
Por Javier Álvarez Viñuela
Es evidente la creciente profesionalización de los bachilleres del municipio de Bahía Solano. De mi generación, por ejemplo, hay profesionales de todas las áreas del conocimiento, que, gracias a sus decisiones, se formaron en universidades públicas o privadas de diversos departamentos o ciudades del país. Fueron más quienes lograron sus objetivos en claustros universitarios del interior, dada la poca oferta que brindaba, en aquél entonces, el Alma Mater vernácula de los chocoanos.
En la década de los 90 egresaron bachilleres de la Normal Santa Teresita y del Instituto Agrícola de El Valle que obtuvieron excelentes calificaciones en las pruebas del ICFES, lo cual les permitía unas ventajas extraordinarias para estudiar lo que quisieran, y en las mejores universidades. Eso me permitía sellar una admiración superlativa con aquellos sobresalientes alumnos, porque era la mejor manera de exaltar su rutilante esmero al destacarse como estudiantes de sus promociones.
Julio Cesar Tobón Torregloza llegó procedente de Juradó; fue uno de los que obtuvo el mejor ICFES de su promoción en el Instituto Agrícola de El Valle. Pude constatar la humildad de su familia con la que fue capaz de sortear todas las vicisitudes, bajo la tutela de su madre que derivó su digno sustento como modista y operaria de una máquina de coser eléctrica, con la que se ganaba la vida para educar a sus hijos.
Julio César estuvo a la altura de las limitaciones propias de un adolescente que sorteaba los dilemas que ofrece la incertidumbre zanjada por los designios: trabajar o estudiar. Y, si lo atormentaron sus angustias, le llegó el momento para superarlas a través de los estudios que emprendió, hasta hacerse Administrador Agropecuario. Esta conquista, innegablemente, tiene el poder suficiente para sobreponerse a aquellas servidumbres que conducen a los fracasos.
Comprender y entender aquello es confirmar que solo la decidida determinación de superarse desarma los sentimientos que se albergan en los espíritus cautivos por los actos reduccionista que no dejan emancipar a los soñadores; es la evidencia para la construcción del mundo real de unos sueños que se cumplen con la confianza, firmeza y entereza para materializarlos; es lo posible con las ambiciones que forjamos, para llegar decididamente a la meta.
La certeza de Julio César -para ser lo que quería ser-, estaba en sus estudios: estudio que empezaba, estudio que culminaba. Descolló en sus esfuerzos por lograrlos, que alcanzó la más alta formación académica al obtener su Doctorado en Agrociencias en la Universidad de La Salle de Bogotá. Y, si me participó de su mérito, conceptúo que la inalterable amistad que nos profesamos, la refrendo ahora con el honor que me dispensa su título de Philosophy Doctor (Ph. D).
Mi generosidad no queda en un elogió al escribir estas letras; todo lo contrario: es la satisfacción y gozo que debe tener la sociedad; es un suceso que está asegurado de acuerdo a las virtudes y talentos de quien se esmera para compartir su gloria. Esto será el presagio de la prosperidad académica e intelectual, a la cual estará destinada Colombia, el Chocó y Bahía Solano, especialmente los investigadores y científicos.




