Atrato: oro y platino.. Crónicas y anécdotas de Álvaro Paz Cañadas (VII)

Introducción de Neftalí Rengifo Yurgaqui
Esta vez aprovecho el introito de la presente crónica para recordar al ingeniero industrial, docente, músico y escritor Víctor Manuel Quesada Ibargüen. Fue uno de mis compañeros de adolescencia en el Club Infantil Domingo Savio, fundado por el reverendo padre Ernesto Arias Arellano, ambos ya fallecidos, por los que ruego descansen en paz de la mano de Dios.
Víctor Manuel, con nombre de artista, y efectivamente sí que lo era, además de otro cerebro fugado del Chocó, nos dejó entre sus varios escritos, el libro de cuentos “De la mano de Dios y otros relatos”, con prólogo del maestro escritor Cesar E. Rivas Lara, publicado por el Instituto de Investigaciones Ambientales del Pacífico “IAPP” en noviembre de 2016, libro que merece difundirse como lo hago con el que me apoyo para esta serie, de donde he tomado solo los primeros renglones de su relato “Romance en el Río”, para referirme específicamente al caudaloso Atrato, rio arteria del Chocó, torrente inspirador de muchos cantos y leyendas, donde transcurre la esencia de la crónica titular, narrada más adelante.
“Romance en el rio: Aunque ya eran las siete p.m. de ese sábado, la luz de un sol rojizo (“sol de los venados”) se resistía a abandonar el horizonte y se reflejaba en las límpidas aguas del Atrato. Poco a poco la luna menguante le fue ganando terreno hasta que lo superó. Las sombras se apoderaron del rio, interrumpidas sólo en algunos espacios por el reflejo lunar.” Víctor Manuel Quesada Ibargüen.
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Atrato. Oro y Platino
Crónicas y anécdotas de Álvaro Paz Cañadas (VII)
La anécdota que te voy a referir me llena de nostalgia y tristeza por considerarme un proscrito voluntario de mi país de origen.
Por los años 80 (1981/1984), cuando me encontraba en el Chocó, se presentó un verano que paralizó toda la precipitación pluvial por casi un mes, haciendo que el rio Atrato disminuyera su cauce, y frente a Quibdó, que tiene un ancho de unos 550 metros y una profundidad de más de 40 metros, a un hilo de agua de no más de tres metros de ancho y que se podía cruzar caminando. Fue tal el acontecimiento que, una gran parte de la población se precipitó a su lecho para lavar sus arenas en busca de oro y platino en ese riachuelito en que se había convertido el caudaloso Atrato.
La gente madrugaba y anochecía metida en su cauce lavando y sacando a toda prisa todo el precioso mineral que podía, antes de que desapareciera esa enorme arca abierta con su riqueza expuesta mostrándola a todo el que quisiera contemplarla y llevarla.
Para otras personas como constructores de obras civiles, fue la gran oportunidad de bajar camiones y volquetas hasta su lecho y obtener de esa manera más fácil, gran cantidad de arena, grava y piedra para sus negocios. Entre ellos estaban los parientes, los hermanos Benito y Edmundo Lemus Paz, que prefirieron extraer una riqueza menos valiosa pero más voluminosa que más se ajustaba a sus necesidades y negocio de constructores.
Uno de los camiones que bajaron al rio, ya cargado, dejó la huella de sus llantas que formaron un pequeño surco al remover piedras y arena.
Al principio todo ese torbellino de buscadores de oro en el rio, yo observaba desde un mirador o balcón que había construido en la parte posterior del aserradero que administraba, hasta que un domingo por la tarde se presentó un pariente, el ingeniero Héctor Velasco (hermano de María Imelda) y me invitó a que bajáramos también al lecho del rio como lo estaban haciendo muchos curiosos, que no sabían de la labor de la lavada de las arenas, pero que también bajaban a ver si encontraban algún castellano.
Efectivamente le hice caso y descalzos nos pusimos a caminar por las arenas y cascajos. Al pasar por donde las volquetas habían dejado sus huellas, yo tropecé con una piedra y pegué un grito de dolor y comencé a decir:
– ¡Hijue…!
No alcancé a terminar la palabra porque con otro grito más fuerte y tapándome la boca, el pariente Héctor gritó:
-No digas una mala palabra porque cuando se está buscando oro, si uno dice una mala palabra, la riqueza desaparece.*
Yo me agaché a sobarme el dedo adolorido y en el momento que mi mano tocó la piedra con que me había golpeado y que con el golpe había salido más a la superficie, resultó ser un trozo de oro que no brillaba como una joya pulimentada por un joyero, sino que presentaba un color amarillo bañado por una película nata semi lechosa que le opacaba su lustre.
Tomé la piedra y se la mostré al pariente diciéndole:
-¡Mire hermanito lo que nos hemos encontrado!
Esta vez el pariente gritó:
-¡Cara…!
Pero yo, a mi vez, le tapé la boca para que no terminara su imprecación, con lo que terminó diciendo:
-¡Caramba! ¡Qué bonita!
La piedra era del tamaño de una fruta de borojó grande o una de árbol del pan mediana. Con nuestra piedra y muy contentos nos regresamos a la casa porque ya se estaba haciendo de noche y con la intención de madrugar a buscar oro otra vez.
