Por Amílcar Cuesta Torres.
En la entrevista de Néstor Morales al dirigente indígena Pedro Velasco, después de que el pueblo Misak derribara la estatua de Belalcázar en Cali, el periodista pregunta: ¿Usted cree que nosotros, el resto del país, somos sus enemigos?
Luego afirma con tono arrogante: “Me impresiona mucho usted cómo le declaró la guerra al resto de los colombianos”.
Algo similar ocurrió con el joven Leonard Rentería, líder de las protestas de febrero pasado en Buenaventura, cuando la comunicadora Paola Ochoa, haciendo referencia al bloqueo del puente del Piñal, pregunta: “¿No cree usted que el daño puede ser casi que irreparable (…) para todos los demás colombianos, para 50 millones de colombianos?”.
Dejan entrever los periodistas, defensores del gobierno y las élites, que hay una Colombia uniforme, mestiza, bien hablada, bien vestida, convenientemente educada, católica, castiza y homogénea; una Colombia de “ellos” cuyos designios de poder a veces se ven amenazados por la “chusma” que integran negros e indígenas malolientes.
Actitudes como la de estos comunicadores son las que alimentan el odio y nos impiden avanzar como sociedad. Sumadas a la desigualdad económica y social, estas apreciaciones erróneas activan y sostienen el círculo vicioso de nuestro eterno conflicto social interno.
Los siglos de discriminación y exclusión también han dejado en los oprimidos un sentimiento de resquemor e indignación que cada día se hace más evidente e impetuoso. Se nota en las respuestas de los líderes arriba citados. La réplica de Rentería a la Ochoa es liberadora: “Al parecer a ustedes lo único que les interesa es que la mercancía entre y salga, pero ¿quién piensa en los negros y las negras, en los indígenas y mestizos que están acá trabajando para que ustedes tengan todo en la comodidad de sus hogares?”.
Por su parte el gobernador indígena, después de dejar claro que Morales estigmatiza el movimiento popular, contrapregunta de forma certera: “¿Usted cree que hablando en una emisora está hablando por el país? ¿Ustedes creen que el gobierno les ha dado un debate civilizado a los pueblos indígenas en estos 500 años de resistencia? ¿Ustedes se sienten en el derecho de titular los territorios ancestrales de los pueblos indígenas, contra la voluntad histórica de nuestras generaciones?”.
Dos cosas quedan claras después de analizar estos episodios: las redes sociales han menguado el protagonismo de los medios de comunicación, que ya no tienen el control absoluto sobre la opinión pública y, de otro lado, las comunidades discriminadas y excluidas están aprendiendo a salirles al paso a las narrativas sesgadas.
La conciencia social de los pueblos empieza a despertar, una Colombia distinta se avizora.




