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El Caraño desde sus raíces

Choco 7 días by Choco 7 días
2 septiembre, 2026
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Quibdò, Chocò: Entrega de azotea a la comunidad del barrio El Caraño.

Quibdò, Chocò: Entrega de azotea a la comunidad del barrio El Caraño.

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Artículo escrito por: Javier David Giraldo Arias

De mano en mano, una cadena humana de voluntarias y voluntarios transporta baldes llenos de tierra hasta el lugar escogido para construir la azotea comunitaria. Durante el montaje de la estructura, Joaquín Bedoya anima los cuerpos de más de una. La picaresca letra de El Analfabeta provocaba risas y aplausos en la tarde sofocante del martes 9 de junio, en el patio de la Fundación Sueños Bajo Techo.

Al entrar a Quibdó por carretera se encuentra El Caraño, barrio en el que viven los adultos mayores y las madres cabeza de familia integrantes de la cadena humana. El resto son estudiantes, docentes y profesionales de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, quienes están de paso en la Fundación participando en el montaje y entrega de la azotea comunitaria: una estructura elevada de madera sobre tres soportes construidos con llantas reutilizadas, rellenas con concreto y tierra que, hasta hace una pocas horas, había servido como canoa. Ahora, en lugar de personas, albergará semillas de cebolla, poleo, albahaca, orégano, tomate, cilantro chocoano, entre otras plantas propias de la región como llantén, pronto alivio e hierbabuena, cultivadas para el consumo de la comunidad encargada de su cuidado.

La actividad se desarrolla en la Fundación Sueños Bajo Techo, una organización sin ánimo de lucro que nació por iniciativa del empresario antioqueño Javier Rodríguez hace más de una década. Entre sus contribuciones al desarrollo social de comunidades de Quibdó, el fundador de Expofaro adquirió la propiedad a las hermanas del Instituto Misionero de la Esperanza y destinó al encuentro de adultos mayores, madres cabeza de familia, jóvenes y niños del Caraño.

Actualmente, las dos plantas y el amplio patio que conforman la Fundación son administrados por el sacerdote Edwin Herrera, quien ha dedicado parte de su vida a acompañar procesos sociales en distintos barrios de la ciudad, promoviendo iniciativas relacionadas con la vivienda, la salud, la espiritualidad y la organización comunitaria. “La organización comunitaria se convierte en una fuente básica dentro del proyecto de Dios. Por eso en mi vida como sacerdote es tan importante este tema”, afirma Edwin convencido de la labor social que da sentido a su vocación sacerdotal.

Montaje de azotea comunitaria en la Fundación Sueños Bajo Techo

.Lidia Gamboa ha sido testigo de la transformación del antiguo hogar de las hermanas del Instituto misionero de la Esperanza en la Fundación Sueños Bajo Techo desde sus inicios. Llegó al barrio El Caraño en 2003 y participa activamente en los programas sociales que ofrece la Fundación a la comunidad.

Para ella, el lugar es mucho más que un centro comunitario: es un espacio donde la rutina cotidiana se transforma en cuidado. Las semanas transcurren entre ejercicios físicos, talleres de manualidades, jornadas de agricultura y encuentros que ayudan a combatir la soledad propia de la vejez.

“Uno en vez de estar en la casa como ahí pensando, viene, hace sus ejercicios- porque uno llega a cierta edad que le duele todo-. Acá, hacen unos ejercicios que son saludables. Uno comparte con las amigas, hace algunas actividades, se ocupa de algo y recuerda cuando uno estuvo en el campo trabajando su agricultura”, explica Lidia.

La afrodescendiente octogenaria oriunda de Agua Clara, un pequeño caserío actualmente desaparecido ubicado en las inmediaciones de Las Ánimas, en la cuenca del río San Juan, conserva una memoria íntima del campo y de la agricultura que trajo consigo cuando migró con su familia hacia El Caraño. Mientras participa en la construcción de la azotea, recuerda su infancia en la finca, rodeada de plantaciones de plátano y banano primitivo, cultivos de coco, aguacate, mango y zapote. Paisaje transformado con la apertura de una carretera cerca de su predio. “Todo eso se me lo llevaron, me lo arrancaron, me lo desbarataron”, recuerda.

