
Por Julio César Uribe Hermocillo. Tomado de El Guarengue. https://miguarengue.blogspot.com/2026/09/estampas-quibdosenas-viii-anoranza.html
Las golondrinas de agosto se estaban terminando de marchar, para seguir volando en su migración anual, cuando el ambiente de fiesta se empezaba a arrimar y aglomerar en los atardeceres multicolores del río medio seco, cuya playa aún caliente las brisas de septiembre no lograban refrescar.
Era una especie de aroma, que uno no atinaba a saber de dónde salía, pero ahí estaba, y se podía percibir tan claramente como el de los palos cargados de coronillas que a lo largo del año abundaban en las orillas de La Yesca; o el de los bocachicos y dentones del Atrato fritándose en las calderos de todas las casas, a mañana y noche, por los tiempos de la semana santa; o el de los marañones cuando pintaban de intenso carmesí y blanco profundo las calles y las casas en aquellas cosechas prodigiosas que dos veces por año nos permitían a los niños de escuela hacernos a una mejor idea de cuánto eran cientos y cuánto eran miles.
Quizás porque salía de todas partes, no parecía salir de ninguna. Como el aroma de la flor de galán de noche o el de los palos de sauco en las mañanitas, que uno podía percibir de lejos sin ni siquiera alcanzar a ver las plantas de donde salían. Era un aroma que todo lo envolvía y que en todo lugar y momento estaba presente. En la alegría de las mujeres que cantaban boleros antillanos y sones chocoanos en las cocinas y en los patios de sus casas.
En la frescura de los hombres que silbaban tonadas de chirimía llevando la melodía del clarinete, mientras marcaban con sus manos los golpes de la tambora. En los tumultos y algarabías de cambamberos y cambamberas de esquina que entre risotadas de andén planeaban sus atuendos para las comparsas que pronto protagonizarían.
En las conversaciones de vecindario sobre guarapos y sancochos, vacalocas y procesiones, pasacalles y retretas, misas y disfraces, jolgorios y verbenas. En la limpieza del pueblo, para la que el Municipio pedía a los vecinos desyerbar y barrer la porción correspondiente al frente de sus andenes. Y hasta en el cacareo premonitorio de gallinas y pollos en los patios, en donde solían secarse al sol los hábitos franciscanos recién desempolvados y lavados para la manda anual.
Cada tanto, por la calle pasaba algún músico con su instrumento y mientras saludaba al paso repasaba mentalmente melodías y acordes, rumbo a los ensayos de la banda en el balcón del coro de la iglesia parroquial. En las casas de las matronas de los barrios se abrían las alcancías de madera en las que durante una buena parte del año los transeúntes habían depositado billetes o monedas, luego de santiguarse ante la pequeña imagen del santo de la que siempre estaban acompañadas aquellas huchas. Llegada era también la hora de mandar a cada familia del barrio un sobre timbrado a nombre de la junta franciscana para que en él depositaran su ofrenda.
Al contenido de las alcancías y los sobres se sumaría lo recolectado por concepto de venta de rifas y comidas, tómbolas y bailes caseros, bingos y reinados callejeros. Y a ese monto se sumarían las contribuciones de unos cuantos comerciantes, funcionarios importantes, alcaldía y gobernación, visitantes ilustres y devotos ausentes; con todo lo cual se costearía la metódica y prolija elaboración de las carrozas alegóricas o disfraces que presidirían la comparsa de cada barrio en su día correspondiente de la fiesta, incluyendo el guarapo que durante el recorrido se bebería; y la confección del altar, arco o monumento religioso para que se posara, en estación sagrada, la imagen oficial del santo a su paso por el barrio, durante la procesión solemne del día clásico de su festividad anual.
San Pacho estaba listo. San Pacho estaba a punto de comenzar. Tan lejos de cálculos de utilidad y economía, como cerca de la general alegría: «fe, cultura y civismo» se decía y se sentía; y la fiesta era una fiesta de barrios y vecindarios, de todo el pueblo y toda la ciudad. Ya era, aunque todavía no se le dijera así, un bien cultural, una alhaja preciosa del cofre colectivo de la chocoanidad, pulida por la historia como una filigrana del patrimonio regional.




