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Home Cultura Literatura

Arnoldo Palacios, León Felipe y  ‘Las Estrellas son Negras’

Chocó 7 días by Chocó 7 días
13 julio, 2024
in Literatura
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Arnoldo Palacios, León Felipe y Las Estrellas son Negras

Arnoldo Palacios y su esposa Beatrice Palacios.

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Arnoldo Palacios, su esposa Beatrice y dos de sus hijos.

Por Beatrice Palacios. Exclusivo para Choco7dias.com

En los días en que conocí a Arnoldo, en la calle 21 con la Séptima en Bogotá en 1974, nos sentábamos en su cuarto a trabajar, escribir, leer poesía y obras clásicas. Yo tenía 25 años y él unos 50. Mi Mama Nena, su madre, en la otra pieza con Eloy, el hijo de unos diez años de su hermana Flor. La mesa de Arnoldo estaba repleta de documentos, de páginas llenas de su escritura fina de tinta verde, en gran desorden.

Sacó de su armario dos libros: uno de León Felipe, el otro de Georges Politzer.

–                Me dices que todo lo que toca a la Revolución te interesa. Entonces, lo mejor es leer y formarte para entender la historia de las evoluciones políticas y sociales de la humanidad, con Georges Politzer y sus «Principios de Filosofía». Era originario de Rumania, un filósofo comunista, fusilado en el Monte Valérien en París por los nazis. …De todos modos, si quieres progresar en tu existencia, lee Politzer y León Felipe.

Nunca había estudiado castellano en la escuela. Había solamente entendido y hablado ese idioma el año anterior con la ayuda de un diccionario Liliput en mi mano, obligándome a aprender cien palabras al día durante un mes en Barcelona, cuidando con monjas enfermeras a viejitos agonizantes y los últimos meses en una institución caritativa española en Cali cuidando a unos 180 niños desamparados.

Tengo dificultades en entender bien a Politzer y seguir el curso de su pensamiento. Prefiero lanzarme en la lectura de poemas libres, cortos, de vocabulario cercano del que puedo identificar de una vez la Antología Rota de León Felipe, un poeta español, editada en México en los años de su exilio a América del Sur después de la Guerra Civil de 1936.

En muy pocos días, León Felipe fue nuestro héroe común. Arnoldo, León Felipe y yo habíamos sido echados por la vida en el mismo fogón.

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Necesité diez años para lograr transformar el néctar de Buscando mi Madrededios en la miel francesa. He leído los versos libres de Felipe miles y miles de veces durante 20 años, antes de ser capaz de vaporizar la conciencia de León Felipe y poder expresarla en mi idioma maternal. Arnoldo y Felipe piensan y se expresan como un cirujano con su escalpelo inscribiendo en el espacio una incisión vital.

            – Busco siempre lo breve del latino… o más bien el arte de la concisión de una frase  de Seneca !, exclamaba Arnoldo.

De la poesía de Felipe, el verso también es simplísimo, la palabra común y corriente. Es el pensamiento, las visiones que son de otro universo. ¡Son metáforas tan potentes que no se pueden traducir como si fueran comunes y corrientes!

El impacto de un grito humano -no de un dolor- pero del sufrimiento de todos los seres a la vez hacia el abismo o hacia los astros, no se comunica al planeta o a los dioses con voz débil desde su cámara ni con un lápiz. Su voz llama más fuerte que la de Jesús a su padre en la Biblia. 

Me di cuenta del genio de Arnoldo solamente a medida del curso de los diez años de meditación, día y noche, pesando cada palabra, cada ritmo, cada imagen de cada frase de Buscando mi madrededios. Era un ser totalmente consagrado, días y noches, a sentir la vida íntima del amor y de la ternura de una abuela, la subida peligrosa del río, a saborear el perfume de las flores de los muertos, el surgimiento de indios con hijos y mujeres en el flujo del agua de un riachuelo, las oraciones mágicas, la armonía entre los seres chocoanos, la bondad y la solidaridad intensas entre ellos, la fuerza de los caracteres, la educación tan severa de los ancianos hacia los jóvenes del pueblo como entidad sin fallas.

Naturalmente, nutrida a la vez por la exactitud de la traducción y la educación de nuestros hijos, días después adopté de todo mi corazón al Chocó, a Cértegui e Ibordó. Y, en especial, al amor respetuoso que Arnoldo tenía para su abuela Eloísa, madre pura india de su padre, como modelo de educación de nuestros cuatro hijos que venían los unos después de los otros a enriquecer las perspectivas como pareja y pude tener la fuerza de organizar, con el mínimo vital, nuestra vida al modo chocoano, afro e indio, que Arnoldo instauraba.