Lidia es una de las mujeres integrantes de la cadena humana que hasta hacía unos minutos reunía la tierra negra que complementa la mezcla de concreto con que se están llenando los soportes de la azotea y se abonarán las semillas y plantas al día siguiente. Participa en el montaje en lo que puede y agradece, al igual que Mari Rendón, el acompañamiento permanente del sacerdote Edwin Herrera a la comunidad. “Es un hombre que siempre está mirando las necesidades de los demás”, afirma.

Mari Rendón ha vivido gran parte de su vida en El Caraño. Es oriunda de Antioquia y llegó a Quibdó hace 45 años. Pese a llevar más de media vida viviendo en la ciudad, todavía conserva intactos los saberes aprendidos cuando niña en las huertas de la finca de su padre. Cada vez que habla del campo, rememora inevitablemente el lugar donde descubrió que cuidar la tierra que produce sus alimentos, también es una forma de cuidar la vida.

En Quibdó aprendió a cultivar en azoteas como respuesta práctica a las condiciones climáticas de uno de los territorios más lluviosos del mundo. Elevadas sobre pilotes de madera, estas plataformas protegen los cultivos del exceso de humedad y permiten sembrar hortalizas, condimentos y plantas medicinales. “Aquí todo lo que se siembra en el suelo se pudre”, explica Mari mientras observa la antigua canoa convertida en azotea.

La azotea que ahora construyen incorpora una novedad: las bases utilizan llantas reutilizadas como soporte en vez de madera. La propuesta combina las prácticas tradicionales de cultivo en la región con alternativas planteadas por los investigadores de la Universidad Nacional de Colombia durante las reuniones previas con la comunidad.

Adultos mayores del barrio El Caraño participaron en el montaje de la azotea.

En la Fundación, Mari ha aprendido, además, a cultivar semillas y vínculos. Cumpleaños, conversaciones, comidas comunitarias y apoyo mutuo han convertido el lugar en su segunda casa, donde el bienestar es entendido de manera integral: cuerpo, mente, espíritu y comunidad.

“Muchas veces uno no tiene con quién compartir y aquí encuentra amistades. Nos tratamos como una familia. El cariño que no tengo cuando estoy sola en mi casa lo encuentro aquí”, manifiesta María Mena, quien vive sola desde hace varios años.

Para Rubilda Lara, la huerta también ha significado volver a acercarse a prácticas que había olvidado. “La huerta nos ayuda a mitigar un poquito la ansiedad. Nos motiva a sembrar. Yo tenía terreno, pero nunca había sentido ganas de cultivar. Ahora uno se va metiendo en el cuento, aprendiendo”, explica.

Rubilda nació a orillas del río Atrato, en Tagachí, uno de los 27 corregimientos de Quibdó. Como muchas de sus amigas en la Fundación, fue víctima de desplazamiento forzado. En la migración del campo a la ciudad perdió seres queridos, huertas y cultivos. Por eso, cultivar va más allá del ahorro que representa cosechar alimentos o plantas medicinales. Significa recuperar prácticas que la violencia obligó a abandonar. “Poder volver a sembrar aquí es recuperar esa parte”.

“Para mí es un orgullo pertenecer a esto. Tengo tiempo libre, pero aquí encontré algo que me mantiene activo. Gracias a la Fundación sigo fuerte. Vivo como un roble”, explica Manuel Ríos, integrante del grupo de adultos mayores. Durante la jornada no ha permanecido quieto. Ayudó a preparar la mezcla para los soportes de las bases y antes de abandonar el patio observa con atención la azotea buscando cómo mejorarla. No encuentra nada, entonces da por concluida la jornada y se integra al grupo que comienza a abandonar la Fundación.

Montaje de azotea comunitaria.

El sol comienza a descender por encima de las hojas de plátano, los aguacatales y el guadual del patio. La estructura todavía no está terminada. Las bases de concreto, sin embargo, han quedado firmes y la antigua canoa ocupa ya su nuevo lugar.

