
Por: Rosa Chamorro, escritora y filósofa con maestría en Estudios Afrocolombianos y especialización en políticas públicas y justicia de género.
Estar aquí con ustedes, así sea de manera remota, significa mucho para mí. Éste es un paso trascendental en el trasiego de mi vida, que adquirió sentido hace varios años cuando, al investigar para mi tesis de grado con la que optaría al título de Filósofa, encontré que Martin Heidegger y María Zambrano veían a la Filosofía y la Poesía encontrándose en el recorrido que tanto el poeta como el filósofo hacen durante toda su vida en busca del Origen, el origen de la vida, el origen de la humanidad, su propio origen.
Y yo me veía ahí, como poeta, porque ya había completado varias vueltas al sol escribiendo mis poemas y llevándolos conmigo a los escenarios en los que solemos encontrarnos los poetas, y como filósofa, al menos en la adquisición de unos rudimentos académicos, porque estaba a punto de graduarme como tal. Y fue esa búsqueda del origen la que me llevó luego a cursar una Maestría en Estudios Afrocolombianos, y en ese transcurso, mientras descubría la maravillosa historia de un continente africano que pujaba incontenible antes de que los europeos lo tomaran a saco, pero también ahondaba en el conocimiento de los horrores de la trata, del sufrimiento de la diáspora y de los gérmenes de la resistencia, iba cincelando mejor mis poemas, que adquirían nuevos tonos, que incorporaban nuevos ritmos, que perfilaban nuevas voces. Esa transformación interna se aceleró con los nuevos elementos proporcionados por la investigación que me condujo al galardón de Maestra en Estudios Afrocolombianos.

Fue una indagación que me permitió llegar a un conocimiento mayor de Manuel Zapata Olivella y Natanael Díaz, dos grandes intelectuales negros que desde mediados del siglo XX, con la creación del Club Negro de Colombia, habían emprendido, junto con un puñado de pensadores y soñadores, unos negros y otros no, una larga y difícil carrera para lograr que en Colombia, en Latinoamérica, y en el mundo, se reconociera la labor y el aporte que las gentes de piel oscura habían hecho durante siglos para construir la sociedad. Y fue tan difícil y tan larga para ellos esa carrera que, en la víspera de su muerte, al recibir Manuel Zapata Olivella en su lecho de enfermo a Eduardo Díaz Saldaña, hijo de Natanael Díaz, el pensador caribeño le dijo al visitante, confundiéndolo con su padre, el poeta y político caucano que había fallecido cuarenta años antes, pensando seguramente que ya había llegado a la morada de Changó, donde se reúnen los humanos ungidos por los dioses: “Natanael, triunfamos, ¡Nos respetan!”
Estudiar el Club Negro me exigió ir más allá, indagar sobre sus orígenes, buscar sus nexos con sus contemporáneos impulsores del Renacimiento de Harlem, con los creadores de la idea y el movimiento de la Negritude, y viajar más atrás para encontrar las huellas de la rebeldía latinoamericana gestada por los conductores de la Revolución Haitiana, o los rastros de líderes negros en la Revolución de los Comuneros y en la Gesta de Independencia de las naciones liberadas del yugo colonial español por Bolívar, en donde jugó un papel crucial el Almirante negro José Prudencio Padilla. Un detalle particular de esta insurgencia del Club Negro es que el 20 de junio de 1943, cuando una docena de jóvenes negros inician un alboroto en la Biblioteca Nacional de Bogotá piden que se pongan a sonar canciones de Marian Anderson y Paul Robeson, muy populares entre la población negra norteamericana de entonces, y más tarde, en su incursión en los cafés bogotanos donde continúan su periplo de presentación de la presencia negra en la fría capital colombiana, recitan versos de Candelario Obeso y Jorge Artel, junto a pasajes narrativos del novelista estadounidense Richard Wright.
Y al recalar en la gran variedad de personajes negros y mulatos que acompañaron la gestación y el devenir del Club Negro, aunque no hubieran estado presentes en los sucesos de junio de 1943, era imposible no fijar mi atención en uno de ellos que por su vida y obra habría de proyectarse más allá de los límites de sus selvas chocoanas y de la esquina sudamericana ocupada por Colombia: estoy hablando por supuesto de Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera.