No quería que tuviéramos más plata que su familia en Cértegui y en Paredes. Fue un prueba de fuego. Así, viviendo decenas de años con el mínimo vital y traduciendo a esa obra literaria con ese nivel de perfección, tan ideal, transmutamos juntos el alma del Chocó de los años 1920 en plena Francia de los años 1980.    

Arnoldo conoció en persona a León Felipe el día en que se sentó en Bogotá a escuchar una conferencia suya, una de las que dio en toda América Latina sobre la tragedia de la lucha contra los que llamaba “fascistas”. Lo conoció pocos meses antes del Bogotazo, a lo mejor antes de su salida para estudiar a Europa, en la Sorbona. La voz de Felipe tenía el poder de presionar sin vacilar a su público al pie de la pura realidad de la lucha de los Republicanos. Interpelaba a sus oyentes.

Un periodista le contradijo en voz alta que cada persona es impotente y que tiene que defender lo que puede y tiene. Se enderezó Felipe, se aproximó a él y, tomándolo con su puño por la corbata, sacudiéndolo, le respondió con una voz de caverna: “¿Y usted qué tiene que conservar?”.  Ese ¿Qué tiene que conservar? provocaba en Arnoldo un gozo y una especie de exaltación épica. Exultaba.

Arnoldo había compartido con Felipe, estoy convencida, ese talento de atacar sin guantes a un interlocutor o cualquier individuo que encontraba para saber de un solo golpe quién era y “que tenía en el vientre”, como decimos en Francia. Arnoldo, con sus muletas, con el apoyo frágil de sus dos piernas, no podía defenderse físicamente. Por eso, había buscado desde sus dos o tres años de vida a defenderse solo y desnudo, con su propio sentido de quienes eran los que se aproximaban. Conocía a los fanáticos, a los psicópatas, a los curiosos, a los que podía adoptar o rechazar y como proceder con cada uno. Cuando lo conocí había agudizado durante medio siglo un arma de acero en el dominio de la comunicación humana. Un ojo cerebral al cual ningún desconocido podía escapar. Aquí reside la razón por la cual sus amigos estaban listos a ofrecerle su propia camisa, si no era su vida.

Me dijeron que tenía Arnoldo secretos para hacerse amar o para atraer mujeres. ¡Jejeje! ¿Por qué no? ¡Me dijeron que sí! Existía la pluma del mancuá que me había forzosamente dado de beber. Que en su pueblo y en su departamento había curanderos, magos y unos maestros famosos. Negros e indios. Me encanta el espíritu de la magia, de la maravilla. Porque es mío.  Bueno. ¿Por qué no? No cambia lo que compartimos de todos modos.

Compartir el universo explosivo, profundamente dramático y humano de Arnoldo con su esclavitud y el de León Felipe con su Guerra civil, abre naturalmente acceso a Las Estrellas son negras y a la Antología Rota. La gente cree que mi pasión por Arnoldo había nacido de mi admiración por su talento de escritor… ¡Jejeje! ¡No! Supe que era escritor unos días después de haberlo encontrado y decidido consagrarme a hacerle conocer al mundo. ¡Leí la obra de su juventud unos quince años después de haber conocido al autor!

Pues bien. ¿Ahora…de qué se trata si uno lee Las estrellas son negras? De verdad, las ediciones, los críticos, los admiradores o detractores, los lectores colombianos de esta obra chocoana tendrán hoy la necesidad de mirar y juzgar atrás en el tiempo lejano, no solamente de Colombia, sino, sobre todo, del Chocó de los años 1920.

¿Cómo sorprenderse de que los colombianos de las regiones habitadas, -más o menos 70 años después del decreto de prohibición de la esclavitud-, los dueños, los propietarios de unas inmensas riquezas adquiridas con las energías de la Conquista se estaban apenas organizándose en esa época para ejercer el poder de mandar sobre la totalidad del país, no tenían todavía los medios de gestionar, de explotar, de integrar y desarrollar territorios gigantescos de selvas vírgenes del país? Se sabía que en esas selvas existían de veras unas familias descendientes de esclavos de los tiempos pasados, capaces de sobrevivir en ese medio tan hostil, peligroso y misterioso al lado de unas tribus de indios temibles, quizás antropófagos.