A la salida de la Fundación, el sacerdote Edwin Herrera despide al grupo de adultos mayores con una bendición. Ellos se dispersan por las calles del barrio rumbo a sus hogares. Mañana volverán para terminar el trabajo inconcluso.

El sacerdote que llegó por quince días y lleva más de veintidós años

De izquierda a derecha, el sacerdote Edwin Herrera y  el ingeniero agrónomo Juan Carlos Dávila.

El bus de la Universidad Nacional de Colombia avanza por las calles de Quibdó hacia la Fundación Sueños Bajo Techo, abriéndose paso entre charcos que empiezan a surgir por el aguacero nocturno que aplaca el sopor del día. Entre los pasajeros viaja el sacerdote Edwin Herrera, a quien todavía le quedan fuerzas para una conversación más, después de oficiar una misa dominical en el Poblado por la mañana y acompañar, por la tarde, una reunión entre docentes, estudiantes y madres cabeza de familia de la comunidad. En el barrio El Poblado, aledaño al Caraño, se proyecta continuar con el proyecto de investigación Jardín de sabedoras, mediante la implementación de una huerta comunitaria.

La conversación con el sacerdote gira en torno a su interpretación de la pobreza desde una concepción integral entre teología, filosofía y la experiencia que ha ganado viviendo con comunidades afrodescendientes de Quibdó. Habla de Jesús y del sentido que tiene su figura en un proyecto social que, para él, no puede separarse de las personas, de sus necesidades, sus historias de vida y sus territorios. Vivir de cerca tanto sufrimientos como carencias y ver cómo la gente mantiene viva la esperanza y el buen ánimo frente a las adversidades, son capaces de hacerle frente a las diversas crisis que los golpean con dureza, ha dado propósito a más de dos décadas de sacerdocio comunitario en Quibdó.

Al día siguiente, Edwin Herrera explica que nunca pensó quedarse en la ciudad cuando fue enviado desde la Diócesis de Caldas para apoyar una misión pastoral que, en principio, duraría unos días. “Vine por quince días y esos quince días se convirtieron en veintidós años”, dice sonriendo tímidamente, mientras conversa con el docente investigador Juan Carlos Ceballos acerca de la labor social espiritual que adelanta en Quibdó, desde la Diócesis de Quibdó y la Fundación Sueños Bajo Techo.

Tras su llegada, Edwin encontró un territorio de contrastes que terminó transformando su manera de entender el sacerdocio. «He encontrado gente muy buena que con sus valores y sus principios me ha enseñado el Evangelio de Jesús. Ahí he descubierto a Dios caminando con su pueblo».

En Quibdó, el 82 % de las viviendas son casas (DANE, 2022).

Filósofo y teólogo de la Universidad Pontificia Bolivariana, Edwin sonríe tímidamente cuando habla de su formación académica. Dice que aprendió filosofía y teología en la universidad, pero que terminó de comprenderlas viviendo entre las comunidades afrodescendientes e indígenas asentadas en barrios como El Caraño y El Poblado, por donde suele moverse de copiloto en una moto acompañado de Andrés, su conductor y ayudante en la obra pastoral.

Durante los últimos dos años, Edwin se convirtió en uno de los principales articuladores entre la comunidad y la Universidad Nacional de Colombia. Ha acompañado los procesos sociales desarrollados con las mujeres de El Caraño y El Poblado, facilitando el diálogo entre investigadores y habitantes, sostenido una red de confianza construida durante décadas de servicio.

Desde la Fundación Sueños Bajo Techo trabaja bajo un principio sencillo: acompañar a adultos mayores, madres cabeza de hogar y personas con discapacidad en actividades que buscan fortalecer su bienestar. “No se puede entender la gimnasia sin la huerta, ni la huerta sin el emprendimiento”, explica Edwin.

Para él, cada actividad hace parte de un mismo propósito. «Lo que buscamos es una salud integral: física, mental y emocional. Cuando la gente comparte, trabaja junta y encuentra un propósito común, también transforma los miedos, la violencia y la soledad».

