

Por Rosa Chamorro, Mgtr. en Estudios Afrocolombinos. Autora de los libros: Luna en Fuego, La Sierra Negra y El Club Negro de Colombia
Cada época tiene sus cimarrones
Todos creemos saber de qué hablamos cuando nos referimos a los cimarrones, pero pocos podrían asociar con actos de cimarronaje hechos como usar una minifalda, divorciarse, ser maestra negra en colegio de blancos y escribir ¿No, Teresa? Ya el matrimonio, por la fuerza de la tradición, una especie de voto de amor, con su cándida e indisoluble desdicha.
Por lo demás, hubo un tiempo en que hacer alguna de estas cosas significaba algo concreto, tal y como lo reflejaba la cultura popular: indecencia, exceso, locura. Y para establecer mejor la frontera de quienes ponen a cada cual en su sitio, tu madre, descendiente directa de españoles por la parte paterna, no te salvaguardó entre los blancos, ni tu padre negro, que libró la vida con sus propios esfuerzos en un mundo que heredaba los prejuicios raciales de la colonia, te ubicó entre los negros, como si la única herencia de ese matrimonio interracial fuera el no lugar, el no pertenecer, o el estar en un espacio indeterminado por tu condición de mulata de clase alta.

Vivías en un barrio de blancos, pero no te permitieron seguir estudiando en un colegio de niñas blancas, y eras muy rica para jugar con los niños pobres de tu estratificada racial Quibdó. Tal vez esa era la raíz, el territorio de origen, elegir la libertad, el cimarronaje, sin mirar el rostro inquisidor de los que juzgan las vidas trazadas al contrario. Por eso tu vida, Teresa, estuvo llena de soledades y ensoñaciones, de rupturas y de repentinos arrebatos que te dieron triunfos pasajeros. A veces creías que sí, que serías una escritora reconocida y a cada proyecto literario le ponías un ímpetu de idealismo; y a veces no, sucedía que no, y te extraviabas por agotamiento al saber que publicar era una empresa tanto o más difícil que el reconocimiento esperado de tus pares escritores hombres, como Arnoldo Palacios, Rogerio Velásquez, Carlos Truque, Miguel A. Caicedo.
Porque incluso era una rareza que una mujer fuera escritora. Qué cómodo para los demás si te hubieras dedicado a ser moralmente superior y dejar la excentricidad, porque serías la bruja por superstición y, algo peor que eso, la loca, la vagabunda, por esas razones que suelen estar presentes en los pueblos, por esas extravagancias que interrumpen su acostumbrada normalidad, donde la gente dice y cuenta, y pone en boca y narra, hasta estropear la fidelidad de los hechos; pusieron en duda durante un tiempo que fueras la autora de “Guerra y Amor”, tu primera novela, en la que tomaste como pretexto la historia de una pareja de jóvenes antioqueños para contar los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y sus horrores, que los chocoanos desconocían porque las noticias de otras latitudes llegaban con meses y hasta años de retraso. No podrías tener los atributos ni la capacidad, porque escribir y ser mujer eran cosas incompatibles. Y, sin embargo, tuviste algunas ventajas; además de tu educación, te acompañó siempre una biblioteca y tus padres eran unos entusiastas lectores.
Años más tarde escribiste tu segunda novela, “Mi Cristo Negro”; conocías muy bien esa historia de la que oíste siempre, ya había pasado a formar parte de tu aire. De hecho, te sentías llamada a contar la vida completa de Manuel Saturio Valencia, de ese destacado jurista, ese personaje injustamente condenado al patíbulo. Esa historia que no había concluido, sino que tenía su desarrollo contigo, en un país que era ya ajeno a la esclavitud, a las injustas leyes que condenaban por el color de la piel. Pese a eso, en el Pacífico, en esa pequeña porción de un territorio con mayoría de personas negras, atestada de comercio y barcos, y de bulliciosos pescadores aferrados a los bordes del río Atrato, prevalecía, además de las desigualdades económicas que daba el peso de la balanza en contra de los negros, un mundo de creciente racismo. Y aunque, como lo mencionas, “Manuel Saturio desde su infancia fue revolucionario, luchó contra la pobreza hasta vencerla, contra la ignorancia hasta dominarla. Si hubiera nacido durante el período de la esclavitud legalizada, ocuparía hoy el primer lugar como revolucionario, como el que le corresponde en la historia -según el escritor norteamericano William Stayron- al valiente esclavo Nat Turner”, lo que finalmente pretendías era que tu personaje sobreviviera a la calumnia, que siempre estuvo amenazada por la verdad. Quizá lo más trágico de esta historia es que el empeño de Saturio por alcanzar la igualdad terminó siendo una vana ilusión atravesada por la sentencia de muerte.