Disfrutar de la prosa envolvente de Arnoldo Palacios al leer por lo menos sus tres escritos más conocidos, “Las Estrellas son Negras”, “La Selva y la Lluvia” y “Buscando mi Madredediós”, e indagar por su vida y su obra literaria, su pensamiento y su actividad política y cultural, me ha llevado de nuevo al punto de partida. Al igual que Zapata Olivella, que Natanael Díaz, que todos los integrantes del Club Negro, que poetas como Candelario Obeso y Jorge Artel, Arnoldo Palacios también emprendió la búsqueda del origen. Pero al tiempo que hacía esa búsqueda, iba reflejando en sus escritos todo lo que encontraba a su paso, necesitaba decirlo, y lo hacía en forma tan real que quien se adentrara en sus textos no tenía otra alternativa que situarse en los lugares y paisajes que describía y ver a los personajes que cobraban vida en sus palabras. Encontré en las novelas de Arnoldo Palacios dos formas de conectarse con los lectores, porque al tiempo que expone sus ideas como narrador en un castellano conciso, accesible, a veces crudo porque aborda sin ambages la realidad, también las expresa por medio del lenguaje de sus personajes, en forma todavía más cruda si se quiere, en ese lenguaje que hablan las personas de su tierra, con modismos, expresiones, giros idiomáticos y acentos que aún conservan aires del castellano antiguo traído e impuesto por los colonizadores, al que mezclan con elementos idiomáticos supervivientes de las lenguas habladas por sus ancestros africanos y con rezagos de hablas propias de las culturas precolombinas de su territorio.
En este tema literario es importante destacar que la obra de Arnoldo Palacios tiene un valor que sólo unos pocos estudiosos de estos temas se atreven a reconocerle, que es el haber introducido en la literatura colombiana la técnica narrativa que distinguió al norteamericano James Joyce con su “Ulises”; Palacios desarrolla, en su primera novela, “Las estrellas son Negras” una trama completa que se desenvuelve en tan sólo 15 horas. Con esa obra, el chocoano rompe toda una tradición narrativa que traían los escritores colombianos desde los inicios de la novelística nacional, cuyo discurrir temporal abarcaba semanas, meses, años.
Otra característica de esta novela es el abordaje del tema social que, guardadas proporciones de espacios y tiempos diferentes, la acerca a la narrativa de Richard Wright, de quien Arnoldo Palacios se declaró admirador desde su juventud, como también lo habían hecho Zapata Olivella y sus colegas del Club Negro en 1943. En diversas entrevistas Palacios destaca la amistad que inició con Wright en sus primeros años en París, que prometía ser profunda pero fue truncada por la temprana muerte del escritor norteamericano, atribuida a un ataque cardiaco, aunque su hija Julia dijo que lo habían asesinado, como lo menciona el propio Arnoldo en entrevista que su hijo Pol le hizo en 2009, publicada a comienzos de este año en el informativo digital Chocó7días.com.
Esa efímera amistad con Richard Wright marca algo central en la vida y obra de Arnoldo Palacios y es que, en la búsqueda de su origen, no se queda anclado en su selva chocoana. Intuye que él y sus gentes son herederos de culturas y sangres provenientes más allá de sus fronteras, de sus ríos, de sus mares, que se mezclaron con las culturas y sangres de quienes por siglos habían poblado estas regiones, antes de que llegaran, a partir de los finales de la decimoquinta centuria, los viajeros de conquista europeos y los viajeros forzosos africanos.
Y comienza su travesía en forma metódica, trasladándose primero de su natal Cértegui, donde ya la escuela no le puede brindar más conocimientos, a Quibdó para abordar los estudios del nivel secundario, conocer más gente de su misma región chocoana, y desde allí dar el salto a la capital colombiana que, aunque para la época, finales de los años cuarenta, es todavía un poblado grande que transita de la provincia a la modernidad, para Arnoldo es el descubrimiento de una ciudad en ciernes, en la que encuentra unos jóvenes negros dispuestos a demostrarle a una sociedad bogotana fría, indiferente, a veces hostil, que ellos, sus antepasados y los que vienen, también forman parte de ese conglomerado social y también contribuyen a la construcción de una identidad colombiana. Encuentra, además, personajes que no tienen su misma connotación racial y tienen un concepto mucho más amplio, más incluyente, como se dice hoy, que reconoce la igualdad de los seres humanos y rechaza la idea de una supuesta, inexistente, superioridad racial.
