
Por Julio César Uribe Hermocillo
Tomado de https://miguarengue.blogspot.com/2022/09/vandumias-archivo-el-guarengue-las.html
Las frutas de cosecha ocupaban la primera línea de los mecatos de nuestra época. Nos gustaban tanto, que suspirábamos por ellas cuando su tiempo de cosecha se acercaba, cuando en los palos de los patios de las casas de Quibdó o en las canoas campesinas del mercado a la orilla del Atrato aparecían las primicias de marañón o de zapote, de guama o de caimito, por ejemplo.
Las consumíamos a placer, insaciablemente, en los recreos de la escuela o del colegio, en los paseos escolares o familiares, en las caminatas o patotas de amigos sentados en los andenes y esquinas de los barrios donde pasábamos los ratos de ocio echando chistes y mentiras, contando anécdotas y cuentos. Las frutas -chocoanas- eran parte de nuestra vida cotidiana. Nadie, ningún adulto, -y eso era quizá lo mejor- tenía que exhortarnos, obligarnos o motivarnos a comerlas. Por el contrario, muchas veces nos pedían limitar el consumo so pena de un dolor de barriga por empacho o indigestión.
Y es por eso que hay sabores y aromas, consistencias y colores, que se quedaron para siempre en la memoria y forman parte del elenco estelar de la sapidez de nuestras vidas. El deleite cremoso de una pepa de árbol del pan cuya concha retirábamos con los propios dedos. La dulzura refrescante de un tarro de caña de azúcar, dulce o agria, pelada a diente limpio y chupada hasta dejarla convertida en un bagazo mustio.
La inefable presencia de un marañón maduro, de sabor tan impecable como la belleza de sus flores tapizando los patios con el mismo color del cielo atrateño en un crepúsculo de verano. El olor impecable y liso del caimito maduro y su sabor pegajoso y lento. El colorido tesoro escondido de las cinco pepas carnosas de un zapote bien maduro y su jugo escurriéndose por la comisura de los labios.
La agridulzura de una guayaba biche y la candidez rosada de una guayaba madura deshaciéndose en la boca. Una coronilla aguándonos la boca o un lulo con sal estremeciéndonos la vida. Aquella dulzura única de la que solo se sabe cuando se come piña chocoana. El sabor aterciopelado y blanquecino de la guama, cuyas pepas entreabiertas casi siempre terminaban de aretes, narigueras o uñas postizas en los juegos infantiles. El placer glorioso, amarillo y polvoroso de un chontaduro con sal o con un buen pedazo de panela campesina aliñada.

Pero, no todo eran frutas en el reino infantil de las vandumias de los tiempos idos hace menos tiempo del que podría pensarse. También estaban las delicias que salían de las manos y de las cocinas de las señoras que las vendían en el andén de sus casas o en los recreos de escuelas y colegios o en las canastas y bandejas que recorrían las calles en las manos o sobre las cabezas de sus hijas y sus hijos. De este embrujo misceláneo formaban parte la sosiega de maíz (cancharina, cofio o cuscús, en otras regiones); las cocadas: de panela y coco, asadas, de piña, de papaya; las panelitas de leche y las velitas, los panes dulces y las cucas; las panochas y panderos; los pandeyucas y las runchas; los envueltos de coco, de maduro, de choclo y de sal o de masa simple; los queques y enyucados, los domplines y las donas; las masitas fritas con queso y las hojaldras calientes y crujientes; los pasteles de Taurina a la entrada o salida del Teatro César Conto; las parvas de la panadería La Caucana: pan batido de punta, cubanitos y borrachos; el maní tostado en cucurucho de papel, que en su bicicleta vendía el manisero.
O aquellos pequeños banquetes consistentes en tres o cuatro ensartas de sardinas fritas (cocó o rabicolorada), con plátano cocido o en tajadas fritas; o simplemente arroz vacío o arroz con queso clavado y hasta longaniza, de vez en cuando; que se preparaban en las inolvidables bodas, aquellas divertidas reuniones de amigos que en las tardes se juntaban en la cocina de una casa para cocinar lo que resultara del conjunto de ingredientes que entre todos llevaban o compraban… Todo ello acompañado de kolitas caseras y avenas con leche o sin leche, jugos de borojó y lulo, badea y guayaba agria, etcétera, etcétera, de cuanta fruta hubiera, que para eso siempre había.
Éramos felices y lo sabíamos, aunque no lo proclamáramos ni lo dijéramos mucho, y aunque a veces -dadas las condiciones del entorno- no lo pareciera. De lo que sí no sabíamos entonces era de lo saludable que comíamos, de lo sanas que en general eran nuestras vandumias.
Tampoco supimos nunca, en aquellos maravillosos años, que el papel de envolver, que era como llamábamos al Kraft de diversas densidades en el que nos entregaban desde el queso costeño en las tiendas hasta los medicamentos en las farmacias, los adornos de modistería en las cacharrerías, los panes calientes de los hornos caseros de barro de los barrios de nuestra infancia, las parvas de la Panadería La Caucana, los cucuruchos de maní que en su bicicleta vendía el sonriente manisero, e incluso las hojaldras que vendían las señoras en las esquinas y en los andenes de sus casas; eran la mejor envoltura que podría haber y que, años después de haber inundado las casas, las calles, los barrios, los solares, las quebradas y los ríos, la vida toda, de plástico de todos los tamaños, usos, densidades y composiciones, la humanidad toda desearía regresar a aquellos tiempos en los que nosotros vivimos y que, para ello, sería necesario imponer tributos por parte del Estado.
Nada mal nos habría ido a los quibdoseños de hace medio siglo con la reforma tributaria que actualmente se tramita en el Congreso de Colombia en materia de impuestos a los mecatos y antojos, o vandumias, en la jerga local de la época. De ser aprobada esta sección de la ley propuesta, se impondrían gravámenes a la comida ultraprocesada -también conocida como comida chatarra, por obvias razones de su escasa o nula calidad nutritiva- y a las bebidas azucaradas, aquellas que, además de saborizantes artificiales y agua -casi siempre carbonatada- contienen azúcar añadida o añadido, que de ambas maneras, en masculino y femenino, se puede endulzar hasta el hastío un falso jugo, una gaseosa o menjurjes similares de esos que se convirtieron, para desgracia de la nutrición y la salud del pueblo colombiano, en bebidas más consumidas que el agua o los jugos de frutas de verdad.
Igual de bien nos habría ido respecto al gravamen a los plásticos de un solo uso, aquellos que se usan y se tiran a la basura o al río después de que el producto que ellos envuelven es extraído o consumido.




