
Por: Yendier Lemus
Los ecos de disparos, el estruendo de piedras golpeando con furia y los gritos de protesta son recuerdos imborrables de una época en la que la lucha por una educación digna en el Chocó fue una batalla de supervivencia. Quizás tus abuelos fueron testigos de esos momentos. La Universidad Tecnológica del Chocó, frecuentemente conocida como “La Dieguito”, reflejaba una actitud ambivalente hacia la universidad. Aunque el apodo se usaba con cierta familiaridad, algunos lo utilizaban de manera cariñosa, mientras que otros lo empleaban para menospreciar el papel fundamental de la institución como pionera en la educación superior en la región.
En este contexto de desafío y resistencia, el 6 de marzo de 1972 marcó un hito significativo con la creación del Instituto Politécnico ‘Diego Luis Córdoba’, en los pasillos del Colegio Integrado Carrasquilla Industrial, bajo el rectorado de José Torres Girón. Este proyecto educativo, respaldado por la Ley 38 de 1968, se concretó gracias al liderazgo del activista Jesús Lozano Asprilla, un residente de Condoto comprometido con el desarrollo del Chocó. Lozano entendía que el subdesarrollo de la región no era solo una cuestión de recursos, sino también de falta de pertenencia. Para él, la educación era el único camino hacia la emancipación de un pueblo relegado al olvido y la marginación histórica. Antes de la creación de la UTCH, los estudiantes del Chocó con aspiraciones académicas enfrentaban el desafío de trasladarse a otras regiones del país para acceder a educación superior. Este proceso no solo requería recursos económicos significativos, sino que también imponía barreras geográficas y sociales que limitaban las oportunidades para muchos jóvenes. La necesidad de salir de su entorno para acceder a universidades en otras ciudades exacerbaba la desigualdad en el acceso a la educación superior. Sin embargo, el impulso del gremio del magisterio chocoano cambió esta realidad, ofreciendo una oportunidad valiosa para la futura generación.
En un contexto histórico anterior, Matías Bustamante Mesa, en una sentida nota del periódico ABC, publicada el 21 de marzo de 1930, celebra la llegada de una nueva generación de doctores al Chocó. En su nota, destaca el regreso de estos profesionales a su tierra para contribuir al desarrollo regional:
“Primicias de nuestro adelanto, de nuestro surgimiento, son estos jóvenes doctores que ya vuelven a su tierra a luchar y a esforzarse por su bienestar. Son Luis Felipe Valencia, ingeniero meritísimo, crisol de virtudes ciudadanas, y Hernán Perea Quesada, médico eminente. Que como ellos continúe regresando la falange que hoy descuella en todos los centros del país; que vengan todos a esta tierra nuestra y, unidos en abrazo cordial, sepamos imponernos, sepamos defender la herencia de los padres enseñando a la nación que somos ya un pueblo apto para todas las luchas y que es burda mentira que el Chocó carezca de hombres que la representen y la rijan. ¡Chocoanos: paso de vencedores que llegan nuestros hombres!” [1]
Este testimonio resalta el deseo de ver a los profesionales formados en el Chocó regresar y contribuir al progreso de la región, un deseo que se materializó con la creación de instituciones educativas clave como la UTCH.
El camino hacia el reconocimiento no fue fácil. El primer gran logro llegó en 1975, cuando, mediante la Ley 7, el Instituto Politécnico fue transformado en la Universidad Tecnológica del Chocó. En junio de 1976, la primera promoción del programa de Trabajo Social se graduó, marcando el inicio de una nueva era para la educación en la región. Estos primeros egresados no solo representaban profesionales formados, sino también agentes de cambio comprometidos con servir a su tierra.
No obstante, a pesar de estos avances, la UTCH, al igual que el propio Chocó, seguía enfrentando las heridas de una profunda desigualdad. En 1987, una de las luchas más significativas por los derechos del pueblo chocoano se desató en las calles de Quibdó. El sonido de las balas y los gritos de indignación llenaron la ciudad durante un paro cívico que paralizó la región durante cinco días. La protesta no solo reclamaba justicia social y atención a las necesidades básicas, sino también el derecho a una educación de calidad para todos. En medio de la violencia, un estudiante de la universidad perdió la vida, convirtiéndose en un símbolo de la lucha por los derechos y el reconocimiento de una tierra olvidada. Este sacrificio no fue en vano. Gracias a la resistencia y al esfuerzo de la comunidad, la universidad consiguió los terrenos que hoy conforman la ciudadela universitaria, liberándose de la dependencia de infraestructuras ajenas y consolidando su lugar como bastión de la educación en el Chocó.
El nombre de la UTCH honra a Diego Luis Córdoba, uno de los defensores más destacados de los derechos de las comunidades afrodescendientes en Colombia. Su compromiso inquebrantable con la educación como motor de ascenso social y su lucha por la igualdad, sin estigmatizaciones, resuena hasta el día de hoy en los pasillos de nuestra universidad. La UTCH no solo es una universidad en el sentido académico, sino el resultado tangible de una lucha incesante contra el olvido. Es el legado de hombres y mujeres que, a pesar de la adversidad, demostraron que la educación es la clave para transformar el futuro de una región que se ha levantado una y otra vez para reclamar su lugar en la historia.
Hoy, más que nunca, la Universidad Tecnológica del Chocó se erige como un símbolo de resiliencia, trabajo y gloria para toda la chocoanidad. Su historia es un testimonio vivo de que no solo se mata con balas, sino también con el olvido. La UTCH es prueba de que, cuando un pueblo se niega a ser olvidado, puede forjar un futuro de esperanza y progreso.
[1] Bustamante Mesa, Matías. El médico Dr. Hernán Perea Quesada. En: Periódico ABC, Quibdó. Edición 2160, marzo 21 de 1930.