Entre ellos es digno de mencionar, por el apoyo irrestricto que le dio a Arnoldo y la influencia que ejerció sobre él con sus ideas avanzadas y sus conocimientos literarios, el profesor y humanista José María Restrepo Millán, quien era entonces rector del Externado Nacional Camilo Torres, colegio donde Palacios culminó su bachillerato. Y también entabla amistad con Manuel Zapata Olivella, a quien lo unirían muchos años de lucha común y una gran afinidad ideológica. Es famosa la anécdota de que, al tiempo que se inicia como autor de columnas periodísticas en el semanario Sábado, Arnoldo escribe su primera novela “Las Estrellas son Negras”, pero corre con la mala fortuna de que su manuscrito se incinera en los incendios producidos el 9 de abril de 1948 por la rebelión que suscita en el pueblo el asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán; y es Zapata Olivella uno de los amigos que lo animan a que reescriba la novela, lo cual realiza en pocas semanas y logra publicarla, en 1949, con la editorial Iqueima, de Clemente Airó, un refugiado español.
Otro de sus amigos más cercanos, el entonces senador liberal Diego Luis Córdoba, originario como él, del Chocó, consigue que el Congreso le otorgue a Arnoldo una beca para estudiar en La Sorbona, que lo lleva a embarcarse por primera vez, en 1949, con rumbo a París. Ese viaje a la que era entonces la ciudad más apetecida por los intelectuales y por muchos líderes políticos del mundo, fue algo semejante a la travesía que tres lustros antes habían hecho Aimé Césaire desde Martinica, León Gontran-Damas desde Guyana y Leopoldo Sedar Senghor desde Senegal, entre otros, a quienes los ancestros africanos juntaron para crear y lanzar al mundo la idea de la Négritude. Llegar a la Ciudad Luz y entablar relación con los más destacados intelectuales de la época fue algo que le tomó a Arnoldo muy poco tiempo. Hizo pronto contacto con la Revista Présence Africaine, que había sido fundada tres años antes de su llegada por el intelectual senegalés Alioune Diop, con el concurso de Aimé Césaire, quien dejó de publicar su revista L’Etudiant Noir, que había visto la luz a lo largo de trece años, para dedicarse a la nueva publicación que sería en adelante la vocera de la idea de la Negritud. En 1955, Alioune Diop escribió: «Todos los artículos serán publicados siempre que se presten a ello, que se refieran a África, que no traicionen ni nuestra voluntad antirracista y anticolonialista, ni nuestra solidaridad con los pueblos colonizados».
También hizo parte del grueso del consejo editorial que estaba formado por intelectuales africanos, como Bernard Dadié, Mamadou Dia y Abdoulaye Sadji, así como otras personalidades interesadas en el «mundo negro», etnólogos y antropólogos, escritores y filósofos, pero también galeristas y críticos de arte.

