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Home Cultura Literatura

Navidad para el niño negro. Arnoldo Palacios.

Choco 7 días by Choco 7 días
20 diciembre, 2025
in Literatura
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Navidad para el niño negro. Arnoldo Palacios.

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Cuentos de platino y oro

Navidad para el niño negro

Arnoldo Palacios

Dedicado a los hijos de Rosa y Olmedo Murcia.

I

Bueno: este era un hombre casado con su mujer y la mujer casada con su marido. Estuvieron viviendo, estuvieron viviendo, cada año tenían un hijo, y ya tenían nueve. Bregar por aquí, bregar por acá, los muchachitos iban creciendo. Fiesta va, fiesta viene, pasaban los años unos detrás de otro, y parecía que no pasaba nada. Al fin en esta ocasión llegó la Nochebuena y aquí sí fue donde la puerca rucia torció el rabo. Ya estaban cantando los gallos cuando Gabino Palomeque, que así se llamaba el marido, sacudió el hombro a la mujer, Justina, como se llamaba ella, para que se levantara a hacer el café.

—Yo toy pensando una cosa —dijo Gabino Palomeque, pero con una voz como si estuviese hablando consigo mismo desde hacía rato.

—¿Qué é lo que vó táj pensando? —gruñó, intrigada, Justina.

—Toy pensando dende anoche que hoy noj vamo a separá.

—¿Ese qué cosa son? ¿Vó tás loco?

—No. Yo no toy loco. Digo que noj vamo a trabajá, vó por tu lao, yo pue er mío, a ve si así poremo conseguí pa loj regalo de estoj muchacho. Tarvé que en esa jorma, si no sonriyó la suelte a vó, puere que me la tope yo. Eta noche llega er Niño Dió y loj muchachito lo encuentran con laj mano enteramente vacía.

—No hablés así, Gabino que er Señó te puere castigá.

Diciendo esas palabras la mujer hizo la cobija a un lado y se fue a la cocina a prender el fogón para hacer su café.

Efectivamente, Gabino Palomeque, a eso de las siete agarró su barra, su almocafre, su batea, sus cachos, su machete, le echó mano a su palanca y se bajó a la orilla, donde desamarró su potro, lo achicó bien achicado, lo botó al agua y saltó a la patilla con la palanca en la mano hecha una flecha que se hundió empujando río arriba su embarcación. Por ahí a las ocho y media, detuvo la champa en la punta de una playa, en la desembocadura de una quebradita, la arrastró por sobre la arena hasta cerciorarse de que no se le iría agua abajo y, para mayor seguridad, la amarró de un bejuco. Dio unos pasos hacia adentro de la quebrada, caminando por toda la orilla, provisto de sus utensilios, hasta cuando llego a un puntico donde resolvió hacer el primer cateo. Se abrió el sol. El mundo parecía un horno hacia el medio día. Cayó la tarde. Entró la noche. Gabino Palomeque había perdido la jornada. Si a su mujer no le había sonreído la suerte, sus hijos se quedarían sin los regalos del Niño Dios.

II

Bueno: Gabino Palomeque se sentó sobre una piedra, partió un pedazo de tabaco, se lo metió a la pipa, puso la cabeza de un fósforo de cerilla contra la piedra, lo rayó, prendió la churumbela y… aviente humo. Mi gente: Gabino Palomeque dábale que le daba vuelta a esa cabeza. Pensaba. Y entre más pensaba le parecía que no pensaba.

Se vino a dar cuenta de que el mundo estaba negro porque vio parpadear algunas estrellas. Si hubiese sido esta una noche de menguante, íngrima sola, sin un astro desgraciado, mi hombre se hubiera creído ciego y muerto de terror. Suspiró hondo y sintió que por boca y nariz no le salía viento sino sangre. Tenía la cara bañada. Y no era sudor ni agua lo que se tocaba sino sangre de cristiano. Sí. Sangre de cristiano mi gente.

“¡Ah, qué va!”, gritó como si respondiese a alguien, a una sombra grande parada a su lado, impertinente, “No, ¡qué va! Yo toy é bravo con Dió”, rugió. Al instante, bajó la cabeza, humilde: “Dió me peldone”, murmuró, lágrimas en los ojos.

En medio de las estrellas, saliendo una por una, que iban llenando el mundo, él no veía a nadie, en verdad, ni escuchaba voz distinta a la suya propia, no advertía ruido diferente al del agua bajando suave, ni más pisadas que sus pasos sobre la arena.

