
Por Haidy Sánchez Mattsson, Psicóloga quibdoseña residente en Suecia
¿Qué pasa si no recordamos y no aprendemos de todo lo que ha venido pasando por décadas en el país?
La psicología nos enseña que ni los seres humanos ni la sociedad en la que estos interactúan pueden caminar mucho tiempo a oscuras, sin ver un camino, sin ver un futuro.
Pero, a veces, en tiempos de crisis y desolación, pareciera que, en vez de alimentar la esperanza hacia un futuro mejor, las múltiples adversidades se nos convirtieran en una máquina para arrasar con las pocas ilusiones que nos quedan y empezamos a actuar con pasividad, ante situaciones que realmente ameritan toda nuestra fuerza de acción para generar cambios.
A veces da la sensación de que Colombia estuviera viviendo una “era” en la que todo va pasando sin dejar huellas. Lo paradójico es que esa sensación se acentúe precisamente ahora que el país ha tenido un estallido social y realmente necesita tanto recordar cómo no dejar pasar los acontecimientos así por así. Esa tendencia a olvidar, incluso a negar, destruir y segregar, no deja una muy buena sensación y por el contrario crea algo de preocupación.
¿Pero por qué esa tendencia a olvidar sucesos importantes?
Una de las cosas que en parte podría explicar este comportamiento en algunas personas es la inflación de estímulos y sucesos negativos en los que se vive diariamente en Colombia. Estímulos estos que en ocasiones le pueden dificultar al cerebro humano filtrar y procesar información. Cuando estos procesos cognitivos se dificultan, las personas fácilmente pueden optar por mecanismos de defensa que los conllevan a evitar almacenar nuevas emociones, acontecimientos negativos o traumáticos; en pocas palabras, el ser humano trata de evitar la exposición a sucesos que lo vuelven más vulnerable y lo acerquen al sufrimiento y a la angustia.
Si revisamos cuidadosamente algunas bibliografías, encontraremos que la psicología social ha hecho algunos aportes señalando que en sociedades vulneradas y traumatizadas se crean fácilmente heridas en el tejido social, por lo cual se necesitan alicientes para ir reponiéndolas y reconstruyéndolas poco a poco, para evitar que las personas lleguen a la desesperanza.
Si bien Colombia no es una sociedad traumatizada en el sentido de la palabra, lo cierto es que existe vulnerabilidad a lo largo y ancho del territorio nacional.
Hay una incidencia significativa de situaciones traumáticas asociadas al conflicto armado y a la violencia, que contribuyen a la fragmentación del tejido social, afectando así la vida y el bienestar de muchos colombianos.
Estas fracturas sociales requieren, sin duda alguna, de intervenciones oportunas y de fondo, para un buen desarrollo de la sociedad y para no llegar al punto de que las personas pierdan las esperanzas de poder alcanzar un futuro más prometedor.
Y es que en Colombia, como muchos sabemos, en ocasiones las esperanzas se ven opacadas, por ejemplo: por la historia de violencia que el país tiene, por la corrupción, la impunidad y la problemática social derivada del narcotráfico. Estos aspectos, indiscutiblemente, han marcado negativamente el desarrollo del país, donde además el bienestar general de la población se ha visto muy afectado y sucesivamente se ha venido creando una sociedad cada vez más frágil.
De allí surge la necesidad de cambios urgentes, estructurales y sostenibles para poder fortalecer los “músculos” de la sociedad y transformar la historia del país. Claro está que las transformaciones son muy complejas, pero no imposibles. Pienso que para un país resiliente como lo es Colombia, un país que ha sabido superar muchas adversidades y sobrevivir de épocas duras, como lo han sido por ejemplo la época de Pablo Escobar y la guerra del narcotráfico o sobrevivir al conflicto armado de más de 50 años, dan muestras de la resiliencia colombiana.
Considero importante tener presente que una ficha que posiblemente podría ser clave para ayudar a superar estos momentos oscuros y difíciles en los que se tropieza el país es que se adquiera un alto nivel de liderazgo para hacerles frente a las demandas que la sociedad en su proceso de transformación está exigiendo.
Un liderazgo donde el máximo líder del país, el presidente Duque, demuestre con contundencia y coherencia que puede llevar el timón de este barco que amenaza con hundirse y que tanto en el plano político, social y económico muestre que va a hacer aún más esfuerzos para trazar una hoja de ruta, que realmente impacte al concierto nacional.
Porque, viéndolo bien, son estas cosas las que muchos colombianos esperan ver. Ya hay un exceso de errores de este gobierno y de los anteriores y somos muchos los que queremos ver la luz de la esperanza, para atrevernos a afrontar el futuro con más confianza y optimismo.
Ahora, no sobra decir que los ciudadanos también tenemos una responsabilidad grande en el cambio de la historia de nuestro país. Con esto me refiero a que siempre y cuando las personas en su cotidianidad sigamos fomentando la actitud de no recordar, de la vivencia cortoplacista y no queramos aprender de los errores cometidos, difícilmente llegaremos al punto de tomar buenas decisiones y elegir con sensatez lo que el país necesita para seguir existiendo.
Finalmente me pregunto: ¿qué pasa si no recordamos y no aprendemos de todo lo que ha venido pasando por décadas en el país?
Podríamos correr el riesgo de no poder direccionar el futuro nuestro ni el de nuestros hijos. Además, podríamos fácilmente habituarnos a la toma de decisiones basadas en el método “trial and error”, ensayo y error, o decidir solamente lo que es inmediato, lo estrictamente coyuntural y de pronto el pensar a largo plazo se podría convertir en un artículo de lujo, en una sociedad que lo que menos necesita es decidir a la ligera o impulsivamente.
Finalmente veo otro riesgo: el que quizás podríamos quedarnos estancados en la ilusión de vivir en un país mejor, viendo paralelamente con mucha frustración, negativismo y desesperanza cómo no logramos volver realidad ese grandioso sueño… el de vivir bien y conservar la esperanza.




