Crónicas y anécdotas de Álvaro Paz Cañadas (i)
“Un libro diferente”
Introducción. Por: Álvaro Paz Cañadas
Por los afanes de la vida moderna se tiene poco tiempo para leer obras muy extensas y este hecho conduce a olvidar parte de lo leído. Al leer historias cortas, su tema se recuerda con mayor facilidad.
En cada región, en cada pueblo, ocurren hechos interesantes que sirven para construir historias y anécdotas que son relatadas verbalmente y, muchas veces son olvidadas por no estar escritas para ser leídas y recordadas por futuras generaciones.
Escribir anécdotas como las aquí recopiladas, en la forma que están escritas, fue la manera más fácil que encontré de narrar hechos que me ocurrieron e inventé, y pensé que podrían servir para que otras personas contaran las suyas.
La parte referente a los refranes, además de recordatorio, sirve de entretenimiento para utilizarlos en nuestras conversaciones y escritos cotidianos e inventar otros que hagan a nuestra lengua más pintoresca en la manera de expresarnos.
Como la mayor parte de las historias y anécdotas ocurrieron o fueron inventadas en Colombia, las escribí en los Estados Unidos de Norteamérica, en donde he estado viviendo desde hace más de veinte años. En una ocasión oí decir que los hispanos o latinos, como los gringos denominan a todos los que hablamos español, no leíamos o lo acostumbrábamos muy poco, y si el libro no contenía ilustraciones, mucho menos lo hacíamos.
Pensando en esto último, decidí agregarles ilustraciones a los cuentos, y aunque no es el caso de los colombianos, que necesiten de ilustraciones para inducirlos a leer, y sabiendo que la población hispanoparlante en USA, que se estima es equivalente a toda la población colombiana, agregándole ilustraciones a las historias, la obra podría ser leída y entendida por otra población diferente a la de Colombia y ayudaría a comprender algunos pasajes, si el libro llegara a sus manos.
“Escribamos y sigamos escribiendo y escribiendo sigamos y puede que algún día hasta escribanos seamos”
El hijo del Ministro
Te voy a contar una anécdota de mis años mozos que van surgiendo de las memorias grabadas en mi mente y ahora con la vejez, en que me voy adentrando y los recuerdos comienzan a borrarse, van saltando los que quedaron mejor fijados al comienzo de la vida. Ya me está fallando el casete que tengo dentro de mi cabeza de donde estoy tratando de recuperar esas vivencias que me traen, algunas veces, melancólicos recuerdos.
Tenía alrededor de 13 años, cuando por las noticias mis padres supieron que el Presidente de la República y varios de sus Ministros visitarían Cartagena y se alojarían en el Hotel del Caribe, y entre los ministros venía el de Educación, que era el doctor Manuel Mosquera Garcés, oriundo del Chocó.
Mis progenitores también eran chocoanos y como por allá las familias están muy emparentadas, mis padres eran parientes del Ministro. Mi mamá era la más relacionada con él, porque se trataban como primos.
Mis padres contrajeron nupcias en Bogotá, según me contaron; el doctor Mosquera Garcés y otros parientes asistieron a la boda. Luego se fueron a vivir a Cartagena porque mi papá, quien era médico veterinario, fue trasladado a esa ciudad y parece que fue el primer veterinario que tuvo Cartagena.
Desde el establecimiento de mis padres en la Ciudad Heroica, no se habían vuelto a ver con el doctor Mosquera Garcés, por lo que aprovechando la visita del Ministro, mi mamá decidió ir a saludarlo. Me llevó con ella al hotel.
Yo iba vestido como normalmente se acostumbraba en la costa: pantalón de dril caqui y camisa mangas cortas. Cuando mi mamá y el Ministro se saludaron y ella le dijo quién era yo, inmediatamente le dijo el Ministro:
-Este jovencito se va conmigo para Bogotá ahora mismo, ya que la comitiva presidencial regresaba a la Capital.
Mi mamá le objetó: No, Manuel ¿cómo te vas a llevar a este muchacho con esa ropa para tierra fría?
A lo que respondió: Bueno, entonces consíguele un vestido de paño y pronto me lo mandas a Bogotá porque ya casi comienza el año escolar y yo quiero que estudie allá; y me mandas unas cocadas con él.
Se abrazaron, se despidieron, nos despedimos y quedamos con el compromiso de que tan pronto estuviera listo, me iría para Bogotá.
Me prepararon para el viaje mandando a refaccionar el vestido de paño que mi papá usó cunado estudió en Bogotá y se casó con mi mamá. Me consiguieron maleta de cuero, mi ropa y las cocadas para el tío Manuel.
Cuando llegué a Bogotá, me recibieron en el aeropuerto de Techo, que así se llamaba, toda una comitiva de racamandaca: la esposa del Ministro, doña Emma, su bella hija Cecilia, el doctor Luís Mosquera, ingeniero civil, hermano del Ministro y una hermosa niñita, hija de Cándida Mosquera, hermana del Ministro, con quien mi mamá en su juventud, se criaron juntas y se trataban como hermanas, María Imelda Velasco Mosquera.
Al bajarme del avión y después de conocer a mi comitiva de recibimiento, el doctor Luís, al verme tiritando de frío, dijo que fuéramos a tomar un perico en la cafetería del aeropuerto. Fue mi primera lección del argot bogotano. Cuando nos trajeron los pericos y viéndolos tan humeantes, cogí el pocillo y tomé un sorbo. Estaba tan caliente que me quemó la lengua y, como me dio pena escupirlo y devolverlo al pocillo, me lo tragué y se me salieron las lágrimas.
El doctor Mosquera al verme, se dio cuenta de lo que me estaba pasando y me dijo que tomara un poco de agua. Yo tirándomelas de valiente, le dije que lloraba porque me acordaba de mis papás.
Él me dijo entonces: Ahora vas a aprender muchas cosas.
Todos se rieron y nos fuimos a tomar el carro.
Y, esta era otra parte de la comitiva: Un enorme carro negro, una limousine marca De Soto, con un conductor uniformado y parada de militar al abrir la puerta.
Llegamos a la casa, me instalaron en una habitación. Conocí al resto de la familia; Marco Fidel y Ernesto. Otra hermana de doña Emma, Teresa, que ya conocía porque había estado de vacaciones en nuestra casa en Cartagena.
Al día siguiente el Ministro me llevó al colegio; me presentaron al Provincial de la Comunidad Religiosa y al Rector, y me matriculó.
Cuando comenzaron las clases, me enviaron en el enorme carro al colegio. Al llegar el carro a las puertas del colegio, el conductor se bajó y me abrió la puerta. A la entrada estaba el rector, quien me recibió de manos del conductor.
Como los carros de los ministros tenían en las placas el nombre correspondiente a cada ministerio y el mío decía Ministro de Educación, al entrar al colegio, los estudiantes que entraban vieron la ceremonia del conductor al abrir la puerta y entregarme al rector, se corrió la voz por todo el colegio: ¡Llegó el hijo del Ministro!




