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Home Cultura

Rogerio Velásquez Murillo. La Gaitana del Pacífico. 1962

Chocó 7 días by Chocó 7 días
26 junio, 2021
in Cultura, Lo último
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Rogerio Velásquez Murillo. La Gaitana del Pacífico. 1962

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LA GAITANA DEL PACÍFICO

Escribe: ROGERIO VELÁSQUEZ MURILLO

La conquista del Pacífico colombiano presenta escenas en extremo vigorosas. La odisea de Andagoya al arribar a Birú o Biruquete en 1522, contada y cantada por él mismo en la Relación ele los sucesos de Pedrarias Dávila; la marcha de Pizarro y Almagro por tierras donde llueve y relampaguea todos los días hasta dar con Atacames, después de cuatro años de heroicos y dificultosos momentos, son hechos dignos de enumerarse y destacarse como que dan la medida de un mundo de espejismo, de acantilados y de olas, de grutas y túneles, de vientos y pantanos en cuyo centro el hombre de las riberas es un juguete del clima, de las plagas y las necesidades.

Después de la exploración del Perú, el litoral, tocado apenas por los buques españoles, pero zona sin controlar por la Corona, volvió a ser punto de referencias entre el istmo de Panamá y el desbaratado imperio de los incas. En estos años -1540-1941- se suceden hechos asombrosos en la Gobernación del San Juan, comarca dada inicialmente a Gaspar de Espinosa en 1536 y dirigida virtualmente por Pascual de Andagoya, investido del rango de Capitán General, Adelantado del Pacífico y Mariscal de Castilla de Oro, donde había luchado con los indios de dura cerviz y de contera amigos de supersticiones, herbolarios y maliciosos.

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Andagoya en su viaje a España a responder acusaciones de Benalcázar deja en San Juan de Micay, que da acceso a Popayán, a uno de sus tenientes para aumentar las fundaciones. Payo Romero, asesorado de perros como Leoncico, canoas, trabucos y cien hombres, es el vigía de la comarca que arranca de Punta de Piñas, en el norte, hasta las costas peruanas, abrazando en semejante extensión a tribus como los chocoés, sindaguas y barbacoas iscuandées y tumacos. Por el centro de la región, entre ríos y tremendales, se apiñaban, en extrañas constelaciones, gentes bárbaras de escudos de madera, palma o chonta, hombres de macana o porras que se levantaban sobre el surco o contra la cabeza de los invasores.

No era el tal Romero sujeto común en la mesnada de los aventureros. Grande la cabeza, estrecha y larga; frente ibérica, cavada de surcos pasionales, ojos menudos y hundidos, fieros y enérgicos. Noble de nacimiento, tenía la soberbia de los crecidos con viñedos. Cruel y avaro, venía al Continente a acabar con la herejía reinante, con el culto al demonio que flotaba en el reposo y el trabajo, en las cosas públicas y privadas en lo banquetes y en la muerte. Mas para vivir en crecimiento deseaba, también, extraer oro y perlas, frutos y mieles, especies lujuriosas, azúcar y chocolate de los entables de los naturales, a fin de volver a la Península a detentar empleos y gajes para honrar su descendencia.

Expoliados los gobernados del Calima, Nuquí y Baudó, se fue contra el cacique Tama que extendía su poder de Buenaventura hasta Guapi. Empobrecido en sus símbolos, desposeído de sus bienes, humillado, el Tamayo solo le quedaban sus islas y caletas, el barro hollado de sus muertos, sus flechas y dardos, los arcos que disparaban en forma horizontal, vertical o sesgadamente, los gritos y los rostros pintados de sus máscaras, sus tambores y hamacas. Para la pretensión del infinito llevaba los ojos llorosos que miraban correr el sol por encima de las cordilleras.

Pero Romero pedía más cada día. El sabía de las ocurrencias del Cuzco donde sus paisanos «recogían de los indios doscientas mil fanegas de maíz y las vendían para sí» (1), en tanto que «los soldados y vecinos traían toda la ropa y comida de los indios y los vendían en la plaza a tan bajo precio que daban una oveja por medio peso y mataban de ellas todas las que querían sin otra necesidad más que para hacer candela» (2). Con estos ejemplos los habitantes del Pacífico debían entregar, con la platina que se vendería en la Española para la Cámara del Rey, las chaquiras y peines, el taparrabo de damagua, las orejeras y la vida.

