Colegio La Presentación. “Las niñas sacaban los mejores puntajes. Luego, otros colegios copiaron la idea”, dijo con orgullo.
Pero su huella no se limitó a las aulas diurnas. Como rector fundador del nocturno, Gilberto Alzate Avendaño (22 años) graduó a 18 promociones de adultos trabajadores. Eran trabajadores que soñaban con el bachillerato. “Les dimos esa oportunidad”, recalcó.

Nació el Liceo Huilense
Con su esposa Yineth Tejada, fundó el Liceo Huilense, un proyecto de primaria y preescolar que les pidieron abrieran secundaria los padres de familia. “Querían que sus hijos tuvieran nuestra exigencia”, explicó. Su método era claro: formación rigurosa, pero humana.
Hoy, al caminar por Neiva, no es raro que exalumnos, ya con canas o arrugas, lo abracen. “Profesor Pino, usted me enseñó a amar la biología”, es una frase con la que regularmente se encuentra.
Santa Librada: el amor de una vida
Para Rafael, el Colegio Santa Librada no fue solo un trabajo. “Allí terminé de formarme. Los alumnos exigían preparación y pedagogía. “Si no transmitías bien el conocimiento, te lo hacían saber”, ríe. Aunque jugó fútbol en la selección Huila, su verdadero partido lo disputó en las aulas.
Hoy, retirado, junto a su esposa con la que tienen un matrimonio de 62 años, guarda en su casa de Neiva fotos, diplomas y los recuerdos. “La docencia fue mi vida. Si volviera a nacer, elegiría el mismo camino”, expresó.
Los recuerdos
Rafael Pino Mosquera recuerda la Neiva de los años 60. Una ciudad de calles polvorientas, donde las tertulias en la plaza eran el termómetro social y el río Magdalena marcaba el ritmo de la vida. Llegué con una maleta y un título de maestro. “No imaginé que aquí encontraría mi hogar”, confesó.
En 1962, el profesor Pino llegó a Rivera, Huila, nombrado por el Ministerio de Educación. Allí, entre aulas y recreos, conoció a Jineth Tejada, una colega profesora de mirada firme y sonrisa cálida. Ella era disciplinada, como yo. “Nos unió la vocación”, recordó. Su noviazgo duró ocho meses y su matrimonio se ha extendido por 62 años.
Juntos fundaron una familia que hoy es su orgullo: tres hijos. Rafael Hernando, médico gastroenterólogo y oncólogo; Ingrid, oftalmóloga; y Marta, bacterióloga y profesional en mercadotecnia y publicidad, radicada en Londres; y los nietos, entre ellos: Carla, Sabina, Rafael, Esteban, Laura Daniela, Isaac y Lucas.

¿Dónde quedó el respeto?
El profesor Pino reflexionó sobre la educación actual. “Antes, ser maestro era una vocación sagrada. Hoy, cualquiera puede enseñar sin preparación pedagógica”, lamentó. Para él, la raíz del problema está en la pérdida del respeto, “la columna vertebral de las relaciones humanas”.
Recordó cómo, en los años 70, los alumnos de Santa Librada exigían a sus profesores claridad y método: “Si no sabías transmitir, te lo decían sin tapujos. Ahora, algunos ven la docencia como un trámite”.
Anécdotas de un maestro
Entre risas, evoca sus años como interno en la Normal de Quibdó: “Nos levantábamos a las 5 de la mañana para entrenar fútbol, y a las 9 de la noche pedíamos permiso para estudiar bajo una lámpara. ¡Éramos 50 en un dormitorio! Ahí aprendí que, sin disciplina, no hay libertad”.
“La vida es como una mina: si no cavas con disciplina, no encuentras oro”, dijo a manera de reflexión el profe, Rafael Pino Mosquera, y para despedirse, agregó: “El Santa Librada me dio todo. Allí aprendí que enseñar no es solo dar lecciones, es sembrar futuro”.




