Por Keshava Lìévano
Plinio Córdoba Valencia (San José de Purré, Chocó, 1935 – Bogotá, 2025).
El 15 de noviembre de 2025 murió Plinio Córdoba, y con él se fue un pulso que sostuvo durante más de medio siglo la música en Colombia. No murió un baterista: murió un modo de entender el ritmo.
La noticia se regó primero como se difunden las cosas importantes entre músicos: sin escándalo, sin comunicados, sólo el mensaje breve de alguien que estuvo ahí. Un silencio largo. Y luego, la certeza: Plinio —el autodidacta, el pionero, el que aprendió escuchando la radio en Quibdó— había soltado por fin sus baquetas.
Un niño que escuchaba la selva
Nacido en San José de Purré y criado en las márgenes sonoras del Chocó, Plinio descubrió la música antes de saber su nombre. Su formación no vino de conservatorios: vino del agua golpeando techos de zinc, del tambor profundo de la tierra húmeda, del guasá que resonaba en fiestas de barrio, de la cadencia natural del Pacífico.
Cuando llegó a Bogotá —sin escuela y sin padrinos— ya traía en las muñecas una memoria antigua, una elasticidad que más tarde asombraría a jazzistas y tropicalistas por igual. “La fuerza no está en el brazo —decía— sino en la muñeca, que es donde vive el ritmo”.
El jazz, la noche y el doble turno
En la capital encontró sus primeras fronteras musicales. Tocaba jazz en Freddie’s Club hasta la medianoche, y luego cruzaba la ciudad para tocar guaracha, bolero, cumbia y merengue en el Grill Miramar.
Doble turno, doble vida, doble fuego.
Ahí se templó: disciplinado, preciso, incansable. Los músicos recuerdan esa época como el territorio donde Plinio se volvió inmenso, capaz de pasar de un swing a una tambora sin perder el alma en el salto.
Grupos, orquestas y complicidades
Plinio Córdoba dirigió su propia agrupación, Plinio y su Sonido de América, un laboratorio vivo donde mezclaba jazz con ritmos afrocolombianos y tropicales. Su propuesta estaba adelantada a su tiempo: un jazz colombiano verdadero, no imitado, que respiraba selva, Caribe y ciudad.
Antes de eso, había pasado por la Orquesta Cumbia Colombia, bajo la dirección de Chucho Fernández, donde compartió escenario con figuras como Joe Madrid y el extraordinario saxofonista colombiano Justo Almario.
Con ellos entendió que el jazz podía abrazarse con la cumbia sin perder su elegancia, y que la percusión podía narrar lo que las trompetas no alcanzaban.
Plinio también tocó con músicos norteamericanos que llegaban a Bogotá en los años 60 y 70, como Bob Taylor y Bill Slater, y registró memorables noches al lado de grandes de la música latina, incluida Celia Cruz, con quien compartió escenario en una época en que la capital aún no entendía del todo lo que tenía frente a sí.
Su huella fue profunda en las orquestas tropicales de gran formato, donde era capaz de pasar del porro al currulao, del bambuco a la gaita, con esa elegancia que sólo tienen los músicos que conocen la raíz y el riesgo.
La casa del ritmo
Plinio no se limitó al escenario: fundó su propia escuela, la Fundación Musical Plinio Córdoba, donde enseñó a generaciones enteras que la batería no comienza en la baqueta sino en la escucha.
Muchos de los mejores bateristas bogotanos pasaron por sus manos. Muchos otros, incluso sin ser sus alumnos, tocaban imitando su sombra.
Él no presumía nada. Enseñaba como tocaba: con paciencia, con rigor, con humor silencioso.
El adiós que deja un hueco
Su muerte deja un vacío hondo pero sereno. Un silencio que no pesa: respira.
Es el silencio del último golpe de un solo.
Es el silencio en el que el público sabe que algo irrepetible acaba de suceder.
Hoy, mientras la ciudad despierta un poco más quieta, queda la certeza de que Plinio Córdoba no fue sólo un músico. Fue un puente: entre el Pacífico y Bogotá, entre el jazz y la música popular, entre el oficio y la alquimia, entre lo aprendido y lo revelado.
Quedan sus grabaciones, sus alumnos, sus anécdotas, su forma de inclinar la cabeza antes del primer golpe. Y queda —sobre todo— el ritmo que sembró en otros.
Porque Plinio no tocaba para sí: tocaba para abrir camino.
Anoche murió un baterista.
Pero hoy, en cada percusionista que entiende el golpe como un acto de vida, Plinio Córdoba sigue tocando.