Hay en las justicieras páginas de esta novela una toma de conciencia de tu propia condición, Teresa, porque fuiste siempre mirada con desconfianza por tu color de piel, por tu cabello apretado, por atreverte a estar donde no te habían llamado, por quedarte donde no eras bien recibida, donde eras mal vista, por atreverte a estudiar, a ser maestra, a hacer política, por atreverte a decir lo que pensabas; fuiste una crítica feroz de tu propia sociedad, tanto en tus novelas como en tu labor de periodista.
Escribir era quizás la manera de resolver las inquietudes que te habías formulado desde ese día de 1927 en que te fue negado un cupo en el colegio de la Presentación de Quibdó. Ese hecho te perseguía obsesivamente y hacía que te alisaras el cabello con una peinilla calentada al carbón; y lo entendiste contando la historia de personajes como Saturio Valencia y Diego Luis Córdoba, porque sus vidas seguían siendo extrañas y extraordinarias en un mundo que anulaba en la práctica los derechos a las personas por el color de la piel.
La historia de Diego Luis Córdoba, más ajustada a una biografía que la primera, es una obra muy documentada. Todo el texto es valioso, especialmente los detalles; y lo es por el rescate que haces de uno de los intelectuales políticos más sobresalientes del siglo XX, para que no se pierda en los cauces del olvido aquel hombre representativo de la izquierda liberal -amigo del inmolado líder Jorge Eliécer Gaitán-, que hizo suya la lucha por conseguir para el Chocó la categoría de departamento, hasta lograrlo en 1947. Un hombre rebelde y contestatario, como tú, Teresa, que narrabas su vida. Tu talento estaba enriquecido por un espíritu de rebeldía que se advierte también en tu vida privada; la separación de hecho en una sociedad católica y moralista te costó lo que a tantas mujeres, la estigmatización social tan oprobiosa como el pecado original; pero tu preocupación no fue el permanecer oculta, eras muy despierta para eso, preferías mirar al sol, usar minifalda y contravenir tu época, como cuando te dio por ir a la Caravana Nacional de Periodistas, y tú observabas desde el camarote a los hombres que mataban el tiempo construyendo sus propias historias alrededor de tu habitación:
“¡Imagínese! ¡Treinta y siete hombres y una mujer en la boca de esos chocoanos! Y donde llegábamos la gente se asombraba; creían, pues, que el hecho de yo ir ahí no era misión cultural ni algo por el estilo, sino pura vagancia. Vea, yo me acostaba en mi camarote y dejaba la puerta del cuarto abierta, y toda la noche era una romería de esa gente entrando y saliendo para ver qué se pillaban, cuál era el movimiento que había ahí en mi cuarto.”
Las veces que te exiliaste no fue por tu decisión, sino obligada por las circunstancias; fuiste en 1927 a estudiar a Cartagena porque en Quibdó no te aceptaron más en el colegio de las niñas ricas blancas y en 1966 volviste a salir de tu tierra por el pavoroso incendio que casi arrasa con Quibdó; la relación con tu tierra fue un amor de luces y sombras, pasando de los sinsabores de tu infancia y adolescencia, o la negativa, por tu color de piel, de una plaza docente en Quibdó, cuando regresaste de estudiar y graduarte con honores en Cartagena, a conseguir con el tesón y determinación que te caracterizaban, el reconocimiento como profesora destacada: luego de regresar de Bogotá tras tu segundo exilio, llegaste a dirigir con maestría la Normal de Istmina, después la Normal de Señoritas de Quibdó y alcanzaste, en el pináculo de tu carrera docente, el cargo más alto reservado para alguien de tu altura intelectual, fuiste Secretaria de Educación de tu departamento.
A tu muerte, en 1992, ya en las postrimerías del siglo XX, muchos deploraron que en el mundo intelectual y político colombiano nunca te dieran el lugar que merecías. Si te hubiera tocado otro tiempo estarías seguramente en las antologías y en la lista de escritores sobresalientes que manejan los críticos y académicos -porque no hay duda de que te lo merecías-; y lo sabías, por eso aguardaban tus manuscritos en las gavetas del escritorio; pensarías que la posteridad te daría el sitial que mereces. Hoy se te considera como una de las grandes intelectuales del siglo pasado, integrante de la élite negra y mulata de la que habla Francisco Javier Flórez Bolívar en su libro “La Vanguardia Intelectual y Política de la Nación”.