El pariente Héctor sacó una botella de aguardiente Platino para celebrar el acontecimiento de haber encontrado oro como la gente que estaba lavando las arenas del rio y, entre trago y trago, contábamos cuentos e historias que nos habían referido los buscadores de minas de oro y platino del rio Quito, que vierte sus aguas al Atrato, en donde también abunda el oro y el platino en su lecho, como me lo enseñó Antonio Abad Mosquera.
Un trago llama a otro trago y la botella se acaba. Botella acabada llama a otra botella. Y así se nos fue yendo la noche entre trago y trago y de botella en botella hasta que en la madrugada ya con muchos tragos entre pecho y espalda, empezamos a hablar más fuerte y a reírnos de cuanta ocurrencia se viene a la mente cuando se está tomando licor.
Llegó un momento en que la bulla que armábamos con tanta bebedera, que no dejábamos dormir a nadie en la casa y nos gritaron:
-Ya están borrachos, váyanse a dormir.
El pariente Héctor contestó entonces:
-¡Carajo! ¡No jodan! Y déjennos en paz que estamos festejando.
Como en el Chocó todo es impredecible, al instante que terminó de gritar el pariente Héctor, sonó un tremendo estallido de un rayo e inmediatamente comenzó a llover como solo ocurre en el Chocó. Y eran tan grandes las gotas de lluvia que caían y golpeaban el techo, que parecía como si fuera una lluvia de piedras.
Llovió el resto de la noche y en la mañana siguiente siguió lloviendo como siempre ocurre por allá y a eso del medio día el cauce del río Atrato se fue llenando y tapando sus playas de arena, cascajo y piedra, y en la tarde ya había vuelto a ser el caudaloso rio que crece tanto hasta tocar los sanitarios que tienen las casas de madera construidas en la orilla, que son un hueco hecho en las tablas del piso en donde uno se agacha y no se necesita papel higiénico porque con el agua que pasa se hace la higiene del cuerpo.
Llueva, truene o relampaguee, la vida cotidiana no se suspende en el Chocó. Cuando despertamos después de semejante platinizada que nos dimos, el pariente Héctor y yo nos fuimos con la piedra directamente al Banco de la República para hacerla pesar y cambiar el oro por dinero. La piedra contenía 1937 castellanos de oro. El dinero que nos dieron lo repartimos por igual.
Yo recibí una citación de la Embajada de los Estados Unidos de Norteamérica para viajar a ese país. Al despedirme del pariente Héctor le dije que una vez que resolviera el asunto en los EE.UU., venía para que volviéramos a bajar al rio cuando éste se secara, pero el pariente me dijo que como todo era impronosticable en el Chocó, no sabía cuándo se presentaría otra ocasión igual, pero que, si eso ocurriera, me avisaría inmediatamente.
También me advirtió que, si se presentara otra oportunidad para buscar oro, lo primero que deberíamos hacer, era taparnos la boca con espadadrapo para no pronunciar ninguna palabreja que despertara el conjuro y no resultara que lo que por agua viene, como en el caso del oro del rio Atrato, por agua se va, cuando comienza a llover como ocurre en el Chocó.
Ahora en este país (EE.UU.) se encuentra en la estación del otoño y los días son grises y lluviosos como en el Chocó, y contemplando el panorama en el patio de la casa, donde al fondo hay muchos árboles muy grandes que me recuerdan la selva chocoana, me han inducido, por qué no, inspirado y despertado la melancolía que producen los días oscuros, nublados y lluviosos, y ha vuelto a mi mente el recuerdo del lecho seco del rio y sus arenas llenas de oro y platino.
Como consecuencia de ese verano en el rio Atrato, mucha gente que buscó oro en el rio, consiguió con qué comprar muchas cosas. Fue una bonanza relámpago que reanimó a todo el comercio, y tiendas y almacenes agotaron muchas mercancías. En las noches los bares y cantinas se mantenían llenos y el dinero corrió a montones, y así como llegó, así se agotó, y la gente se sentaba a la orilla del rio y exclamaba con melancolía.
-¡Ay! Atrato ¿Cuándo te volverás a seca?
Moraleja: Si quieres conseguir mucho oro y platino en el Atrato, no digas imprecaciones o palabras groseras durante su búsqueda; y no tomes mucho Platino, porque ¡lo que por agua viene, por agua se va!
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* No digas una mala palabra porque cuando se está buscando oro, si uno dice una mala palabra, la riqueza desaparece. Esa creencia popular está arraigada en nuestros pueblos mineros, según leyendas al respecto. Y no solo el oro desaparece por decir malas palabras sino por tener “mal corazón”.
Así aparece en la obra Buscando mi Madrededios del escritor Arnoldo Palacios:
“Anota mi tío Cucho: Yo siempre lo he dicho y lo repito toa la vira, que el oro es vivo. Usted lo tá viendo ahí, pongamo, ¿no é cierto? Y no es sino que usté despabile: ¡ya no está! Y puede hacer usted lo que quiera…, ñanga… El oro tiene vida. Y en Orovivo, lo que pasó fue que con er gentío, con semejante descontrol vino gente de mal corazón; y esa es otra cosa que el oro no puede ver…, el mal corazón…”