Al lado de Diop, Gontran-Damas, Césaire, Senghor, Alioune Sarr, Richard Wright, Albert Camus, André Gide, Jean-Paul Sartre, Théodore Monod, Georges Balandier, Michel Leiris y otros valiosos pensadores, Arnoldo Palacios formó parte del selecto grupo de intelectuales franceses, africanos y americanos que escribían en la revista Presencia Africana, y que, aunque no todos fueran parte de la diáspora africana, desde sus comienzos dejaron plasmada con claridad su intención de formar parte de las luchas políticas y culturales que desarrollaban los negros en las colonias africanas, en el Caribe anglófono y francófono, en los Estados Unidos, que habían tomado un nuevo impulso al calor de las ideas libertarias que emergían en los tiempos de la posguerra como consecuencia de la derrota del nazi- fascismo. En lo que se conoce de los inicios de la revista Presencia Africana y la editorial del mismo nombre, fundada dos años después de la revista por el mismo Diop y sus colegas, y de los primeros encuentros internacionales auspiciados por ellos, es Arnoldo Palacios el primer representante de los escritores latinoamericanos de habla hispana en formar parte de este proyecto literario, cultural y político que influyó profundamente en los acontecimientos verdaderamente revolucionarios que se sucedieron desde la mitad del siglo XX como la lucha de los negros norteamericanos por los derechos civiles, contra la discriminación y el racismo imperantes en la sociedad estadounidense, con figuras tan emblemáticas como Rosa Parks, Martin Luther King, Malcolm X; y los movimientos que lograron la liberación de la mayoría de países africanos hasta entonces dominados por las potencias coloniales europeas que arbitrariamente se los habían repartido desde el siglo XIX, reparto que habían replanteado en la segunda posguerra tras la derrota alemana. En palabras de José Venancio Palacios, sobrino de Arnoldo, en entrevista que le hice recientemente, publicada por el informativo digital Chocó7días.com., “es un orgullo saber que una mente colombiana participó de toda esa creación”.
La relación de Arnoldo Palacios con los intelectuales franceses, norteamericanos y africanos no se limitó entonces a compartir los espacios editoriales y las tertulias de la revista y la editorial Presencia Africana, sino que se extendió a la amistad con varios de ellos y a la participación en eventos históricos como el Segundo Congreso de Escritores y Artistas Negros, realizado en Roma entre finales de marzo y comienzos de abril de 1959. En este evento se adoptaron por los asistentes una serie de decisiones que muestran el compromiso que los une en torno a la necesidad de difundir en el mundo la importancia de los aportes de escritores y artistas negros al torrente cultural y artístico mundial, a la par que apoyan los esfuerzos organizativos y las luchas emprendidas por los pueblos africanos que soportan el dominio colonial de las potencias europeas.
En este Congreso de Roma, Arnoldo estableció nexos con personas como Mario Pinto de Andrade, con quien aparece en una fotografía poco conocida; este escritor angoleño, poeta anticolonialista, fue clave, junto con Agostinho Neto, en la creación del Movimiento por la Liberación de Angola, del cual fue presidente mientras Neto estuvo preso; con Neto y Amílcar Cabral crearon en Lisboa el Centro de Estudios Africanos. Pinto se retiró de ese partido en 1974, un año antes de la liberación de Angola, por diferencias con Neto, y cuando éste fue ungido como presidente de la recién creada República Popular de Angola, se fue a vivir a Guinea-Bissau donde fungió como Comisionado de Cultura del gobierno presidido por Cabral.
La fotografía a la que aludo fue tomada por Lucio Lara, también fundador del MPLA, profesor que asumió por pocos días la presidencia de este partido y de la República Popular de Angola cuando Agostinho Neto murió mientras ejercía estos cargos.
La amistad de Arnoldo con Mario Pinto de Andrade se prolongó por varias décadas. Según me refirió Beatrice Palacios, en una conversación telefónica, la amistad entre Arnoldo y Mario Pinto de Andrade fue tan profunda que se mantuvo hasta la muerte de este último. Arnoldo también tuvo una relación cercana con Sarah Maldoror, cineasta francesa de ascendencia africana y esposa de Mario Pinto, así como con su hija, Anouchka. Mario Pinto y Arnoldo Palacios formaron parte del equipo fundador de Présence Africaine junto con Alioune Diop.

anticolonialista angoleño. Congreso de Escritores y Artistas Negros,
1959, Roma. Archivo Lúcio Lara.
En ese Congreso conoció también Amoldo a Frantz Fanon y de tal encuentro le habla a su hijo Pol en la entrevista que he mencionado. Refiere Arnoldo que cuando se preparaba para hacer una intervención en español que la esposa del dirigente comunista haitiano René Depestre le iba a traducir al francés, irrumpió en el estrado un joven pidiendo la palabra en forma atropellada y dio un fuerte discurso anticolonial; era Frantz Fanon, nacido en Martinica y educado bajo la influencia de Aimé Césaire; en ese momento era un importante miembro del Frente de Liberación de Argelia; en algún momento posterior pidió que alguien le ayudara para publicar un manuscrito que tenía en sus manos y Arnoldo se ofreció, llevó luego el manuscrito a Varsovia y buscó varias opciones de publicación, hasta llegar a la casa editorial Máspero. Era el original de “Los Condenados de la Tierra”, del cual se preciaba Arnoldo de haber sido el primero en leerlo.