Sin embargo, el reconocimiento de tu trabajo intelectual ha sido tan parsimonioso como era la vida del Quibdó donde te criaste; transcurrieron diecisiete años desde tu fallecimiento hasta la publicación de tu primera biografía, “En Honor a la Verdad”, escrita por la profesora Úrsula Mena. Pero si hubo alguien que se interesó por hacer conocer tu valía intelectual, fue tu hijo Jairo Varela, el fundador y director del grupo Niche y compositor de la mayoría de los temas de esta agrupación que ha adquirido fama como una de las mejores orquestas de salsa del mundo. Siempre que le preguntaban cuáles eran sus orígenes musicales, el artista no dudaba en reconocer que tu padre y tú habían sido su mayor influencia y que había recibido de ti todo el apoyo posible para su iniciación como músico y compositor. Hay un hilo conductor entre el gusto por escribir canciones que siempre te acompañó, incluidos algunos himnos, y la inclinación de Jairo por la composición de canciones que terminaron siendo himnos de los lugares que las inspiraron, como Cali Pachanguero, Mi Pueblo Natal y otros similares. Y en muchas de las entrevistas que le hicieron, Jairo Varela comenzaba diciendo con gran orgullo “Soy hijo de Teresa Martínez de Varela y he compuesto más de trescientas canciones”
Teresa Martínez de Varela nació en Quibdó, en julio de 1913, hija única de una familia católica, estaba signada por su entorno a ser una dama de alta sociedad. Su madre, Ana Teresa, que tanto la quería, la educó para ello, siempre altiva y de buenas maneras y amante de la moda francesa; y aunque poco podría practicar en su natal Quibdó, hablaba francés y leyó en su lengua original a Víctor Hugo, de quien se sentía influenciada; heredera de una biblioteca que la mantendría ocupada con sus poemas, ensayos y novelas, desde pequeña pronunciaba sendos discursos por los que se ganó los aplausos en su graduación. Así, menos por su destino y más por su propia voluntad, su vida estuvo relacionada con la escritura y no con el matrimonio.
Llegó a ser una escritora muy prolífica, de eso dan cuenta sus innumerables obras en diversos géneros (Novelas como “El papi gamín” y las ya mencionadas Guerra y amor y Mi Cristo Negro, obras dramáticas como Nueve de abril, Las fuerzas armadas, La madre Fósil, La Virgen Loca, libros de poemas como Pirotecnia de la Fe, y muchas otras no publicadas, como su autobiografía ficcional “Alucinaciones de la dimensión desconocida”); la mayoría de sus obras fueron escritas en una época donde había una clara desigualdad basada en clase, raza y género, donde las mujeres todavía no tenían derecho al sufragio y una creciente élite intelectual negra se hacía sentir denunciando el abandono, el racismo y la discriminación de sus territorios. Por esa razón en sus textos publicados hay un fondo latente de denuncia, porque cuenta las injusticias, casi en todos los casos ligadas al color de la piel.
Bibliografía
Flórez Bolívar, F. J. (2023). La Vanguardia Intelectual y Política de la Nación. Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia, 1877-1947. Editorial Crítica
Martínez de Varela, T. (1986). Diego Luis Córdoba. Biografía por Teresa Martínez de Varela. Centro de Estudios e Investigaciones Sociales Afrocolombianos.
Martínez de Varela, T. (1983).. Mi Cristo Negro. Digitalizado Biblioteca Nacional. https://catalogoenlinea.bibliotecanacional.gov.co/client/es_ES/search/asset/249136/0
Mena Lozano, U. (2009). En honor a la verdad: Teresa Martínez de Varela (1913-1998). Bogotá : M&H Consultar.
El País. (2012). ¿Quién fue la intelectual Teresa Martínez, mamá del maestro Jairo Varela? https://www.elpais.com.co/entretenimiento/cultura/quien-fue-la-intelectual-teresa-martinez-mama-del-maestro-jairo-varela.html
Chamorro C., Rosa (2024). El Club Negro de Colombia. Colección Otras Colombias Posibles. Editorial Mi Casa, Ministerio de Cultura de Colombia.




