
Hinestroza Perea
Por Juan Alexander Hinestroza Perea
“Tengo que hacerlo por mi, hacerlo para orar por todos los que están muriendo, quiero hacerlo por todos los que lloran”
Baby Keem, Praised is god.
Ataúdes.
Estaban reunidos, arremolinados en la funeraria, muerto por muerto iba llegando, se trataba de una velación masiva; los deudos, a quienes se les reconocía por la cantidad d ́vasos de tinto acumulados alrededor, estaban todos juntos, intentando consolarse y midiendo el dolor del otro según la cantidad de balas que le habían asestado al interfecto:
––¿Oiga, al suyo cuantas balas le metieron? ́ ––preguntó un doliente––
––¿Al mío, dice?, cuatro, la primera vez.
––¿La primera vez?
––Si, porque se metieron a darle otra vez al hospital, pa’ asegurarse que hubiera caído, allá́ le tiraron a una enfermera que lo estaba consolando, ¿y al suyo?
––38 tiros le zamparon ¿usted puede cree’? Yo no lo creía cuando escuchéé el grito misericordioso que tocó la puerta de la casa, una muchachita bien afanada que gritaba ayuda porque habían matado a mi muchacho.
Iban llegando más y más cajones. En la funeraria La Costa cerraron la calle desde el Carrasquilla hasta el Iefemp porque se necesitaba espacio para acomodar a los dolientes; ataúd entraba y ataúd salía. La gente ya no diferenciaba cuál era su cajón, a tal punto que ya no sabían a cuál muerto lloraban: “Compadre, ese muerto que está llorando no es el suyo, vea a ve el suyo acá”.
Mientras unos lloraban muertos ajenos, por otro lado se armaban barullos reclamando los ataúdes:
––¡Ese es mi muerto! ––dijo uno de los deudos––
–-Véalo ve, ese es el mío, yo lo reconozco porque tenía una cinta morada en los pies, y ese ataúd color caoba lo habíamos hecho en la casa.
––Ese es mío, carajo, ¡aquí me hago velar donde se lo lleven!
Llantos.
Entradas las horas, empezaban a desmayarse los que habían hecho maratón de llanto; habían empezado con lágrimas tímidas, amarradas con el mismo dolor que las hacía salir, y gradualmente mutaban a incontrolables jadeos y ríos de agua salada que deambulaban sobre las caras que no sostenían el dolor de la amarga realidad.
Había quienes lloraban sobre el ataúd, con lágrimas tan ácidas que quitaban el barniz que recubría la madera, hasta el punto de que se decoloraba y se hacía blanda; estaban otros que lloraban con hipos, el dolor los había atragantado; algunos lo hacían sin ruido, era un arte que se dominaba con los años, sobre todo quienes ya tenían experiencia despidiendo a los suyos.
Gritos.
Anocheciendo, cuando evacuaban cajones, se escuchaba el ambiente reanimado, ya habían descansado los que otrora se encontraban fatigados, y su misión principal era recordar el dolor reviviendo la pesada atmósfera con gritos descoordinados, cada vez más y más fuertes.
Estaba la madre que se quejaba de no haber hecho lo suficiente, el padre que veía un abogado en quien yacía inerte en el cofre, las tías y los primos, quienes consolaban, y las abuelas que fumaban tabaco calao, a ver si los muertos se paraban y se sacudían las balas; entre los gritos resaltaba fuertemente el de una señora, a quien le habían arrebatado a su inocente hija que se encontraba pasando por la esquina donde descargaron el cartucho.
¿Pero quienes eran inocentes y quienes culpables?, ese era el gran dilema, habían nacido con una sentencia de muerte que tenía como radicado la palabra pobreza, o lo que era lo mismo, Chocó.
Terquedad.
Caída la noche, a eso de las ocho todo el mundo se había entrado, no había que mostrarse así ́llegada la oscuridad, era ahí ́donde se gestaban las tragedias, esa papaya no se podía dar. En La Playita, mientras cerraban y aseguraban ventanas, escuchaban los quejidos de don Jacinto a pulmón lleno: “¡Ay, padre, escucha mis súplicas! ¡De por Dios mándanos un alcalde nuevo, que ya toca vender el voto otra vez, esta enterradera de muertos ya acabo el bolsillo!”.
Así estuvo la ciudad durante tres meses, eso era época de limpieza, hasta que no quedó nadie en ese pueblo, los mataron a todos. Era cuestión de tiempo para que cada uno recibiera su bala.




