
Por Eliecer Córdoba Lemus. Mayo de 2023
Los Premios Afrocolombianos son vistos por muchos como un reconocimiento positivo a la necesidad de igualdad en sociedad; sin embargo, su estructura revela un dilema que obstruye el despertar de la conciencia y refuerza la idea que los logros y aportes de las personas con ascendencia africana son excepcionales y no la norma contribuyendo a su discriminación y marginación. Para entender los objetivos subyacentes a la creación de estos premios, es imprescindible un análisis exhaustivo que abra caminos para considerar el término «minoría”.
Esta generalización simplista, prejuiciada, con gran impacto negativo sobre la autoestima y percepción cultural en los afrodescendientes, instala connotaciones perjudiciales en el imaginario popular y se convierte en un instrumento de dominación que excluye y descuida las identidades culturales cambiantes e inestables. Es fundamental reconocer y aceptar, como un principio innegable que cualquier reconocimiento dirigido a esta población debe estar estrechamente vinculado con la minimización de los impactos que de este surgen, debido a su íntima relación con la trata de personas transportadas hacia América y otras partes del mundo durante la época colonial, período conocido como el comercio transatlántico de esclavos.
Es importante explorar los premios desde una perspectiva diferente para comprender su impacto en la sociedad y cómo estos pueden afectar a las personas con ascendencia africana. Al enfatizar la «afrocolombianidad» y premiar a quienes encajan en estereotipos, se genera una excesiva homogeneización y jerarquización interna que perpetua la idea que esta población es una categoría separada e inferior a la norma. Esto, refuerza la percepción que son diferentes y deben ser tratados de manera especial contribuyendo a su instrumentalización en detrimento de las luchas contra la discriminación y la ausencia de oportunidades.
Al examinar detenidamente la naturaleza y ejecución de los premios, se puede identificar con precisión el punto en el que se cruza el inicio de una tarea meritoria con el final de un ejercicio execrable. Esto nos proporciona elementos sustanciales que confirman la adversativa presente desde sus inicios en la narrativa de los premios, relacionados con la implantación de rasgos sociales artificiales en las personas, la falta de asertividad desde lo colectivo y la carencia de instrumentos como servicio social, estas son evidencias palpables utilizadas conscientemente como modelo de acción social que inciden negativamente en la percepción de igualdad.
Pretender promover y materializar el desarrollo sostenible, el progreso, el reconocimiento y la integración con relación a la población con ascendencia africana al mismo tiempo que se acepta considerar a las etnias como minorías, solo es posible si se magnifican las diferencias y se minimiza la igualdad y es esta dualidad la que socava los objetivos de inclusión y equidad imposibilitando la materialización de legítimas aspiraciones.
El reconocimiento público o privado es la validación y valoración que recibimos de un grupo específico como resultado de nuestro desempeño efectivo y eficiente. Sin embargo, es importante reconocer que, en algunos casos, este reconocimiento puede ser utilizado como un mecanismo de control sobre ciertas poblaciones, a través de la implementación de mecanismos sutiles y abyectos que buscan modificar el comportamiento de las personas con el fin de alcanzar determinados objetivos.
Estos mecanismos incluyen la imposición de normas restrictivas, la presión y el control de grupos, la imposición de creencias y directrices, así como el refuerzo de estereotipos perjudiciales, mecanismos que contribuyen a establecer patrones de desigualdad, divisiones y desequilibrios de poder en la sociedad diana.
Como resultado, las poblaciones afectadas pueden aceptar e interiorizar la dominación y considerar la igualdad desde una perspectiva individual y no colectiva. Esto perpetúa un ciclo en el cual el reconocimiento se utiliza para mantener el control y la subordinación, en lugar de fomentar equidad y paridad.
