
Por Mario Serrato Valdés
En el año 2016, mitad del segundo gobierno de Santos, a los «avispaos» que nos han gobernado les dio por crear Bioenergy, una empresa que se dedicaría a producir etanol, el combustible vegetal que al mezclarse con la gasolina mantiene la fuerza del motor pero reduce ostensiblemente los efectos contaminantes de la combustión por gasolina.
El experimento los llevó a sembrar 17 mil hectáreas de caña de azúcar y a establecer una infraestructura capaz de producir 500 mil litros diarios del combustible vegetal.
Si ese maravilloso producto hubiera llegado al mercado de forma constante, alcanzaríamos a reducir, en pocos años, un 89 % de los gases de efecto invernadero producidos en la combustión vehicular, pero «elitizaron a la colombiana» el asunto y el proyecto, de un momento a otro, presentó sobrecostos del orden de los 500 millones de dólares, repito, porque sé que no me creen: ¡sobrecostos de 500 millones de dólares!
El gerente de esa cosa se llama Rafael Pitalugga e ignoro si se murió o si vive en un apartamento de lujo en Miami o Barcelona.
El asunto es que el despilfarro alcanzó cifras tan colosales que después de dos años de gobierno Duque, y considerando el desprecio que él, su líder y su partido sienten por el medio ambiente, decidieron liquidar la empresa, renunciar a producir combustible limpio, abandonar 17 mil hectáreas sembradas de caña de azúcar, permitir que la infraestructura instalada se la trague el monte, seguir contaminando como jeques árabes alucinados, tirar a la caneca más de mil millones de dólares y para ponerle la fresa al pastel, nombrar gerente liquidador de Bioenergy al ex ministro de Agricultura Rubén Darío Lizarralde, considerado por los campesinos minifundistas, el más grande avivato que ha conocido el campo colombiano.
No me me canso de repetirlo, caímos en las peores manos.
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