
Por Eduardo Xavier (Xavi) Moreno Mosquera
En Quibdó, el calendario tiene un mes que no se mide en números, sino en sonidos. Septiembre es un latido. Es el rumor del Atrato cuando se despierta al amanecer, es el repique de tambores que anuncia que San Francisco de Asís el santo pobre que hablaba con los pájaros vuelve a caminar por las calles chocoanas vestido de fiesta. San Pacho, como lo nombra el cariño popular, no es solo una celebración religiosa: es un poema vivo de fe, resistencia y memoria.
La historia se remonta a 1648, cuando los franciscanos sembraron en estas tierras húmedas la devoción a su santo fundador. Con el tiempo, la fe de los pueblos afrodescendientes fue bordando su propio lenguaje en la liturgia. Así nació esta fiesta negra, donde el Evangelio convive con la marimba, la chirimía y el color de los disfraces y las comparsas que parecen nacer de la selva.
En 2012, la UNESCO reconoció las Fiestas de San Pacho como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, un gesto que confirma lo que los quibdoseños sabemos desde hace siglos: que aquí la tradición no se preserva en vitrinas, sino en cuerpos que bailan.
Las jornadas comienzan el 3 de septiembre con el izado de banderas y terminan el 4 de octubre, día del santo.
Durante ese mes, cada barrio asume su turno para ofrecer procesiones, carrozas, alabaos y comparsas que parecen incendiar el aire con su energía y magia. Las calles de Quibdó se transforman en un escenario de colores imposibles: túnicas de lentejuelas, coronas de papel dorado, máscaras que mezclan lo ancestral y lo moderno. La pólvora ilumina las noches mientras el río, testigo eterno, refleja el destello de una alegría que desafía el olvido.
Porque San Pacho es también una declaración de existencia. En una región marcada por el abandono y la exclusión, cada tambor suena como un acto de resistencia. Los descendientes de aquellos que llegaron encadenados celebran hoy su libertad a través del ritmo, elevando un canto que no necesita traducción: estamos aquí, seguimos de pie, seguimos bailando.
Caminar por la carrera primera cuando la chirimía arrecia es dejarse envolver por un abrazo colectivo. No importa si eres creyente o visitante: la música te encuentra, el sudor te hermana y, por un instante, el tiempo se suspende. En ese remolino de fe y alegría, uno comprende que San Pacho no es solo una fiesta: es un lenguaje profundo que solo el corazón sabe descifrar.
Cuando el último cohete dibuja su chispa sobre el Atrato, Quibdó regresa a su rutina. Pero algo queda, como un eco en la sangre.
Porque quien vive San Pacho ya no olvida: sabe que, cada septiembre, la vida como el tambor vuelve a empezar.




