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Home Cultura Historia del Chocó

Testamento político de César Conto

Chocó 7 días by Chocó 7 días
14 julio, 2020
in Historia del Chocó
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Testamento político de César Conto

Busto de César Conto en el Parque Centenario de Quibdó

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Portada de la edición especial de ABC en homenaje a César Conto

El periódico ABC imprimió en Quibdó una edición «extraordinaria» el 12 de octubre de 1924 titulada HOMENAJE DE ABC A CÉSAR CONTO, con ocasión de la llegada a la capital chocoana de los restos de César Conto, quien había muerto desterrado en Guatemala en 1891, 33 años antes.

Los restos fueron depositados en el templete que para el efecto se construyó en el Parque Centenario.

El primer artículo de esta edición de ABC es el TESTAMENTO POLÍTICO DE CÉSAR CONTO:

Testamento político de César Conto

Guatemala, 20 de junio de 1891.

Estoy sufriendo de una enfermedad mortal. La tierra, madre generosa, me recibirá dentro de poco en su seno, fecundo como el seno de Hécuba. Todos los que se preparan a morir hacen testamento para el reparto de sus bienes. Yo no los tengo; soy muy pobre. He vivido hasta aquí con un sueldo exiguo, ganado honrosamente en cambio de la enseñanza que doy, que puedo dar a la inteligente juventud guatemalteca. No obstante, también testo y nombro ejecutor de mi voluntad a la juventud liberal de Colombia.

Voy a morir lejos de los míos, a quienes tanto quiero, y fuera de la patria, a quien tanto he servido y por quien tanto me he sacrificado. Fuera de mi hermano y de mi amigo el doctor Velasco, que tan generosamente ha sido conmigo, y bajo cuyo techo he encontrado los cuidados de una amistad sincera, no habrá otra alma buena que recoja mis últimos alientos por la tierra cuna de mis padres, ni mis últimos votos en favor de la libertad, porque estoy penado: moriré desterrado.

La pompa y el esplendor de mis valles caucanos; el murmullo de las fuentes de la amada tierra; las simpatías de los amigos; la ternura de la familia, están lejos. Apenas si llegan a mí, en esta hora postrera, como notas de música lejana semejantes a los cantos que Isaías oyó entonar; el columpiarse de las flores de mis risueñas praderas; y el ruido crujiente, como de seda que se estruja al crecer la yerba en las feraces campiñas donde jugué cuando era niño. Todo está lejos. En revuelto torbellino, como de caballerías perseguidas, pasan ante mis ojos el pasado de Coloso, glorioso y grande, y el porvenir excelso, revelado por el amor a mi mente de patriota.

El año de 1949, en figura de Colombia, escoltado por López, y López acompañado —como de un ejército de nuevos girondinos— de la legión civil apellidada los ‘Caballeros de la Democracia’. Ellos eran los niños de la República; los zapadores de la Democracia; los sacerdotes cuasi imberbes del ideal; los precursores del 63; los futuros grandes sabios, héroes y mártires.

1863, la segunda brillante etapa del liberalismo, con Mosquera a la cabeza y aquella tropa de legisladores que, en el circo de Rionegro al expedir el Código fundamental de la naciente confederación concebida en medio del fragor de la lucha por la emancipación por la inteligencia de Santander, presenció el gigantesco duelo de elocuencia entre Rojas Garrido, el príncipe del verbo colombiano, y Villaria, el Aquiles del determinismo político. ¡Oh tiempos fabricadores de luz que aún parpadea en la sombra de la opresión e ilumina el dorso de los páramos de Tolima y del Quindío! Y después el progreso en procesión de telégrafos, de escuelas, de administraciones honradas y de estudiantes que fueron nuestro orgullo, y de luchadores que fueron nuestra prez.

Murillo, como almirante del periodismo liberal, disipando tinieblas en los entendimientos, como antes—nuevo Jesús de la hacienda— había hecho caminar camino del crédito a la nación paralítica por la ruina que le causó el partido conservador.