Según las revelaciones que Arnoldo le hace a su hijo Pol en esa entrevista, el Congreso de Escritores y Artistas Negros de Roma fue el parteaguas de la relación entre Richard Wright y Leopoldo Sedar Senghor, por la oposición del primero a que el evento se realizara en Roma y declarara lealtad al Papa. Cuando, en un encuentro con Wright pocos días antes de su muerte, en 1960, Arnoldo le pregunta al escritor estadounidense la causa de su ausencia en el Congreso, donde estuvieron todos los colegas que tenían en común, éste le responde mostrándole una carta de Senghor en la que le manifiesta: Usted debe entender que soy católico y fiel a la doctrina del Papa. No quiero volver a tener nada que ver con Usted”.
Hay que recordar que Wright había sido militante del Partido Comunista de los Estados Unidos pero se había retirado por las posiciones contemporizadoras con el capitalismo que hicieron famoso a Browder, su conductor; Wright fue conocido por su postura política radical, según muchos afín al troskismo. Y aunque es conocido que entre los integrantes de Presencia Africana había por aquel entonces importantes diferencias internas de carácter ideológico por la militancia política de algunos de ellos, como Aimé Césaire y el propio Arnoldo en el Partido Comunista Francés, y su alineamiento con la Unión Soviética, había algo superior que los unía siempre y era su identidad con la lucha anticolonial y con la necesidad de difundir y colocar en alto las expresiones literarias y artísticas de los intelectuales negros en el mundo.
De hecho, varios de los intelectuales que iniciaron su vida política en los partidos comunistas, terminaron saliendo de ellos por diversas razones, como Aimé Césaire, que renunció a su militancia en el Partido Comunista Francés en rechazo a las purgas estalinistas en la Unión Soviética y a la represión de las tropas soviéticas que ahogaron la Revolución Húngara de 1956. En el caso de Arnoldo, cuando declara su militancia en el Partido Comunista Francés y asiste a un Congreso de juventudes comunistas en Moscú como delegado colombiano, pierde la beca que le había otorgado el Congreso de nuestro país.
Y en su permanencia en Polonia, Arnoldo estrecha lazos con Moscú, cuando la Editorial Progreso le publica en español su segunda novela La Selva y la Lluvia” A propósito de este hecho, hay un detalle que muy pocos conocen y es que la primera publicación de La Selva y la Lluvia, al menos de su primer capítulo, la hace la revista Presencia Africana en 1955, en cuya presentación se lee: “Arnoldo Palacios nació el 20 de enero de 1924 en Chocó (Colombia). Su primera novela Las Estrellas son Negras”data de 1949, pinta al natural la vida de un muchacho negro y su familia en la búsqueda angustiosa de trabajo. Todo sucede en quince horas. Nosotros entregamos al público por primera vez la traducción francesa del primer capítulo de La Selva y la Lluvia, novela aún inédita que Palacios acaba de terminar y en la que retrata notablemente los últimos veinticinco años de la realidad social colombiana”
Y pese a sus conocidas relaciones con los gobiernos y los partidos comunistas de la Unión Soviética y Europa Oriental, Arnoldo no tiene como centro de vida su militancia política. Sus escritos todos, tanto las novelas y cuentos como las columnas periodísticas suelen tener como protagonistas o como tema central a su pueblo, a su gente, principalmente al pueblo chocoano. De las varias columnas que leí de él en el semanario colombiano Sábado y aún en la revista Presencia Africana, la mayoría se centran en describir tanto las bellezas naturales de su tierra como las costumbres y las bondades del temperamento y la calidad humana de sus gentes, mientras ejerce una crítica sostenida hacia los poderes centrales y la clase política que miran a su pueblo y a su región con desdén, la mantienen en el abandono o la entregan sin pudor a la voracidad del capital extranjero. Poseedor de un agudo sentido de la observación, Arnoldo dedica algunos de sus escritos periodísticos a trazar los perfiles de personajes importantes de su época, como sus coterráneos Adán Arriaga Andrade, Diego Luis Córdoba, su mentor José María Restrepo Millán y varios escritores, artistas y políticos muy conocidos entonces.
