
Por: Luis Darley Cuesta H.
«El secreto del cambio es enfocar toda tu energía, no en luchar contra lo viejo, sino en construir lo nuevo.» – Sócrates
En la gestión pública, el liderazgo define el rumbo de las instituciones. Sin embargo, es común que algunos gobernantes y directivos enfoquen su administración en revisar y desacreditar el pasado, una práctica que podríamos llamar el espejo retrovisor. Este enfoque no solo desgasta la institucionalidad, sino que también mina la confianza y frena el progreso.
A lo largo de mi trayectoria en el sector público, he comprobado que el liderazgo basado en la visión de futuro es el que realmente transforma. Cada rol que he desempeñado me ha permitido comprender que el verdadero desafío no es señalar errores del pasado, sino proyectar soluciones, fortalecer la institucionalidad y garantizar resultados que beneficien a la ciudadanía.
Cuando la gestión se centra en la persecución y el señalamiento constante, el talento humano es subestimado y las energías se desvían de lo esencial: construir soluciones. Un liderazgo con visión fomenta la colaboración, valora la capacidad de su equipo y promueve un entorno de trabajo basado en el respeto y la eficiencia. No necesita recurrir al miedo ni a la intimidación, sino a la coherencia, el ejemplo y un propósito claro.
Ahora bien, esto no significa cohonestar con la corrupción ni adoptar una postura pasiva ante las irregularidades. La transparencia y la rendición de cuentas son pilares fundamentales en la gestión pública, pero deben ejercerse desde un enfoque constructivo, fortaleciendo los mecanismos de control y promoviendo mejoras estructurales, en lugar de convertir la administración en un campo de batalla político.
Quienes comprenden el verdadero sentido del servicio público saben que los cargos son temporales, pero la ética y la reputación permanecen. Con el tiempo, los hechos terminan hablando por sí solos y dejan en evidencia quiénes lideraron con compromiso y quiénes usaron el poder para sembrar miedo y ocultar sus propias inseguridades.
El desafío del liderazgo en el sector público no está en mirar por el espejo retrovisor, sino en fijar la vista en el horizonte y asumir los retos con determinación. Un liderazgo sólido no se aferra al pasado, sino que impulsa transformaciones reales que trasciendan su tiempo en el cargo y dejen un legado positivo para la sociedad.
Al final, la mejor forma de demostrar capacidad no es descalificando a otros, sino dejando que el trabajo y los resultados hablen por sí solos.