¡Se sabía que eran gentes que no hablaban o hablaban mal su castellano! En los años 1920 el Chocó se adentraba a pie o con piragua tal como en la época en que habían penetrado los conquistadores con sus esclavos y aventureros buscadores de oro. Desde adentro, se sabía que, recientemente, una empresa gringa llamada la Chocó-Pacífico estaba trabajando con dragas para sacar oro, cuando la gente no poseía más que su batea, sus cachos y su almocafre. El país pensaba que esa región y su gente eran “primitivos” y demasiado atrasados para participar plenamente a la vida moderna, al progreso técnico. Ese territorio era más bien una reserva, un tesoro de guardar lo más intacto para el futuro. 

Cuando Arnoldo sale de su Chocó, solo, con sus veinte años y sus muletas, que concibe sus Estrellas son Negras, se debe mirarlo bien: sale solo de unas selvas tupidas, casi desconocidas, de una aldea de la punta de la cola del puerco del mundo, una región tan extendida como un país, pero casi sin una sola carretera …para estudiar, sin un bledo en el bolsillo, en la capital del país.

Se debe conocer quién era Venancio Palacios, su padre. Es capital entender que no es la historia de la esclavitud o del aislamiento de la región de selvas sin medios de comunicación que impide la existencia de la herencia genética de cada hombre. Sin poder conocer a sus ancestros españoles, vascos, africanos -de diferentes etnias- e indios, -su madre era pura india emberá- Venancio debía forzosamente ser nieto o bisnieto de una familia de alto nivel intelectual, o sabio, o griot. Papá Venancio hacía venir desde Bogotá periódicos que le llegaban en piragua con mucho retraso, junto a bultos de arroz o cajas de leche condensada. Había impulsado el partido liberal de toda su región y si un hombre político o de cualquier importancia social llegaba a Cértegui, buscaba a Venancio Palacios y era recibido en su casa. Fue él quien formó el espíritu y el deseo imprescindible de cultivarse de Arnoldo. Su padre y unos de sus tíos. Conocían muy bien los textos de la Biblia que habían leído a pesar de la prohibición de los curas, comprendían el latín, tenían conocimientos avanzados de astrología. Podían contar de memoria muchos de los Cuentos de las Mil y una Noches. Gracias a él y a ellos, probablemente, Arnoldo se apasionó por la historia griega y latina, por la literatura y todo lo que era conocimiento. Cuando lo conocí, hablaba trece idiomas de Europa y, -soy testigo-, era capaz de traducir espontáneamente poemas en polaco o italiano, en francés o inglés, sin haberlos leído antes.

Le supliqué repetir su traducción en voz alta de un poema de Baudelaire para darme tiempo de escribir la maravilla de su interpretación en castellano de los primeros versos… ¡Inútil! Se puso a reír y… pasó a otra lectura.

Después de haber dormido dentro de nuestro viejo coche con los niños muy pequeños al borde de una autopista de Alemania del Este, antes de la frontera con Polonia, no pudimos arrancar por la mañana. Un problema que no se puede arreglar sin alguien capaz de entender y reparar. Arnoldo le pidió a un cultivador de una finca cercana que nos ayudara. El hombre nos invita a quedarnos en su casa del koljos el tiempo que su hijo se encargue del trabajo. Arnoldo se sentó a su lado y le pidió enseñarle el alemán, no había querido aprender ese idioma hasta ese día. Vi al hombre reírse de un chiste lanzado por Arnoldo en alemán… unos ocho días después de nuestra llegada ¿No era un genio ese Arnoldo?

La esclavitud y la guerra despiadada entre familias, entre hermanos, no impiden el manantial del alma y de las inmensas cualidades de los hombres. ¿Quién resiste? ¿Quién salva al Hombre, a los abismos y los astros? 

Arnoldo y Felipe comparten el grito del Hombre. El de la Historia. Su ser tiene la amplitud del pecho que es capaz de llevar un eco colectivo hasta las extensiones del espacio. Si León Felipe lo encarna en el pregonero o don Quijote, Arnoldo lo personifica en el adolescente hambriento e inculto, ¡es un cuerpo humano que proclama su angustia desde el fondo de un pozo y pide justicia al universo! Más… puedo afirmar hoy que Arnoldo, con sus capacidad de percibir los momentos del futuro inmediato, sus dones en telepatía, era capaz de recibir y comunicar a los demás señales, cautelas o alarmas de acontecimientos irrumpiendo por adelantado a su conciencia desde el universo.