Después, 1876 con Garrapatas, la batalla más grande la nueva Colombia, batalla que fue, según la frase de los maestros, el certamen literario del radicalismo, pues en ella los discípulos con la leche de la enseñanza en los labios, abrumados por el peso del fusil, hicieron murallas de sus heroicos pechos y combatieron en favor de la libertad como los hijos de Cornelia. Sí, 1876, con Los Chancos y con Manizales y La Donjuana; con su último esfuerzo, con la última carga contra el elemento de la colonia, que asaltaba las cimas dominadas por nuestro partido, la época en que yo, convertido en combatiente, decía a mis compañeros, que morían como los soldados de Esparta: “Soldados! Firmes como estatuas!”

Luego el elipse: Trujillo, inepto en el gobierno, aconsejado por los agoreros de la tiranía, se oscurecieron los horizontes de la patria; el cielo se desgajó en tempestad de mal; quedaron desiertos los templos de la República; rotos sobre el ara los símbolos del derecho, y el honor que era nuestra conquista, perseguido. La noche de las regiones polares llegó con su profundidad de sombras y ya no vimos en los colegios el santo rezar de los jóvenes, enamorados de la justicia, sino a los frailes en los conventos salmodiando a los dioses de cera del catolicismo.

Después, 1855 con sus desórdenes despóticos y contra estos Gaitán y Hernández y los últimos héroes, luchando sobre la ensangrentada arena, rota la espada y desgarrado el dolmán de púrpura. Era la agonía de nuestro partido, agonía grande, majestuosa, como de mar herido por el rayo; imponente, como la de un emperador romano. No pudo esta vez el liberalismo regresar de la pelea con el escudo y en su bravura cayó sobre él …y Hernández, y Sarmiento, y Bernal, y Lombanas, y Obando, muertos sobre el campo. Gaitán, a quien por su gallardo coraje respetó el plomo conservador, expirando en la triste oscuridad de un calabozo!

Vino nueva lucha, la lucha en la desgracia. Yo era el jefe. “El Liberal” apareció escrito por mi, y la regeneración, acostumbrad a las tinieblas, se sintió como herida por un rayo de sol. La nueva generación bautizada en los campos de la batalla de 1885, se agitaba como una colmena a mi alrededor. En la cumbre de infortunio, yo agitaba el lábaro de redención.

Por la fuerza de mi convicción, por mi empuje de Hércules oprimido, crujieron los cimientos del régimen conservador. El miedo invadió a los que gobernaban gritaron con salvaje gritería, y Holguín, dictador, me desterró de la patria. Había sido mi protegido cuando estuvo en desgracia. La fortuna del crimen lo elevó y entonces fue mi verdugo. No lo maldigo: no lo merece. No lo perdono: quedaría honrado. Hasta él no llega mi indignación: hasta él no baja mi clemencia!

A vosotros, jóvenes del liberalismo, lego mi desprecio por ese hombre mal padre, mal hijo, mal pariente y peor ciudadano.

 Fuerte, con fortaleza de titán para la lucha, este material organismo mío se siente gastado para la vida por la lenta enfermedad que he tratado de combatir con la esperanza; la nostalgia de la patria; la impotencia del patriotismo! He soñado muchas veces con una reivindicación por medio de las armas, único camino que queda para que la causa de la República de Colombia vuelva a su perdido predominio.

Me han sobrado alientos de espíritu, pero me ha faltado la ayuda de mis antiguos compañeros, los viejos liberales, de quienes se ha apoderado el egoísmo natural, producido por la edad. Con este mismo sueño moriré; en vano me resisto a perecer. Confío, no obstante, en el esfuerzo de los jóvenes. Ellos resucitarán los tiempos mejores, ellos vengarán el ultraje hecho por la Regeneración a la madre común.

