En San Felipe de Nóvita, ciudad fundada en la mitad del siglo XVI, había un día en que no se hablaba de bateas ni azadones, de rozas ni de viajes, de azuelas o machetes. Era el cinco de enero. En aquella ocasión, el negro podía echar una cana al aire y divertirse junto con el blanco que toleraba entonces el baile y la algazara de la raza africana.

Por Rogerio Velásquez Murillo
En San Felipe de Nóvita, ciudad fundada en la mitad del siglo XVI, había un día en que no se hablaba de bateas ni azadones, de rozas ni de viajes, de azuelas o machetes.
Era el cinco de enero. En aquella ocasión, el negro podía echar una cana al aire y divertirse junto con el blanco que toleraba entonces el baile y la algazara de la raza africana. Como vecinos equivalentes hacen prevalecer relaciones claras y estables, la concentración se hacía con individuos de Sipí, Noanamá, San Pablo Adentro, Tadó, Juntas de Tamaná, es decir, con seres de la zona minera del San Juan.
Caratejos y cotudos, jóvenes broncíneos, mujeres envueltas en rebozo o bayeta, y mozas con trajes de miriñaques antiguos, iban llegando en los primeros días del mes por los caminos del agua o por las trochas más difíciles.
A l frente de cada grupo venia un amo o capataz que aprovechaba el tiempo en sacar escrituras o contratos, en negociar sal, hierro o panela, o en pagar al escribano público unos derechos de alcabala por la compra de algún esclavo más para las minas. La mal trazada población con sus tenientes españoles venidos de Popayán, tomaba aire de fiesta.
La misma Cédula Real del 31 de mayo de 1789 que disponía la separación de sexos en las diversiones de los negros, era violada por los señores que, deseosos de contribuir a la alegría de sus gobernados, daban permiso para el vuelo de las francachelas. Cuando se conocía esta noticia, corría por lo s espíritus de los acollarados un extraño entusiasmo que se manifestaba en abrazos y gritos, en pasos de danzas, brincos y cabriolas.
La nación blanca había establecido el festival para gratificar a los vasallos por su buen comportamiento. Los comprados en Lloró, Neguá, Cartagena o Antioquia; los que habían bajado de Toro, Cartago o Popayán; los quemados con un poco de hierro hirviendo en los brazos o en la frente, en los hombros o mejillas, pechos o espalda, recibían el premio de su fidelidad. Para merecer tanta gracia había necesidad de mostrar una vida limpia de pecados revolucionarios, ya que el convicto de rebeldía permanecía agachado en los canalones duros y amargos.
La algazara comenzaba en el amanecer del cinco de enero. Flautas de carrizo o traveseras, carrasca, matracas y alfandoques, tambores y platillos llenaban el ambiente. El ritmo callejero iba de los altares al zaqui-zamí, de los ranchos mugrosos a las casas de los superiores. Entre el canto gangoso de los viejos, resaltaban las palmadas que acompañaban la música, y el balanceo de los cuerpos era una onda caliente que sacudía el paisaje.
El que hacía de capitán, hombre de bastante edad, nombrado por el Cura del Partido, daba, después de misa, orden para pintar con hollín a la nobleza pueblerina. Los patrones sonrientes y alegres se dejaban hacer cruces en la frente, en tanto que daban cuartillos y medios de plata para guarapo o chicha, jamás para aguardiente que enciende la carne y licencia los sentidos.
A las cuatro de la tarde se daba principio a la lidia de toros.
Para ello se hacía un circulo de guadua y trozos de madera unidos entre sí con bejucos y cordeles. Dentro se echaba un toretón traído de Cartago, al que se enfrentaban los mozos con espadines de palo. Cuando los aporrea-dos eran muchos, los amos, a caballo sobre negros, desafiaban el animal que, sin miramientos de ninguna clase, acometía con fiereza hasta tender en el polvo al justador y su cabalgadura. Como fin de la faena se echaba al corral un cerdo encebado.
Hombres y mujeres bajaban al redondel con el ánimo de sostenerlo ya del rabo o de las patas, de las orejas o el pescuezo. El barullo crecía cuando alguien aprisionaba el animal que en lo adelante le pertenecía. Como recompensa se daba a l luchador tragos de aguardiente.
Mientras se jugaba a lo anterior, en las calles ardían los fogones con fritangas o comidas. A la luz de la llama que chisporroteaba, el galán esclavo hablaba de amor, de sueños de libertad o de creencias. Para distraer las miradas, daba a su compañera totumas de chicha, trozos de longaniza, pedazos de cecina, bollos de maíz.
La que aceptaba el amor, devolvía, como señal de compromiso, la cinta brillante que le adornaba la cabeza. El baile del hunde era un número obligado. Mientras unos se divertían con los toros, los demás, con pantalones de lienzo a la rodilla, movían los cuerpos en la eufórica danza.
Al son de un estribillo cualquiera y de los instrumentos musicales, las cuerdas humanas, con los brazos semi levantados, saltaban, daban vueltas, hacían contorsiones, se aproximaban y retrocedían, chocaban los vientres y se alejaban para volver a empezar. A l parar la música, los espectadores reían y cantaban completamente transfigurados.
Ante tanto fervor, muchas veces los amos entraban al corro. Frente a la mujer más bella, probablemente la querida, movía sus zapatos de badana, echaba a la espalda s u pañuelo de seda, alzaba los brazos y los hombros, y, sin pensar en su posición, asombraba por sus gestos audaces.
El público pagaba con aplausos, sorna y empujones. La fiesta concluía después de la merienda q ue se realizaba a l aire libre. Una hoja de tocino que había sido llevada como ruana por un peón de fiesta, era asada y repartida entre la concurrencia.
Después venia la advertencia de terminar el festival. Rezado el Rosario, se daban vivas a l Rey, a los amos, a la santísima religión y al gobierno que los dirigía …
Y seguía el equilibrio inestable de las razas, al pie del Tamaná raudo y tormentoso ..




