
Por: Luis Eduardo Valencia
Quibdó, ciudad de matices y contrastes, tierra que ha sido inspiración de músicos, pintores y poetas. Cuna de grandes deportistas, musa de artistas de talla mundial que han sabido plasmar en versos y acordes la identidad única de este pequeño punto en el mundo. Aquí, en medio de la selva tropical y a orillas del Atrato, se teje una de las expresiones culturales más vibrantes del continente: las fiestas de San Pacho, reconocidas por la UNESCO como patrimonio inmaterial de la humanidad, se suman a una tradición oral y gastronómica que conserva la memoria viva de una parte de África en América.
Son hechos que no admiten discusión. Al mismo tiempo, los quibdoseños debemos también reconocer, en un acto de autoevaluación incómoda, pero objetiva y honesta, que nuestra querida ciudad es fea. Sí, hay que decirlo claramente y sin rodeos: Quibdó es una ciudad fea.
Quibdó es fea. Y cuando digo esto no pretendo desconocer que tiene rincones bellos: el Malecón, lugar desde el cual se pueden apreciar lindos atardeceres; la Catedral, que todavía guarda cierto aire solemne; o los barrios altos de la ciudad, que ofrecen vistas hermosas e inesperadas.
Tampoco desconozco los avances e intervenciones en el espacio público de los últimos años. Pero la verdad es que la mayor parte del paisaje urbano es un caos de materiales y de alturas, calles por las que fluyen aguas servidas, trazados cuestionables, ausencia de andenes, entre otros inconvenientes. Y por más fuerte que cantemos “Orgulloso soy atrateño” o “Quibdó es Miami”, no podemos negar el hecho de que es fea.
Dicho así, suena duro, y hasta ofensivo, como un golpe directo al ego. Pero mientras más pronto lo reconozcamos, más rápido podremos asumir la tarea colectiva de transformarla en una ciudad que esté a la altura de lo que debería ser: la única ciudad capital ubicada en el corazón del Pacífico colombiano.
Ya pasó un siglo desde que Quibdó soñó por primera vez con ser una urbe planificada bajo la visión del arquitecto catalán Luis Llach, pero esa visión de orden se diluyó en el tiempo. Fenómenos como grandes catástrofes y migraciones desproporcionadas dieron forma a la ciudad que hoy tenemos: caótica y fragmentada. Ese rumbo urbano fallido no solo marcó a nuestra ciudad, sino que es el reflejo de una crisis más global y profunda: el experimento del urbanismo moderno, que inspiró al mundo durante el siglo pasado, hace rato viene mostrando sus límites y fallas. Las ciudades que fueron referentes en el siglo XX hoy se recalientan, se inundan, pierden biodiversidad y enferman a quienes las habitan. Por eso al día de hoy, médicos y expertos recomiendan lo que llaman “escapadas verdes” que consisten en respirar aire puro, evitar ruidos fuertes, caminar descalzo y exponerse al sol. En otras palabras: reconectar con lo natural
Si el urbanismo del siglo XX nos dejó ciudades enfermas y decadentes, tal vez necesitemos abordar el tema explorando nuevos referentes y probando con enfoques alternativos. Por ejemplo: Quibdó puede aplicar al ordenamiento y planificación del territorio los principios de la permacultura. Lo que significa pensar la ciudad como un organismo vivo que se nutre de lo que produce y devuelve beneficios a quienes la habitan. Podría inspirarse también en referentes como “la ciudad de 15 minutos” del profesor Carlos Moreno, donde todo lo esencial —mercados, salud, educación, cultura— estuviera al alcance de una caminata breve o un corto trayecto en bicicleta, aprovechando que todavía somos una ciudad compacta y cercana. También podríamos aprender de las ciudades esponja de Yu Kongjian para entender mejor nuestra relación con el agua y convertir la lluvia en aliada por medio de jardines pluviales, humedales y suelos permeables que prevengan inundaciones y refresquen el ambiente.
