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Home Cultura Literatura

La magnificente tarde de pesca sin cantos de sirenas

Chocó 7 días by Chocó 7 días
29 septiembre, 2021
in Literatura
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La magnificente tarde de pesca sin cantos de sirenas

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Javier Álvarez Viñuela

Por Javier Álvarez Viñuela (Cuento).

Teníamos por costumbre envolvernos con la atarraya que nuestro padre había tejido y que siempre colgaba sobre la viga de madera en la cocina de la casalarga, cuando regresaba de sus faenas de pesca. En la superficie del piso de tablas rústicas se formó un círculo ocasionado por las gotas de agua que se rezumaban a través de los ojos cerrados de la atarraya. La primera vez que la esposa se percató de que la atarraya quedara en el centro de la cocina, no le pareció una conducta reprochable de su marido.

-¡Ni porque lo hubieras calculado! – le dijo a su marido.

La razón de esa aseveración fue porque cuando se dispuso a barrer la amplia cocina cayó en la cuenta de que el círculo de agua que cayó sobre el piso se convirtió en una costra blanca que le costó remover, y la hizo volver irascible.

-Prefiero que las alcobas estén desarregladas, pero con la cocina no permito que me hagan mugres ni muladares- advirtió con voz de ama de casa.

Eran los tiempos en que el sol despuntaba desde muy temprano del día y la temperatura empezaba a ser sofocante. Y aunque eso no le incidía en sus labores, sobrellevaba con prudencia la crianza de los hijos. Siempre solía vestir con ropa cómoda y amplia, penas si apropiada para perder la noción del tiempo, luego de imbuirse en sus cotidianidades.

-He gastado parte de mi vida viendo a los pescadores de la región que colocan a secar sus atarrayas en las calles y aquí jamás han venido los alcaldes ni los inspectores a requerir a quienes invaden el especio público de esa forma –aseguró su mujer con argumentos de su propia idiosincrasia.

La mujer quiso cambiar de parecer y hacerse una expresión dulcificante de su marido. Empezó a recordar el momento en que lo vio por primera vez sin pensar que aquel acto fuera ser el inicio de algo que desencadenara la felicidad y gozo que experimentó, mientras formó su hogar. Un día, sin que su marido estuviera, reunió a los niños para reconocerles sus buenos modales que siempre adoptaban, cuando su padre estaba fuera de la casa. Les hablaba del amor que debían ofrecerse para crecer unidos a fuerza de humildad y sencillez, ya que fue criada en medio de carencias pero sin faltarle nada.

Nunca pensó que la atarraya fuera ser un pretexto para exaltarse o perder los estribos. Sobre todo si es parte del equipo de pesca de quien deriva el sustento de la casa y le deja excedentes. La noche anterior tuvo innumerables pesadillas y sueños que le llenaron la vida de fantasías porque pensó que dentro de la atarraya que se suspendía en el travesaño de la cocina, había quedado alguien atrapado que su esposo había socorrido y sacó con vida después de un naufragio. Imaginaba que era un pescador que zozobró en una embarcación luego de lanzar la atarraya y que el peso de ella no lo dejaba salir de la profundidad porque había quedado atado a una mano.

¿Está aquí?- gritó exaltada con las cobijas sobre el pecho apenas suficientes para cubrirse los senos. Había cogido la costumbre de dormir totalmente desnuda, porque era la mejor manera para que su

marido no la traicionara, ya que él podía tener la dicha de encontrarse a una sirena y no dejarlo volver a casa.

-¡Eriberto, Eriberto!- lo llamó mientras lo movía agarrándolo del hombro. Lo sintió físicamente pero seguía dudando, hasta que se montó sobre el cuerpo de su marido y lo apretó con sus piernas dobladas. Lo besó loca y descomunalmente que le cubría la piel con la saliva melosa que se hacía una goma para unir y desunir los cuerpos con sinfonías de gemidos.

Había sentido el mayor acto de sensualidad y provocación. Sabía que estaba ahí, al lado de su mujer; de pie y como Dios la mandó al mundo. Y lo paradójico era que no podía entender por qué le dio por dormir con toldillo.

Una tarde de pesca, sin que obscureciera totalmente, Eriberto se percató, antes de llegar a casa, que alguien se había sumergido en el mar. Al oír la inmersión miró hacia atrás y zozobró la embarcación en la que venía y solo logró rescatar la atarraya. Confirmó el rumor que había en el pueblo y que era el tema de los pescadores y marineros, en el sentido de que era cierto que muchas sirenas campeaban por el mar y que se posaban de roca en roca, encantando a los que pescaban con redes. Que jugaban a caer atrapadas y se metían en las atarrayas para sacar y liberar los peces de tallas menores. Decían que eran seres fantásticos que, por desobedecer los consejos de los mayores y por no respetar los días de la Semana Mayor, les impusieron el suplicio de vivir dentro de los océanos mostrando sus lindas cabelleras sin poder ocultar el resto de su cuerpo convertido en pez.

Agotada por la impaciencia, Ruperta se hacía cantidad de conjeturan ante la tardanza de su esposo por no llegar prontamente a casa.

-En ocasiones el mar está bravo y los pescadores tienen que esperar los safíos de las olas- previno Damián el hijo mayor.

-Estás aprendiendo a hablar sin fundamento- le reprochó a su hijo. No sabes dónde estás parado y ya estás hablando como “hombreviejo”- siguió cantaleteándolo Ruperta.

Silverio, Eutimio y Emérita son los hermanos menores de Julián. Entendieron que su madre le habló con autoridad y desdeño a su hermano que le quiso justificar la demora de Eriberto, su padre. Vieron que su madre le habló golpeado, mientras sostenía una escoba artesanal que había fabricado para barrer el patio interno de la casa, cada vez que los almendros mudaban las hojas.

-Solo falta que no echen el fluido eléctrico- presagió Ruperta.

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El pueblo en el que nacieron los hijos de Eriberto y Ruperta se maravillaba cada cierto tiempo con la luz que, en la oscuridad les proveía la luna llena. Nunca se supo la razón, pero la gente decía sarcásticamente que era la luz de la planta de Reyes. Era un caserío con familias que tuvieron un mismo tronco y se identificaba con facilidad la línea endógena porque todo tenía el mismo apellido.

Ruperta quiso consolarse. El día  se había cerrado con una lluvia menuda, y a mediada que seguía anocheciendo se intensificó el aguacero que impedía escuchar el canto de las ranas. Ruperta prefirió asomarse por la ventana de la casa para ver la llegada de Eriberto. Se entretuvo viendo la furia del agua que corría sobre las calles, mientras trasportaba la basura que flotaba. No escuchaba el saludo matutino que le daban si no que los respondía con la mano dando un adiós.

-Las calles se convirtieron en rio- dijo sin que nadie la escuchara. 

Cuando abandonó el lugar, vio la lámpara de petróleo apagada y observó la pared de la casa marcada con hollín. Ruperta quiso conjurar los agüeros que tenían los pescadores. Prefirió que la prudencia le diera lecciones para dominar su voluntad. Sin embargo, habló en voz alta creyendo estar sola.

-“Los niños no van a crecer por meterse adentro de la atarraya”- pensó.

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