En este contexto, resulta fundamental reflexionar sobre cuál de los siguientes factores tiene un impacto más perjudicial para los afrodescendientes:
1) la imposición externa de valores que intentan compensar sentimientos de inferioridad,
2) el desconocimiento de las pérdidas históricas sufridas,
3) las secuelas intergeneracionales,
4) la resignación ante la interseccionalidad (que implica la combinación de diferentes formas de opresión, generando experiencias únicas de discriminación y marginalización).
Si prevaleciera el primero, se estaría perpetuando la idea de que los afrodescendientes necesitan ser «rescatados» o «salvados» por personas ajenas a su comunidad, lo cual genera sentimientos de dependencia y subordinación perjudiciales para la autoestima y el sentido de empoderamiento. En caso del segundo factor, se estaría contribuyendo a reproducir desigualdades y discriminaciones que tienen su origen en la opresión y la explotación del pasado. Si se acentuara el tercer factor, los sentimientos de agobio y desesperanza se verían considerablemente incrementados debido a la magnitud de los desafíos, lo que a su vez limitaría la búsqueda de soluciones y obstaculizaría la percepción de las propias capacidades para superar las dificultades.
Así mismo, si se considerara la interseccionalidad, estaríamos ignorando que las personas no pueden ser reducidas a una única identidad o categoría. En consecuencia, no seríamos capaces de desarrollar mecanismos que permitan visibilizar y abordar formas complejas de opresión y desigualdad; se deterioraría la esencia de políticas y prácticas inclusivas, estancando el desarrollo normal de leyes, programas y acciones afirmativas que aseguran igualdad de oportunidades, se desalentaría la solidaridad y la colaboración entre grupos y movimientos sociales, desincentivando la construcción de alianzas fuertes y diversas, y se limitaría la autorreflexión sobre nuestros privilegios, prejuicios y suposiciones obstaculizando así la posibilidad de cuestionar y desafiar nuestras actitudes y comportamientos.
La desigualdad no surge simplemente por pertenecer a una minoría; Existe desigualdad porque las pérdidas históricas estructurales de identidad no se reconocen ni se abordan, coexiste desigualdad porque se consiente sumisamente la imposición externa de valores que intentan compensar sentimientos de inferioridad, preexiste la desigualdad porque nos cuesta desligarnos de las secuelas intergeneracionales que continúan influyendo en nuestro presente y cohabitamos con la desigualdad porque no exteriorizamos actos de oposición conscientes y activos que busquen cambios frente a las circunstancias actuales.
Nuestra prioridad como descendientes africanos implica examinar el presente como un tiempo infinitamente superior en su calidad humana a todo el pasado, desarrollar habilidad para reconocer y valorar nuestras acciones a la luz de principios cada vez más avanzados, detener aquello que ya no nos es beneficioso evitando su continuación y vernos a nosotros mismos como iguales no como diferentes. Nuestra prioridad involucra prescindir de deliberaciones sin profundizar marcadas por la ausencia de visiones globales que gravitan sobre el desconocimiento del complejo problema de la definición misma del término minoría y entender que no podemos reducirlo a un simple tema de diversidad cultural, solo cuando el crecimiento y desarrollo intelectual como grupo equipare las intenciones de las mayorías, solo en ese momento dejamos de ser minoría.
Es hora de entender que las luchas por la igualdad comienzan conjuntamente, reconocer que los controles impuestos a poblaciones históricamente excluidas provocaron importantes pérdidas de oportunidades, aceptar que la distinción individual no es suficiente para superar esas brechas sin minimizar las diferencias y maximizar la igualdad, y que el raciocinio frente a lo que somos y deseamos no nos debe convertir en simples reproductores de argumentos carentes de objetividad que perpetúan lo contrario a lo que se aspira y defiende.
Las minorías históricamente excluidas no son inherentemente inferiores. Procurar adjudicar creencias equivocadas para mitificar premisas de inferioridad es igualmente perjudicial que utilizar creencias para resaltar cualidades, las creencias equivocadas siempre serán erróneas.




