

presentado a la alcaldía de Quibdó
Por Douglas Cújar Cañadas, Arquitecto
Los incidentes en Quibdó, Popayán y el mundo, a propósito de destruir y defender monumentos, reflejan la manera como las comunidades étnicas vienen abordando los reclamos sobre las estatuas y las conmemoraciones de hechos del pasado que no les representan, lo cual hace que volvamos la mirada al contexto del patrimonio mueble e inmueble en espacio público, de la memoria urbana de la ciudad y del aporte gubernativo en la exaltación a personalidades, como el Concejo.
La anticipada negación del proyecto de Acuerdo municipal que exalta “la vida y obra, y da un nombre al malecón Jairo Varela”, fue una torpeza conceptual de los ediles que reveló desconocimiento y contradice el accionar de un ente que en el pasado fue prodigo en resaltar a cultores; la plazoleta de la Palabra (2005), plazoleta Vicente El Pollo (2011), crea la Red de protectores de Plazoletas (2013) y concede la condecoración Cacique Citará a la Orquesta Guayacán y Alexis Lozano (Acuerdo 048 de 2013) la misma que se “oficializa” o crea cinco años después por Acuerdo 009 de 2018. Un accionar macondiano.

César Conto y Benjamín Herrera, más el Parque Centenario,
antiguo Parque de la Independencia..
La crisis iconoclasta que vive la ciudad global busca en sus plazas públicas la revelación de hechos que narren su pasado sin exclusiones, que alienten a las ciudadanos al respeto por los monumentos y su puesta en valor, que incite a las generaciones a construirlos, resinificándolos y conservando su contexto cultural.
Soportamos el desconocimiento de la historia de una ciudad que ha rendido tributo a “hijos memorables” e “ilustres patricios”, pero, igual, le ha negado la representación en sus recintos a importantes cultores. Un recorrido por sus espacios nos ilustra: Desde el primer monumento en la Colina de La Virgen (1919), el Parque Centenario, que rinde culto a gobernantes, mientras el Parque Manuel Mosquera Garcés, sin alegoría al político, es testigo del contrasentido de eliminar el busto al notable liberal (2009) y destruir estatuas (2020). Son 101 años de “desvelo en sus hijos, a fin de cambiarle el aspecto primitivo por el de una urbe, confortable, con características a la modernización” como recordaba el intelectual Andrés Fernando Villa (Aristo Velarde),
El Quibdó actual es un fragmento de hechos construidos y entronización de imágenes de personajes proyectados por una sociedad que buscaba posicionarla en el concierto de las ciudades americanas producto de un lugar y un momento en la historia colombiana, que por la fractura de su accionar, falta de valoración y desatención de momentos relevantes de su historia comarcana, suspendió el ímpetu conmemorativo de exaltar a cultores, no se permitió guardar tributo a sus etnias afro- indígenas, ni tomar posesión espacial a la imagen de su santo patrón. De allí la pérdida de recintos erigidos a la fundación de la ciudad como su Plaza de San Francisco, la Tomás Pérez, Ricardo Carrasquilla, Caicedo y Cuero, Rita María Valencia y el monumento a Julio Figueroa Villa.

destruido por un alcalde de Quibdó
Igual se olvidó el deber ser educativo del monumento a Diego Luís Córdoba en la plazuela de la UTCH, la Plazoleta Franciscana en la Yescagrande, la Plazoleta de Vicente El Pollo (Centro), el Monumento a la Paz de cara a las víctimas (Glorieta de la gobernación) y las esculturas de la Chirimía (Pasaje de la luz), propuesta por Isaías Chalá, y al Boga promovido por el Club de Leones Monarca (Malecón). No hubo institucionalidad para construirlas y sufrieron del olvido de sus promotores.

Maqueta del diseño de la Plazoleta Franciscana y de la escultura de San Francisco de Asís,
en la Yescagrande, diseñada por Arq. Douglas Cujar y promovida por Francisco L. Díaz.
A falta de apropiación del sentimiento estético se han vandalizado las esculturas de La Minera, La vendedora de Pescado y se pretende demoler el Cementerio San José aun de su declaratoria de Bien de Interés Cultural y no definirle Plan de protección. El hecho de las destrucciones del monumento a Benjamín Herrera por un alcalde y del cenotafio de Diego Luís Córdoba son producto de “carencia de dolientes” aun de las denuncias de “una Academia de historia, sin papel en la historia”
Debemos avanzar en el espíritu conmemorativo a importantes personalidades de la cultura, cívicos e intelectuales que dieron lustre al Chocó y ayudaron a forjar imaginarios colectivos de exaltación étnica, retomando el significado que dan a los lugares de encuentro y ritual festivo, forjando un renacer de las artes.
En el propósito de reanimar a una comunidad cívica para reescribir su historia “liberándonos de las huellas producto de la colonialidad del saber”, abordamos un capítulo en la Mesa de cultura, procurando la presencia de los pueblos originarios. Evocando a Saramago diría “Está faltando el indígena, y eso es grave”
Nuestro deber de gestionar nuevos símbolos urbanos, de continuar el diálogo sobre la memoria construida y la protección de inmuebles patrimoniales que debemos asumir en el devenir de las concepciones sobre la nueva realidad espacial de la ciudad, el estado y uso en el tiempo de los Bienes de Interés Cultural Nacional- BicNal, nos define el compromiso, como guardianes de la heredad, de proponer la restauración de las manzanas del colegio Carrasquilla y la cárcel Anayancy para nuevos recintos de formación cultural y creatividad. Igual de buscar resignificar las alegorías existentes y atender la relectura de la historia del Chocó con sentido crítico como nos lo alienta el maestro Néstor Emilio Mosquera – Millo-, de asumir la identidad chocoana “El reconocimiento es un estímulo para que florezcan creadores y referentes. El Chocó es pluriétnico y multicultural de ahí deben extraerse los valores, sin exclusión”




