«Y hay días en que somos tan sórdidos, tan sórdidos, como la entraña obscura de oscuro pedernal: la noche nos sorprende, con sus profusas lámparas, en rútiles monedas tasando el Bien y el Mal». Porfirio Barba Jacob. Canción de la vida profunda, 1907.
Hemos caído en la desventura de creer que las libertades de opinión y expresión incluyen cuanta cosa se le ocurra o antoje a quien se expresa y opina; así lo que se exprese o se opine sean mentiras explícitas o solapadas, acusaciones temerarias e infundadas, discursos sin fundamento y consignas mal intencionadas.
Con una desventura aún mayor: entre más burdas y embusteras, corruptas y malsanas, falsas y mendaces sean las opiniones y expresiones, más calan en la fe de quienes derivan sus creencias del credo cotidiano de las autodenominadas redes sociales y de los medios masivos y hegemónicos de información; que en la radio matutina, en los telenoticieros del mediodía y la prima noche, y a lo largo del día en sus sitios web, en su feisbuquería, en su tictoquería y en su instagramería, elevan a la categoría de verdades irrefutables y artículos de fe las más torvas declaraciones, las más insólitas patrañas, los más viles infundios, las más inverosímiles falacias y las más crueles invenciones de su artificial inteligencia.
FOTO: Julio César U. H.
Para alimentar una fe y un fanatismo sin límites éticos, sin principios morales, practicada (O tempora, o mores) por gente que paradójicamente se proclama creyente y practicante de religiones cuyos fundamentos son la justicia y el amor.
Por esa vía, por ejemplo, hicieron carrera disparates monumentales y evidentes, que atentan contra la vida del país y del planeta, como la negación del calentamiento global y del cambio climático; o la negación de la ocurrencia de aquellos crímenes de lesa humanidad como los más de siete mil asesinatos de civiles no beligerantes, perpetrados y reportados como bajas en combate, para obtener dádivas, premios y reconocimientos en las filas militares colombianas, de parte de una institucionalidad que en ese entonces pregonó que aquellos muertos “no estarían recogiendo café”…
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Tal negacionismo histórico actúa como dispositivo de alienación ideológica para obtener resultados tan absurdos e inauditos como que millones de víctimas de la pobreza monetaria en Colombia, por ejemplo, terminen creyendo que es “malo” adecentar el salario mínimo de millones de trabajadores.
Y millones de mujeres terminen opinando que es “malo” ser feminista, sin siquiera tener claro qué es serlo; o sosteniendo como verdad revelada que el aborto no es un asunto de salud pública, sino un pecado religioso, y que pueden autodenominarse pro vidas quienes se oponen a él; así sean los mismos que han violado mujeres, los mismos que llaman ideología de género a la educación sexual y los mismos que piensan que debería entronizarse el turbio poder de andar armado para segar vidas a destajo, como en las calles polvorientas y en las brumosas cantinas de los wéstern.
Progresivamente, en tan malévolos escenarios ideológicos, han quedado sin lugar las discusiones responsables y rigurosas sobre temas claves del futuro nacional, como el desarrollo humano sostenible, la equidad social, la multiculturalidad, la educación de la niñez y la juventud, el carácter multirregional del territorio nacional, la salud de la población, la propiedad de la tierra y los medios de producción, el Estado social de derecho y la institucionalidad pública, los derechos humanos y el DIH, el derecho a la paz, etcétera, etcétera; para dar paso a la charlatanería de las consignas, las arengas y los eslóganes como elementos de decisión sobre el mañana; como si por arte de birlibirloque tanta banalidad, tanta alucinación, tanto espejismo, pudieran convertirse en hechos y certezas para el bien de quienes dan fe de las bondades de atraer para el país una hecatombe.
Triste es decirlo. Estamos ante una catástrofe moral generalizada, en virtud de la cual —como al pie de un abismo— corremos el inminente peligro de que la maldad que se pregona combatir como reprochable e inapropiada sea elegida como buena y halagüeña. Al parecer, una especie de síndrome de Estocolmo remasterizado ha hecho añicos la dignidad, ha quebrantado la sensatez y ha malogrado la decencia y la cordura.
Ojalá, por el bien de toda Colombia, también en esta ocasión sea la esperanza nuestro último recurso:
«Turbia es la lucha sin sed de mañana. / ¡Qué lejanía de opacos latidos! / Soy una cárcel con una ventana / ante una gran soledad de rugidos. // Soy una abierta ventana que escucha / por donde va tenebrosa la vida. / Pero hay un rayo de sol en la lucha / que siempre deja la sombra vencida»; exclama el inmenso Miguel Hernández en los versos finales de Eterna sombra, uno de sus poemas postreros.
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