Una Quibdó biofílica que permita que la selva pueda respirar a través de ella, por medio de patios y centros de manzana vivos, calles arboladas y senderos naturales que integren la vida urbana con la riqueza natural del entorno. Es clave señalar que no estamos hablando de megaproyectos imposibles: el urbanismo táctico y la acupuntura urbana son justamente algunas de las metodologías de intervención urbana que, con acciones pequeñas y estratégicas, permiten lograr grandes transformaciones en poco tiempo, generando un gran impacto con el mínimo de esfuerzo y recursos.
Opino que necesitamos pensar la ciudad de otra manera. Incorporar infraestructura verde no como un adorno, sino como la base misma del diseño urbano. No se trata de sembrar árboles dispersos o abrir un parque ocasional. Se trata de tejer una red viva de espacios naturales que trabajen juntos. Una red de puntos verdes que refresque el aire, absorba el agua, regenere el entorno, reduzca el estrés y fortalezca la cohesión social. Cuando este tipo de espacios funcionan en conjunto, se potencian y multiplican espectacularmente los beneficios.
Permítame invitarlo a imaginar por un momento una Quibdó futura: Imagine una ciudad repleta de árboles frutales cargados con los sabores que más nos gustan: marañón, carambolo, guama, coronilla, caimito, papaya, aguacate y muchos otros. Una ciudad donde cada esquina, cada antejardín y cada parque están llenos de hierbas aromáticas y medicinales. Imagine una ciudad con canales navegables como los de Venecia, Ámsterdam o Cabo Coral, donde el Atrato y sus afluentes dejan de ser cloacas y basureros para convertirse en arterias vivas para moverse y encontrarse. Imagine calles que protegen del sol directo con corredores sombreados que ofrecen refugio de la lluvia sin renunciar al aire fresco. Imagine una ciudad permacultural, pensada para producir frescura, alimento, energía y belleza, todo al mismo tiempo.
Algunas ciudades ya están demostrando en la práctica que es posible reconciliar el desarrollo urbano con lo natural: París promueve huertas urbanas y la recuperación del río Sena, que después de más de un siglo volvió a tener peces y recibir bañistas; la ciudad de Utrecht reabrió su canal central, que había permanecido cubierto bajo una autopista durante casi 50 años, y lo transformó en un corredor verde; por su parte Copenhague se consolida como líder en neutralidad climática y resiliencia urbana. Sin ir muy lejos, la misma Medellín ha demostrado cómo los corredores verdes pueden reducir la temperatura, recuperar parte de la biodiversidad, mejorar la calidad del aire y transformar la vida urbana.
Y ahora, una pregunta obligada ¿Qué hacer? Por lo pronto basta con pequeñas acciones: Si ya tiene árboles consérvelos. Si tiene un patio o un pedazo de tierra, haga composta y siembre en él todo lo que pueda. Siembre frutales, tubérculos, flores, siembre hierbas: siembre belleza. Cada vecino puede transformar su pedacito de ciudad en un rincón fértil y amable. Y, poco a poco, podemos tejer una ciudad más amable, más habitable, pero sobre todo más bella. Otras acciones concretas son conocer, hacer presión y participar en la construcción del Plan de Ordenamiento Territorial (POT), que por ley es el documento técnico que define cómo crece, se organiza y se proyecta la ciudad a largo plazo. En otras palabras, el POT es el acuerdo colectivo que marca la hoja de ruta hacia el tipo de ciudad en que nos gustaría vivir. Participar en su construcción es un derecho y a la vez una responsabilidad de todos los ciudadanos.
Podríamos tener una ciudad de jardines y senderos, donde el aire no huela a humo de carro viejo o a alcantarilla, sino a galán de noche, a cilantro fresco o a menta. Una ciudad que, sin disfrazar su
identidad, abrace con orgullo su condición de urbe selvática y se piense como una extensión de la selva y no como su negación.