“¡Ah!” —contestó— “Dió é mu grande, mi gente”. Notó, allí no más, un brillo moviéndose como una culebra. “¡Ja!, ¡Jáa!, ¡Jáa!”, se rió, y el pecho casi se le desquebraja de alegría: “¿Eso nu é oro pué mi gente?… ¿Qué é lo que yo toy afilmando?, vean a ve: ¡eso é puro platino!” Miró a su alrededor no fuese que el diablo lo estuviese tentando. Se encaminó hacia la estela movediza. El brillo sobreaguaba y se iba hundiendo. ¿O era que venía saliendo del río, sobreaguando hacia la playa? Se paró. “Yo toy viendo é visión, Santísimo Sacramento”. Se limpió los ojos con el dorso de la mano. Un sudor caliente que le salía de toda la cara, al chorrearle de la frente le caía frío, frío, en los ojos. Trató de dar un paso y tambaleó. Una sombra blanca, aguaitada debajo de un palosanto lo estaba atisbando. La verdad sea dicha, el hombre se tuvo que santiguar. Al otro lado del río, completa quietud. La luz del cielo doblaba la frondosidad permanente sobre el agua y las estrellas navegantes morían en el fondo del charco. “Si armeno puriera yo ahora trágame un traguito de agualdiente, pa dame ánimo… Toy entumiro, Padre Etelno”. Se le doblaron las rodillas y creyó que él mismo había querido arrodillarse. El golpe contra las piedras filudas de la playa le hizo entender que se había caído. “¡Arrenuncio!” Otra vez se asustó. Si no era tentación, entonces era Dios deseoso de saber si él tenía buen corazón. Pero, ¿para qué Dios le hacía eso? Desde hacía marras Dios sabía que él tenía buen corazón.

III

Gabino Palomeque se irguió. Se irguió. Se restregó los ojos. No vio ni oro, ni platino, ni senda. Un cocuyo le pasó por encima de la cabeza. Se pasó primero la una y luego la otra mano por todo el cuerpo. Se sintió baboso. Se paseó la lengua por los labios: saboreó un gusto pantanoso, salado. Las estrellas parpadeaban, iban caminando. Sin embargo, la noche estaba parda. Palomeque siguió andando. Ni siquiera sabía adónde se enrumbaba, ni a qué. El olfato lo guió hasta su champa. Tenía la frente caliente. La cabeza embotada. Ni supo cuándo había visto la cosa esa brillante que culebreaba. Ahora se hallaba de nuevo dentro de su champa, achicándola, palanca en mano. No se percató del instante en que embarcó su bateíta, sus cachos, su almocafre, su matecito, pues los vio diseñarse en la punta del potro. Si acaso llevaba dentro del mate una tapa de metal en sucio. En esas oyó un tiroteo: “Ya tan tirando loj volaró”. Volteó la cara al cielo, en dirección del pueblo. Una luz rojiza, verde, cambiante, rosada, morada, como polvo encendido desmenuzándose, iluminó el espacio.

Metió un palancazo, dando un impulso de retroceso a su potro para desarrastrarlo. La embarcación flotó ladeándose visiblemente a derecha e izquierda. Otro fogonazo desmoronado, azuloso-rosado-lila-plateado, adornó el cielo por sobre los árboles, borrando las estrellas. Y fue cayendo, perdiéndose.

“Ejta noche nace er Niño y le traerá regalo a loj muchachito der pueblo. Lo que soy yo, yo no llevo ni con qué comprá una libra di arroz… Ni pa qué pensá en meria cualta e plátano… Entonces, mis hijo serán los únicos que no verán llegá er Niño. ¿Dónde fue que sacaron esa cuestión de regalo pa ponélo a uno en apreto? De ante no esestía esa mora de metele regalo a loj pelao bajo la almohara. De hoy er que no lo hace se somete a la velgüenza. A como tan loj tiempo, que nenguno le tiene conjianza ni a su helmano, yo no puero pretendé que argún comelciante me va fiarme una camisita o un palcito e zapato. Tarvé puriera suceré que la suelte me sonriyera; si no má tuviera yo un solo hijo. ¡Son nueve! Nueve pare e botine yo no loj topo. No topo nueve banano, ¿de dónde voy a sacá nueve vestiro…? ¡Mandaya nunca! Arrenuncio, ¡Sataná! Me dan gana e tirarme al’ agua y í a resollá en la boca de Atrato, pa no seguí viendo ejte mundo tan arrevé”.