De ahí que la huerta ocupe un lugar central dentro del proyecto misional de la Fundación. No solo por los alimentos que produce, también porque devuelve a muchas familias una relación con la tierra que el desplazamiento forzado había interrumpido. Para comunidades afrodescendientes e indígenas la tierra constituye parte fundamental de su identidad. «La tierra es alimento, medicina, encuentro, memoria. Volver a sembrar es volver a las raíces”, explica.

En ese contexto, volver a cultivar la tierra adquiere un significado político y existencial, porque no solo se trata de recuperar saberes agrícolas, también es una forma de resistir la violencia que intenta destruir la relación con la tierra.

Ahí encuentra Edwin uno de los mayores aportes del proyecto de investigación Jardín de Sabedoras: recuperar esas prácticas a través del encuentro entre los conocimientos de la comunidad y los aportes de la Universidad. «La Universidad no vino simplemente a enseñar. Vino a conversar con unos saberes que ya existían. Ellos aportan técnicas; la comunidad aporta su conocimiento ancestral. Cuando esos dos saberes se encuentran, aparecen nuevas posibilidades”, manifiesta el sacerdote.

Sin embargo, insiste en que el éxito del proyecto en el tiempo no dependerá de su liderazgo o del de los docentes investigadores. «Las personas pasamos», dice. «Quienes quedan son las comunidades. Lo importante es que ellas se apropien del proceso, que puedan decir: aquí estamos, porque sabemos, porque queremos construir lo nuestro y porque somos capaces de hacerlo.»

Diálogo de saberes

La azotea comunitaria es resultado del proyecto de investigación Jardín de Sabedoras.

El miércoles por la mañana, la Fundación Sueños Bajo Techo abre sus puertas a los adultos mayores que el día anterior cargaron tierra, mezclaron concreto y sostuvieron llantas para levantar la azotea comunitaria. Ahora colaboran en el transporte de semillas y plantas que albergará la azotea. Los estudiantes y profesionales de la Universidad Nacional de Colombia distribuyen tareas para que rinda el tiempo: unos aclaran las dudas resultantes y otros organizan las bandejas germinadoras para el cultivo y bolsas con sustrato que conforman el equipo complementario a la azotea. Los docentes realizan ajustes finales a la estructura antes de entregarla oficialmente a la comunidad.

La azotea es uno de los productos resultado de Jardín de sabedoras: salud, bienestar y soberanía alimentaria, a partir del diseño de un prototipo integrado al sistema de manejo postcosecha, que potencie las capacidades productivas agrícolas de mujeres de los barrios El Caraño-Piñal y Jardín en Quibdó, Chocó, un proyecto que reúne a docentes investigadores, estudiantes y profesionales de las facultades de Arquitectura, Minas, Ciencias Agrarias, Ciencias Humanas y Sociales y Ciencias de la Vida de la Universidad Nacional de Colombia Sede Medellín, en alianza con la Fundación Sueños Bajo Techo y con el respaldo de la Fundación WWB Colombia, entidad que financia la iniciativa. La investigación busca comprender cómo los saberes agrícolas tradicionales fortalecen la soberanía alimentaria, el bienestar, la salud y el tejido social de las comunidades en Quibdó.

Para el ingeniero agrónomo Juan Carlos Dávila, una de las lecciones aprendidas del proyecto apareció antes de definir el tipo de estructura a entregar que albergaría las semillas y plantas. «Cuando hacemos estudios territoriales, escuchar el testimonio de la gente da más pistas que muchas de las técnicas que uno pueda tener en mente. Ahí es donde están los saberes. Los saberes se construyen a partir de esa interacción permanente de la gente con el medio biofísico», explica durante la entrega de la azotea.

