
Por Juan Alexander Hinestroza Perea
En honor a Wainer Bejarano.
Sentado, desde su balcón, a eso de las nueve de la noche, mientras se toma un jugo de borojó, con ese desmedido sabor que fatiga el paladar, Rodolfo, persona ya de edad, escucha dos disparos.
Con un gesto casi indiferente se dice:
—Ahí va otro.
Y haciendo ademanes de continuidad y olvido, levanta su mano a la altura de sus labios, uniendo su ultrajado vaso de plástico a su boca, y se zampa otro sorbo de aire y borojó mientras continua con su vida.
Esta es la realidad cotidiana de los barrios marginados de Quibdó, un sector olvidado en donde la presencia estatal es casi nula. Ahí abunda la muerte, olfateando y localizando con la boca llena de saliva espesa, por tan suculento festín que le aguarda. Y no le teme a nada, pues su tiranía la impuso a punta de abandono social y bala, combinaciones necesarias para su crecimiento.
Resignados viven todos. Ya no importa, solo hay que aprender a vivir con ella, y no meterse en los asuntos ajenos.
Si de bala se trata, “la salvación es individual” dicen algunos.
Otra noche, otra muerte, otra masacre, otro joven arrebatado mientras una bala sedienta atraviesa su ser. Cada joven asesinado es un fracaso cultural. ¿Cuál es el promedio de vida de un joven en estos barrios?
Estamos perdiendo esta lucha, si es que ya no la perdimos, la falta de cultura y el tan atropellado sentido de pertenencia no existen, aquí lo que importa es crecer a costa del perjuicio ajeno.
¡Que dicotomía tan tremenda: tan ricos y tan pobres!
¿En qué momento, mi Chocó, te me corrompiste?
Pero qué importa, hay que seguir con el borojó, que el vaso se calienta.




