
Introducción de Neftalí Rengifo Yurgaqui
En la anterior crónica, la número VII, su autor nos relató cómo después de haber tenido la suerte de encontrar una piedra de oro en la playa del rio Atrato, en época de sequía, y de recibir el valor por parte del Banco de la República, que dividió por mitad con su primo Héctor Velasco, recibió una citación de la embajada de los Estados Unidos de Norteamérica para viajar a ese país.
Se abría la posibilidad de cumplir sin muchas complicaciones con otro gran sueño, invitado por el propio país del norte: “El sueño americano”
Según Wikipedia, “el sueño norteamericano o sueño americano es una de las ideas que guían la cultura y sociedad de los Estados Unidos a nivel nacional. Más concretamente, el sueño americano suele referirse a los ideales que garantizan la oportunidad de prosperar y tener éxito para lograr una movilidad social hacia arriba”.
Aunque las circunstancias de este inmigrante eran mucho más favorables que la de la mayoría que buscan ese sueño, no fue tan fácil. Dejemos que el mismo protagonista nos eche su cuento
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Inmigrante. Crónicas y anécdotas de Álvaro Paz Cañadas (VIII)
Te voy a contar otra de mis anécdotas que con las vicisitudes, adversidades, infortunios o desgracias que la acompañaron, bien vale la pena decir el refrán: “Ir por lana y salir trasquilado”.
Y puede aplicarse a muchos inmigrantes que no tuvieron la suerte de encontrar el sueño americano porque entraron a los Estados Unidos de Norteamérica pisando con el pie equivocado.
Por los años 80 yo trabajaba contento y relativamente bien remunerado, disfrutando de una vida, que, dentro del estado general del país, podría decirse que llevaba una existencia apacible.
El motivo que me impulsó a emigrar fue el de ir a cobrar el seguro que le adjudicaron a mi hija mayor quien resultó golpeada en un accidente automovilístico en USA y, como ella era menor de edad, el seguro solo lo pagarían a los padres. Una de mis cuñadas coadyuvó para mi viaje, ofreciendo su casa para alojamiento, manutención y, aun, trabajo, puesto que residía en USA.
También existió una especie de confabulación entre mi esposa y sus hermanas para justificar mi salida del país aprovechando el asunto del cheque del seguro, y una vez allá, buscar el establecimiento de toda la familia.
Nunca me preocupé por aprender otro idioma y cuando partí para USA, solo recordaba algunas palabras del inglés aprendido en el bachillerato y al momento de tomar el avión ya habían transcurrido casi un cuarto de siglo desde que terminé el bachillerato.
Mi primera dificultad ocurrió cuando en el avión en que viajaba, al momento en que una de las encargadas de suministrar los refrigerios, al pasar por el puesto que yo ocupaba, me preguntó en inglés, en lo que supongo fue ¿qué desea tomar?-Yo le dije:
-Canada Dray,
Bebida que en Colombia era muy conocida. Como la muchacha no me entendía y decía:
-¡Uat!, ¡uat!.
El hombre que iba a mi lado me dijo:
– Ginger Eil (Ginger Ale).
–Oh, oh, respondió la azafata y me entregó un tarrito de aluminio de una Canada Dray.
Me tomé la gaseosa y cerré los ojos. Como no me podía comunicar, fue el único alimento que tuve en todo el vuelo que duró unas cuatro horas.
Después de unos seis meses, cuando podía desenvolverme mejor en territorio norteamericano, traté de localizar la empresa de seguros para reclamar el seguro del accidente de mi hija, pero mi cuñada interesada en que me quedara, no me suministró ninguna pista de la compañía y nunca pude reclamar el valor, y me fui de su lado. Mi hija viajó a USA y reclamó el seguro cuando cumplió la mayoría de edad.
Viajé al estado de Texas porque un primo me invitó para tratar de encontrar trabajo, cosa que resultó imposible por carecer de papeles que acreditaran mi residencia legal.
Hasta que un amigo de mi primo sugirió la posibilidad de casarme con una muchacha méjico-americana que por esos lados se encontraba haciendo esa clase de actividad para conseguir dinero, y una vez casado, obtenía un documento oficial; al cabo de un tiempo se divorciaba y quedaba resuelta la condición legal. Salimos a buscar mi futura esposa, pero llegamos tarde, ya que el día anterior, ella había conseguido su marrano.
Ese fin de semana mi primo me llevó a una fiesta donde conocí a un méjico-americano, y este señor, después de tomarnos muchos tequilas, me contó que era el propietario de una funeraria y me dijo que estaba buscando un trabajador para su establecimiento.
Yo me alegré mucho con esa noticia y como estaba desesperado por conseguir trabajo, y por efecto de los tequilas, le pedí, le rogué y le lloré para que diera una oportunidad. Como él también estaba tomando y viendo mi desespero, me dijo que me tranquilizara y siguiera tomando y disfrutando de la fiesta y que el lunes siguiente me presentara en la funeraria.
La fiesta siguió y yo, en mi euforia por la posibilidad de trabajo, salí a bailar con una señora, pero como era tal el estado de alicoramiento en que me hallaba, al dar una vuelta en el baile me fui al suelo con todo y pareja, y de la fiesta salí cargado por varios hombres mucho antes de que se terminara.
Antes de que todo esto ocurriera y entre mis súplicas por el trabajo, le dije al mejicano que yo no hablaba inglés, a lo que me contestó que no me preocupara porque ya me resolvería eso.
El lunes cuando me presenté para el trabajo, me dijo: no te preocupes por el inglés porque el trabajo que te ofrezco es bañar, vestir y maquillar los muertos y con los difuntos no tienes que hablar y menos en inglés.
-Tú me los arreglas, me los metes en el ataúd y yo me encargo del resto de la ceremonia. Los dueños del muerto dan buenas propinas mientras más bonitos me los dejes y con el básico que yo te pago, ganarás cuatro veces más que lo que hacías antes.
Yo estaba que bailaba de contento ante el hecho de ir a ganar bastante dinero, cuando me preguntó:
-Tú tienes la licencia de la oficina de sanidad para arreglar y lidiar a los muertos? Yo le contesté que no. Hasta aquí llegó mi alegría y casi me caigo muerto al perder esta oportunidad de ganar dinero sin tener que hablar inglés.