Por su parte, el comunicador social Juan Carlos Ceballos intervino durante la reunión con una reflexión dirigida tanto a estudiantes como a la comunidad. “Ustedes que salen de la Universidad no lleguen a imponer el conocimiento en las comunidades y en los territorios, sino que sean las comunidades las que reclamen que esos profesionales de cualquier área de conocimiento tengan el diálogo con la gente”, manifestó el docente investigador, quien lidera el proyecto junto a la arquitecta constructora Itzamar Nataly Cuervo y el Biologo Sebastián Darío Reynaldi.

Basados en ese método de investigación participativa, surgieron modificaciones al proyecto que sobre el papel parecían correctas, pero en la práctica requirieron ajustes. La ubicación de la azotea, la elección de semillas y plantas, por ejemplo, requirió de la participación activa de los adultos mayores. Sus preocupaciones respecto al acceso y seguridad dentro del patio fueron tenidas en cuenta durante la elección de la azotea como producto entregable. De ese modo se incluyó a los adultos mayores en Jardín de Sabedoras.

David Peña, estudiante de Ingeniería Agronómica y líder del semillero de investigación Chagra, considera que uno de los aportes más significativos de Jardín de sabedoras ha sido el cambio en la concepción del territorio. Cuando llegó por primera vez a Quibdó en 2024, conocía el Chocó únicamente a través de noticias, publicaciones o relatos de otras personas. El territorio todavía era una referencia lejana. «Lo más significativo de esta experiencia es el contacto con las comunidades», explica. «Llegar a una comunidad, contextualizarse, más allá de llevar una propuesta específica o instalar una tecnología. Conocer a las personas, conocer sus necesidades, cuáles son sus visiones y qué los mueve».

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Esa idea resume buena parte del trabajo realizado durante los últimos meses. La investigación dejó de ser una sucesión de diagnósticos sobre la relación entre alimentación y salud en la prevención de enfermedades degenerativas, para convertirse en un ejercicio de construcción colectiva en torno a la conservación de saberes agrícolas, donde cada conversación modificaba la siguiente decisión. Quizá por eso, durante la entrega de la azotea, las recomendaciones finales no se limitaron solamente al cuidado de las plantas.

Juan Carlos Dávila y Daniela Londoño, estudiante de Ingeniería Agronómica e integrante del Grupo Estudiantil de Estudio, Trabajo e Investigación en Agroecología (GrAeco), explican las tareas que todavía quedaban pendientes para próximas reuniones: aprender a producir compost, elaborar bioinsumos, controlar plagas sin afectar los cultivos y continuar fortaleciendo la autonomía de la comunidad para que el proceso pudiera sostenerse en el tiempo.

Comunidad y Universidad dialogan sobre el proyecto Jardín de sabedoras

.Los adultos mayores asumen el compromiso de cuidar las semillas y plantas sembradas, una vez el grupo de la Universidad Nacional de Colombia regrese a Medellín. “Doy gracias a Dios por habernos permitido compartir nuestros conocimientos con los conocimientos de los visitantes. Considero que es importante que los conocimientos adquiridos los pongamos en práctica en nuestras casas, para producir productos alimenticios para el sustento de cada día”, manifiestaManuel Ríos. “Es importante que la juventud se preocupe por aprender a cultivar”, agrega Lidia Gamboa durante la ronda de intervención por parte de la comunidad.

Finalizada la socialización, los adultos mayores regresan a sus hogares y el grupo investigador se prepara para emprender el regreso a Medellín en el mismo bus que los trajo a Quibdó por tierra. Serán más de diez horas de viaje, entre paradas y tramos en obras de una de las carreteras más importantes y complejas de Colombia, marcada por la inestabilidad geológica del suelo y las montañas andinas.

Una carretera clave para la conexión regional, pero también un recordatorio de las dificultades que atraviesa un territorio que, como el Pacífico mismo, ha esperado durante décadas su oportunidad de desarrollo en infraestructura e inversión social.

Epílogo

Durante la redacción de este artículo, Quibdó entre otras regiones del Pacífico y el Eje Cafetero fueron sacudidas por un terremoto de magnitud 7,4. El movimiento telúrico estremeció los cimientos de buena parte del país y volvió a poner, aunque fuera por unos días, la atención mediática sobre una región históricamente olvidada.

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