Compartir el universo explosivo, profundamente dramático y humano de Arnoldo con su esclavitud y de Felipe con su Guerra Civil española abre naturalmente el acceso a Las Estrellas son negras. Sus sufrimientos son fragmentos de sus colectividades, traen directo a Prometeo. ¿Cuál es el mito de Prometeo, el robador del fuego sagrado para los humanos, en el grito de Arnoldo y Felipe? Ellos mismos son la emanación directa de la explosión nuclear de una estrella, algo que es… un nacimiento del universo también… Es un Big Bang… Es la cápsula de una planta que explota dejando al soplo del viento, el Gran Viento, llevar sus semillas, sus átomos, sus cromosomas. Es casi inmaterial, como las feromonas de una mariposa que un macho puede detectar hasta once kilómetros de distancia en la noche, es inmaterial casi. Da lo mismo. Pero en el mismo instante, es vigoroso, poderoso. Provoca vida, transmite vida. Las Estrellas son Negras es la emanación de la conciencia de hombres que dan luz a grandezas, hasta mitos llevados por el viento. Son parteras del enigma de la forma que tendrá el átomo unido a otros, o listos a descomponerse o renacer en otra parte. Todo está ligado. Es un solo y mismo movimiento de la creación, es decir de la Energía.

El fenómeno de la luz del fuego de Prometeo estaba vivo en la mirada de Arnoldo el día de nuestro encuentro. A lo largo de los cuarenta años de vida común, sé que esa luz era su razón de ser.

Arnoldo y Felipe son seres que han sido capaces de resistir a ese tipo de prueba excepcional como el hierro en el fuego se hace acero… Son capaces de contar a los demás lo que es el fuego de Prometeo. Quiero decir que no han tenido profesor, ni guía, ni son gobernadores de la conciencia universal, como Arnoldo los llamaba. Son Arnoldo y Felipe hechos ahora de otro metal, han eliminado escorias, elementos débiles. Son ahora hechos de elementos resistentes a altas temperaturas, lo que hace que la luz que emiten atrae infinitamente los otros elementos.  Pues, esos otros seres son atraídos por esos individuos, los que gravitan como mariposas nocturnas alrededor de la luz. Unos son envidiosos, tratan de arrancarles pedazos de luz, llevárselos, otros son Prometeos.

Arnoldo y Las Estrella son Negras o Estrellas nada más, son la historia de la luz. Probablemente. Porque para mí, lo que me atrajo hasta convertirme en la vestal de este individuo que era Arnoldo, en las mismas ondas que León Felipe y otros héroes de la Historia del hombre, es la historia de la sacralidad de la vida. La luz y la transparencia -nunca en mi vida desde que sabía hablar había mentido- respondían a mi búsqueda de la luz.

La búsqueda de la luz elimina todo deseo de cobardía, cruce de caminos. Seleccionar, y seleccionar siempre. La prueba puede resultar del mundo, puede resultar del cuerpo, puede venir de los demás, de los alrededores, de todo lo que se encuentra entre nosotros y la materia, pero… lo que me unió a Arnoldo Palacios fue el amor intransigente de la más alta transparencia. Ver la Luz, con mayúscula L… Las estrellas, lo que guía en la oscuridad como un faro. Da lo mismo. Constituyen la guía del ciego… no se puede decir ciego si sigue una luz… pero es el ser quien es atraído, es el Hombre quien es atraído por la luz.

Si el grito de la esclavitud emitido desde el Chocó por la voz de un adolescente de Quibdó, hace un siglo, se oye a nuestros oídos de hoy, me permito decir a mis queridos colombianos, que su voz es la de la Historia del pasado. El famoso talento literario de Arnoldo entró, magistral, en el panteón de los grandes autores. Es justo.

Ahora bien. Nuestra tarea de hoy día es abrirle su camino a Buscando mi Madrededios, los siete primeros años de su infancia. Arnoldo perseguía una meta, un desafío en el arte de la biografía. Escribió siguiendo la pura cronología de su memoria, sin intervenir JAMÁS en el paso real del tiempo que vivió.

Demostraremos que logró sin fallar esa sencilla hazaña.  Mostraremos que Buscando mi Madrededios es la obra maestra de un valor literario universal, que la literatura universal guardará.  Abre de par en par el Chocó, el saber y la sabiduría de su gente, las cualidades humanas forjadas para sobrevivir por los nietos de Las Estrellas. Introduciéndose uno en las casuchas de paja al borde del río bajo la lluvia, con ánimo y ternura, verá que se puede, siguiendo a la filosofía de los chocoanos, vivir libre en cualquier parte del mundo.   

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