
Por: Jackson Eustaquio Chaverra Mena
17 de septiembre de 2024
Despierta, Quibdó, pero esta vez no para celebrar. Levántate y cuenta a tus muertos. 122 vidas han sido apagadas hasta hoy, 17 de septiembre de 2024, en una ciudad que parece condenada a sumar sus muertos como si fueran solo números. Una ciudad donde la sangre corre tan libremente como las aguas del Atrato, manchando nuestras calles, envenenando nuestras almas. 122 muertos y contando, porque la muerte aquí no descansa. Con menos de 145.000 habitantes, Quibdó se ahoga bajo el peso de la violencia, convirtiéndose en uno de los epicentros del horror en Colombia. ¿Y qué hacemos nosotros? Callamos. Nos resignamos. Ya no lloramos a nuestros muertos, los aceptamos como una parte más de nuestra rutina.
Las cifras no mienten, pero tampoco conmueven. La Policía Nacional y la Veeduría Ciudadana nos muestran lo que ya sabemos: en 2023 cerramos con una tasa de 77,7 homicidios por cada 100.000 habitantes, pero hoy, a mitad de septiembre, esa cifra ya alcanza 81,6. Y no hay nada que indique que se detendrá. Las armas, el acero frío que impone su ley, siguen siendo las protagonistas. El 89,17% de estos homicidios se cometen con armas de fuego, y en esta tierra desolada, cada disparo parece resonar más que cualquier palabra de paz.
Corre, Quibdó. Corre sin rumbo, porque no hay lugar seguro. Las fronteras invisibles que dividen nuestros barrios están dibujadas en la oscuridad, en el miedo. Todos sabemos dónde empiezan y dónde acaban, pero nadie osa hablar de ellas. Nadie las cuestiona. Esas líneas no son obra del gobierno, sino de los actores armados que nos dictan las reglas: dónde caminar, a qué hora regresar, a quién no mirar. Los panfletos de terror se han vuelto nuestras nuevas leyes. Y mientras tanto, el gobierno calla. O peor, responde tarde. Cuando el control ya se ha perdido, ¿qué sentido tiene pedirlo de vuelta?
Nuestra realidad es una pesadilla. La violencia ha desbordado la capacidad de respuesta de nuestras autoridades. Locales, nacionales, todos han fallado. Y mientras nuestro alcalde Teddy Bolaños repite el ruego incansable de ayuda, su voz se disipa en el aire estéril de Bogotá. Así como antes lo hizo Martín Sánchez con el gobierno Duque, ahora Bolaños suplica a Petro. Pero los gobiernos cambian, y los muertos siguen cayendo. ¿Dónde están las respuestas que tanto necesitamos?
Y en medio de este infierno, San Pacho llega como si nada pasara. ¿Una fiesta para qué? Mientras se destinan millones para conciertos y desfiles, la inversión en la juventud, en el futuro, es nula. No hay trabajo, no hay salud, no hay deporte. Entonces, ¿qué celebramos? ¿Cómo podemos justificar esta opulencia cuando nuestros jóvenes, los mismos que deberían estar festejando, mueren o huyen? Esta fiesta no tiene sentido cuando se celebra sobre tumbas frescas.
Sí, hay quienes intentan levantar la voz. Nuestros jóvenes, los pocos que aún creen, organizan velatones, marchan en silencio, claman por un futuro sin violencia. Hace poco, una carta escrita por uno de ellos llegó a las manos de la gobernadora, implorando que esta masacre pare. Pero las cartas no bastan. Las palabras no detienen balas, y la fiesta no curará las heridas. San Pacho será una distracción, pero cuando el último tambor deje de sonar, la realidad nos golpeará de nuevo, y no habrá máscaras que escondan el dolor.
Que es imposible suspender la fiesta porque es Patrimonio Cultural e Inmaterial de la Humanidad, dirán algunos. Que necesitamos la alegría para sobrellevar la oscuridad, dirán otros. Pero después de la última nota, después del último rezo franciscano, cuando los tambores se callen y las luces se apaguen, ¿qué nos quedará? Solo la certeza de que 122 de los nuestros ya no están. Y que, lamentablemente, la cuenta seguirá subiendo.
¿Hasta cuándo, Quibdó, seguirás en este cómplice silencio?