A esas dimensiones literarias de Arnoldo Palacios como narrador, como perfilador de personajes y agudo analista y crítico de la política de su época, creo que es menester agregar una poco explorada, aunque haya sido ya vislumbrada por algunos de quienes lo conocen y/o estudian: el escritor chocoano es también, a su manera, un filósofo, un humanista. Ante el dilema que muchos de sus contemporáneos, entre ellos sus colegas intelectuales europeos y norteamericanos, se planteaban sobre si lo más acertado para eliminar de una vez por todas la discriminación racial era blandir la espada de la confrontación entre blancos y negros, al estilo de los más radicales conductores del Poder Negro en los Estados Unidos, o buscar sin desmayo, por la vía de la concertación, del diálogo, del debate pacifico, racional, la comprensión final de que no existen razas, de que todos los hombres son iguales, de que la pigmentación de la piel no puede originar la proclamación de una superioridad inexistente, Arnoldo se decanta por la segunda opción y formula una idea que resume su postura: hay que ir en busca del Hombre Universal, en el que se reúnen todas las sangres, todos los colores, todas las culturas, todas las ideas de Humanidad.

Y acoge para ello la idea de Negritud expresada por Leopoldo Sedar Senghor, citándolo en el escrito “Tema Nuevo: Negritud y Latinidad”, publicado el 1° de noviembre de 1968 en la revista del Instituto Caro y Cuervo: “La negritud – la palabra fue inventada por el antillano Cesaire – no es un racismo, ni mucho menos, incluso ni es anti-racista. Es, por: un lado, el conjunto de valores de civilización de los negros por el mundo; es, por encima de todo, la voluntad activa de cultivar esos valores para ofrecerlos como contribución, a la elaboración de las respectivas culturas nacionales, y mejor: a la edificación de la Civilización de lo Universal . . . La negritud es humanismo». La idea del Hombre Universal, su profundo contenido humanista resume la vida y obra de Arnoldo Palacios, como explícitamente lo propone el documental que sobre el escritor chocoano realizó el Canal de Televisión Telepacífico, bajo la dirección de Andrés Morales, que contó con José Venancio Palacios como asesor de investigación y director de fotografía.
Permítanme terminar esta ponencia con el tema que da nombre a este Simposio, “Zapata Olivella vuelve al África”, porque se celebran cincuenta años de aquel memorable Coloquio sobre la Negritud y América Latina convocado por Leopoldo Sedar Senghor en 1974, en el que incluyó como invitados a Arnoldo Palacios, a Manuel Zapata Olivella y otros intelectuales colombianos. Zapata Olivella mantenía correspondencia con Arnoldo desde los años cincuenta, a través de la cual se enteraba del desarrollo de los acontecimientos dentro de los círculos intelectuales negros y los movimientos políticos en los que participaban. Ese viaje de Zapata Olivella que por estos días se rememora en Dakar jugó, como todos sabemos, un papel crucial en la definición de los aspectos centrales de Changó, el Gran Putas, la gran epopeya de la diáspora salida del genio creador del escritor cordobés, que se plasmaron por su pluma después de haber visitado la isla de Gorée y pasado una noche en la casa en la que los comerciantes de la trata reunían a los esclavizados para enviarlos al continente americano.
Una reflexión final: si reunimos la concepción de mestizaje que Zapata Olivella defendió como la fusión de las sangres europea, africana e indígena que dio origen al hombre latinoamericano, con la fusión de la latinidad y la negritud pregonada por Sedar Senghor para explicar la afinidad de América Latina, África y Europa ¿no estamos acercándonos a la idea del Hombre Universal pensado por Arnoldo Palacios?
Bibliografía
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