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Quibdó, el estatus y sus cosas…

Chocó 7 días by Chocó 7 días
26 abril, 2021
in Columnistas
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Quibdó, el estatus y sus cosas…

desigualdad-arribismo

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Jhon Edinson Córdoba Moya

Por Jhon Edinson Córdoba Moya

“Como te ven, te tratan”, es la frase que se inserta en muchas conversaciones, y en esta ocasión, vamos a abordar lo atinente a las jerarquías que, parecen ser inherentes a la especie humana, un rasgo biológico. No somos los únicos animales organizados por jerarquías; lo hacen los lobos, las hormigas, los babuinos o las hienas. Ese tipo de estructuras tienen giros bastante vertiginosos dependiendo del país o región.

Charlando una vez con un indio (gentilicio de la India) en Santa Marta, le pregunté qué pensaba sobre el peculiar sistema de castas de su país. Me dijo que en Colombia es lo mismo, acto seguido narró que el estatus acá es muy determinante y corrosivo. En ese momento constaté que la desigualdad colombiana es extrema, que hay un sistema de castas, pero no le hemos adjudicado nombre como en La India.

En los sectores pobres se nota más la locura de ascender en la escala social. Soy testigo de que en barrios depredados por la pobreza se tiende siempre a subir de escala, “de nivel”. Y es entendible, hasta cierto punto, esa necesidad de “supervivencia”, de ser vistos como seres de valor. La persona que tiene un estatus relevante suele recibir un trato mejor, se le respeta más, como si el respeto no viniera con el simple hecho de ser persona.

Pero planteo a Quibdó como ejemplo, sabiendo que esto es un tópico generalizado en toda Colombia; no me digan que en Ciénaga, Medellín o Istmina no ocurre eso. La gente “agrandada” acá es mucha, este término adquirió fuerza entre los futbolistas que regresan a su terruño cuando han culminado temporada o están libres, estos llegan y pareciera que no tocaran el piso, prácticamente flotan. Pero el ser “agrandado” no es exclusivo de algunos futbolistas, sino de todo aquel que se siente superior a otro por debajo de su estatus social, esto incluye a políticos, arquitectos, médicos, mineros, abogados, y más, sea decir, todos los que tengan la mentalidad expresada anteriormente.

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Aparentar que se tiene una vida acaudalada trae sus beneficios, el lío es que, ese usuario padece una angustia en silencio: con las cuotas de la moto –Nmax, Bws X, etc.-, del carro, la ingestión de bebidas alcohólicas costosas, o lucir abundante oro en el cuerpo, todo eso para demostrar que se cuenta con recursos y, por ende, verse como alguien con poder, digno de reverencia y admiración. El sentido común nos permite colegir que aquí no se está criticando a las personas que tienen o desean adquirir posesiones y que trabajan para ello (hubo la necesidad de explicar este punto), en este artículo se está haciendo una intervención sobre cómo las jerarquías sociales y la persecución de estatus desmedida, degeneran en: discriminación, codicia y autodestrucción mental, y hasta física.

Del estatus casi no se habla porque se asume que es así porque sí, que eso no va a cambiar, y que es como nosotros nos regimos. De pronto a muchos les ha pasado que su presencia en algún sitio incomoda. Esa sensación que nadie te la dice, pero se huele…, se sienten esas miradas que hablan más y comunican mejor que la misma boca, ¿si lo advierten? Ese consenso grupal que aunque no se esboce palabra alguna, los integrantes lo saben, saben que la persona en cuestión no encaja en ese sistema de valores, usos, que no tiene arraigo económico-familiar, o académico, no es su círculo social. Así opera la aversión hacia el otro. Cabe destacar que aquí no funciona el idealismo que supone que todos deberíamos estar juntos, mezclados, y amándonos los unos con los otros como lo dice La Biblia; esto a la fuerza no rueda, no pasa en el mundo actual en el que vivimos. También hay limitantes o situaciones que surgen del mercado; en los restaurantes costosos no entra todo mundo, aunque a veces se “colan” los intrépidos que quieren dar a conocer que están viviendo sabroso, publicando sus fotos y videos a redes sociales.

Esos cortos periodos de efervescencia que experimentan comiendo carne Wagyū, caviar Kaluga o algún plato exótico, les sirven en sus vidas con fines de ascenso, ahí contemplan de qué se trata ese universo al que aspiran, aunque de manera superficial, eso sí. Pero no nos mintamos, ¿a quién no le han dado ganas de frecuentar esos sitios? Y es que no es malo interactuar en lugares diferentes o en ambientes donde el humo no golpee en el rostro, y donde los que atienden no hay que convocarlos dos, tres, y hasta cuatro veces, yendo hacia ti con esa mirada de tedio y frustración disimulada.

En Bogotá el estatus es brutal. Por costumbre la gente en las metrópolis es desconfiada, y el Distrito hace parte de aquello. Quienes van allá quedan como timoratos al percibir los giros que se dan respecto de la zona de su procedencia. Es serio, a mí nunca me habían dicho en un restaurante que si mi estancia en aquel establecimiento era con fines alimenticios. Eso fue caricaturesco porque cualquier persona por encima sabe que, a los restaurantes no se va a que le hagan un pedicure o a comprar ropa interior, allá, se va es a comer, sea por hambre o por gula. Pero ese vigilante me enseñó, sin quererlo, que en Bogotá los negros no pertenecen a algunas partes, me enseño que la pertenencia étnica influye en el estatus. Eso lo corroboré, porque trato de no hacerme la víctima en ningún caso, en su lugar, leo las situaciones de la manera más objetiva posible, y después, hago deducciones, porque el man, un mestizo cincuentón, apenas me interrogó a mí, inmediatamente reviso mi alrededor y me doy cuenta que soy el único negro entre las sesenta personas, aproximadamente. Otro aspecto que ayudó a solidificar mi inferencia, fue el cómo estaba vestido, y es que venía de una ceremonia de graduación de mi hermano, añado que por ser una maestría, la formalidad en el vestir tiende a aumentar, igual, el señor, por sus valores y crianza enfatizó más en mi piel, cabello, rasgos, en mi negritud en sí.

El estatus y sus cosas es tan cotidiano como la forma en que lo saludan o como lo atienden a usted en los Juzgados, esa estructura comportamental ya está instalada. Solo sepa que en el cementerio no hay estatus porque, a pesar de que su lápida sea de mármol, los gusanos y microorganismos van a devorar por igual al barrendero o al mismo presidente.

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