Puesto que la región era rica, el oro estaba agazapado en los riachos, en los montes, más allá de las aldeas. Las afirmaciones de Panquiaco habían resultado verdaderas para Balboa y sus amigos. En el Darién se cogía el oro con redes. El descubridor del Mar del Sur, en carta del 20 de enero de 1513, había dicho que las pepas de metal eran del tamaño de naranjas. Si esto era así, los indios tendrían guacas escondidas, templos áureos que desmantelados servirían para honrarlo. Sí. El oro debía estar en los criaderos de peces, al pie de los troncos, en el cubil de las serpientes, junto a los nidos de los pájaros.

Corno buen contador que había sido tenía en su poder las placas con que los del San Juan se cubrían los pechos y los brazos, los tubos pulidos de metal que tapaban los miembros genitales de los varones más sonados. En los arcones del gobierno brillaban las narigueras y los pectorales, los prendedores o tupos de los antepasados de esos brutos. Pero debía haber oro en polvo, en láminas y trozos al lado de los sepulcros, en las tinajas de barro, al pie de las sementeras o debajo del rancho abierto a la ventisca. Para mejorar lo existente era conveniente recoger las riquezas de la indiada por la traición o por la muerte, por el miedo o la desesperación.

La historia cuenta que «un día Romero llamó a Tama a su presencia, lo maltrató y lo puso preso. El cacique logró escaparse y una vez en su tribu, meditó la venganza. Sabedor de esto Romero, le envió un emisario en son de paz y con promesa de que si volvía a su presencia harían una alianza. El cacique creyó al emisario y Romero tan pronto lo tuvo a su alcance, lo entregó a la ferocidad de sus perros» (3).

Aquí comienza la tragedia. La madre de Tama organiza Ia resistencia. Va de un lugar a otro hurgando las posibilidades, encendiendo los ánimos. Va al Naya, al Yurumanguí y al Cajambre. Sube por el Raposo y baja por el Dagua. Mide y cuenta. Habla fogosamente en los barrancos rojos, en los meandros y bocanas. No duerme. Se mete por el Mayorquín y trepa el Calima, en donde, entre real y legendaria, llama y convoca, pregona y ensordece. Valiente, caliente y hazañosa, la madre de Tamayo se torna en cohesión de la raza que se disgregaba.

Cinco meses por tambos y bohíos hicieron el milagro. Tomando chicha y celebrando reuniones; atentos al canto del guaco que determinaba las empresas faustas o infaustas; invocando al demonio que hablaba por el rugido de los tigres; siguiendo el consejo de los dogmatizadores y ancianos, se hace la alianza y se concierta el ataque. Era menester acabar con tantos vagamundos barbados, con los que habían atormentado a Cuquera y sacado con calzas hasta España a las doncellas de Jugiadó y Coponá, muriendo todas en la travesía por el desenfreno de los navegantes. Antes que perecer por el hambre como sucedía en el Callao, urgían las emboscadas para no caer como saínos y venados en las bocas de los grandes perros.

Con este pensar «unos cuantos indios bien taimados, llegaron en forma amistosa hasta el pueblo donde vivían los españoles e invitaron al teniente y a sus compañeros a que fuesen río adentro a un sitio donde el oro abundaba. Magnífico señuelo para tan ambiciosos corazones. Los colonos se pusieron en camino. Cuando todas las canoas en que viajaban se habían alejado lo bastante del lugar y los españoles se encontraban rendidos y somnolientos por el calor, los indios que guiaban las canoas las volcaron todas a un tiempo y en las orillas aparecieron las patrullas de indígenas que se encargaron de no dejar arrimar a ningún español, hiriéndolos cuantas veces podían con lanzas y dardos. Una vez terminaron con ellos se dirigieron al caserío del San Juan, le prendieron fuego y se llevaron consigo las mujeres españolas, cuya suerte nadie supo jamás» (4) .

Así fue el castigo proyectado y dirigido por la vieja heroína de las orillas del Pacífico, cuyo parangón solo puede hacerse con la Gaitana del Tolima o con la negra María Antonia Ruiz en los días de la independencia.

BIBLIOGRAFIA

1 – Trimborn, Hermann. 1951. Una carta inédita de Pascual de Andagoya. Rv. Trabajos y conferencias. Seminario de Estudios Americanistas. Nro. 3 Madrid.

2 – Trimborn, Hermann. Op. cit.

3 – Contraloría General de Ia República. 1913. Geografía Económica de Colombia. T. VI. Chocó. Imp. Nal. Bogotá.

4 – Contraloría General de Ia República. Op. cit.

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