Una vez muerto me transformaré en ola y llegaré a las playas de la patria; me transformaré en brisa y pasaré por los campos testigos de mi valor; me transformaré en aire, en resplandor, y estaré existiendo en la historia, con vosotros, futuros paladines! He tenido como bien preciado el sentimiento de la justicia, Es convicción mía profunda la de que la justicia popular ha de revestir en los casos extremos la forma de la venganza. Lego a la juventud esa convicción. 

Jóvenes liberales:

La constitución Federal de Rionegro, con pocas modificaciones, es mi credo político. A vosotros lo lego. De vivir —después del triunfo del liberalismo— haría juzgar a los hijos infames de la patria. Esa aspiración os lego. Os encargo que cuidéis de la Federación y, como alimento de ella, de la educación popular sin tributos al escolasticismo, libre, laica, científica.

Os recomiendo que reemplacéis la religión católica o cualquier otra positiva con la razonable ciencia en los principios demostrados por la experiencia.

No esperéis nada de los antiguos conductores. Labrad, a fuerza de trabajo propio, vuestra fortuna.

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Fui vuestro hermano y maestro, oídme: os lego mis fardos de faltas y mis montañas de glorias. Cuando escribáis la historia, sed imparciales. Yo se que la historia me hará justicia. Saludada por coros de vírgenes, parecerá la nueva aurora para la amada patria. Menos confiada y más práctica la doctrina liberal, purificada en el Jordán de la desventura, hará paralelas la misión de la propaganda y la tarea del gobierno.

Vosotros, jóvenes, con la experiencia de vuestros mayores y la propia, tendréis más de lo que nosotros poseímos. Con entusiasmo de secretarios, los que os precedimos en las faenas políticas acudimos a los ricos manantiales de los principios y, como niños, regamos las eras de la patria, sin otro cuidado que el de ver caer, como fecunda lluvia sobre la tierra virgen, el agua de nuestro pensamiento. Cuidaos de gastar en vigor más de lo que la marcha regular del progreso requiere. No os durmáis como nosotros sobre la gratitud nacional. Si queréis conquistar el provenir, no durmáis. El ojo que vigila está siempre al servicio de la inteligencia que prevé.

Los tiempos de opresión que han pasado serán a manera de lección. Durante ellos el amor a la libertad, si no manifiesto, sí se ha quitado. El norte de la República no se ha perdido.

En medio del despecho temporal se divisan los seguros puertos. Son libres aún los colombianos. Estérilmente han laborado los que hasta aquí han buscado el Vellocino de Oro del despotismo. Sus faltas no pesan sobre el pueblo nuestro. No necesitaría Colombia el puñal de Bruto para asesinar a los Césares, Vendrá la reacción moral incontenible, y entonces les podrá arrojar al abismo. Los pueblos ascienden por la virtud.

La Revolución os aguarda. Vosotros jóvenes liberales, la serviréis con brazos y con inteligencia. Hecho tierra, resucitaré en cualquier forma para alentaros. Confiad: estaré con vosotros, Si los tiranos, vivo, me temblaron, muerto, vosotros imitaréis mi ejemplo.

Para cuando sacudáis el polvo de los caminos que tendréis que recorrer para alcanzar el triunfo, para cuando restañéis la sangre de las heridas que en la lucha recibáis, llevad mis restos a la patria; depositadlos en modesta tumba, y ensanchadla para que sobre ella se sienta la Dios Libertad.

Moriré tranquilo: sois mis hermanos! Con mi protesta en contra del despotismo conservador os lego mi tradición liberal y mi nombre, y pongo bajo vuestro amparo el porvenir de esa Patria colombiana, cuyo infortunio no debéis llorar como cobardes.

Levantadla de donde yace, con la espada que a veces es idea, y con la voz del cañón que en ocasiones es el razonar del Derecho oprimido.

                         César Conto Ferrer

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