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Notó un zumbido conocido. Una advertencia. No veía sino un rápido brillo del agua. Pero, sabía que una raíz mal colocada a su paso se acercaba. Aguzó los sentidos. Enderezó la champa. Se paró bien plantado hacia la patilla y apuntó la nariz del potro, inmóvil, por el canal, entre la raíz y la orilla rocosa, bajó el ramaje descolgado, que aumentaba la oscuridad y el peligro.

IV

La chirimía. La misa de gallo. Absolutamente todo había quedado revuelto con la desesperación de Gabino Palomeque. Desde el amanecer del veinticinco de diciembre no se movió de un rincón de su cocina destartalada. Sentado en el suelo, petrificado, pensaba y no pensaba, veía y no veía. Impartió a sus niños orden de no moverse del rancho, asignando un cucho a ellos también. Puso junto a su muslo, las piernas recogidas en ángulo, un machete bien afilado. Apenas si miraba con el rabo del ojo las sombras de los niños, quienes de pronto intentaban moverse. Los niños, con el rabo del ojo también, observaban los ojos del padre chantados en las órbitas cejiarrugadas, la boca quieta, masticando por dentro el cabo de palo de su pipa de barro con un pedazo de tabaco prendido. Eran las once de la mañana, 25 de diciembre, Nochebuena, fiesta. No había ardido una chamiza en el fogón. De suerte, pues, que el mate no había traído ni una tapa de metal. Ya qué regalo ni qué nada: los niños tenían era hambre.

De repente Gabino Palomeque llamó por su nombre al hijo mayor, el de nueve años. De un rugido le preguntó por el paradero de la mamá. El muchacho temblaba. El terror y la ruciedad de su cara se destacaban de su cuello, de sus hombros, de sus costillas, de la largura de su cuello desfalleciente. El muchacho quiso mirar a los otros, como para buscar cómplices o quizá para sentir su solidaridad. Ellos no sabían dónde estaba la mamá. Solo la habían visto irse con la batea, los cachos, el almocafre. De allí para adelante no sabían nada.

V

De un momento a otro los músculos de Gabino Palomeque como que se reventaron. El hombre cayó al suelo de espaldas, la cabeza doblada hacia el costado izquierdo, las piernas sin desplegarse, se le inclinaron a la derecha tal como una silla de palo que cae de lado.

Precisamente ya una columnita de humo fresco serpenteaba, yendo al techo de paja, donde permanecía un momento entelarañada antes de esfumarse. La madre había regresado con media libra de fríjoles blancos, media libra de arroz, dos onzas de manteca y un pedacito de carne de res seca, salada, incapaz de pesar arriba de cuatro onzas. Los niños comprendieron que su mamá les iba a matar el hambre con un empedrado. Se saborearon y el fulgor nuevo de los ojos les relampagueaba por entre las pestañas.

Mas, tanto alboroto y brillo en el acto se habían convertido en una nueva sombra alrededor del cadáver del padre. Algarabía de llanto. El finado Bruno también había muerto de repente. Lo mismo el viejo Anselmo. Hoy la gente moría sin enfermarse. La mujer estaba doblando las rodillas junto con los hijos, y persignándose, ante el cuerpo presente.

—¡Hei, mi gente! Já, já, já—. Sostenido en el codo izquierdo se fue incorporando aquel cuerpo, hablando, riendo.

Mujer e hijos se apartaron.

 —Ya sé, ya sé. Yo sí que soy majadero. Váyanse a jugá a la calle, muchachoj. Váyanse a jugá.

No supo que el estupor de su familia era de haber visto a un muerto que resucita.

VI

El aire se removió ligeramente al amanecer con un repique. Unas cuantas almas desfilaron a misa por las callejuelas. Gabino Palomeque se bebió su trago de café negro, le cortó a un tabaco por ahí de una pulgada y cargó la pipa. Cinco de enero. Desde la víspera mi hombre tenía en su poder medio castellano de platino listo para venderlo, más de dos tomines de oro. No fue cuento sino que se fue poniendo su pantalón y su camisa. Y por más que la mujer le rogaba que se comiera el desayuno, que ya iba a estar, la impaciencia no lo dejó en paz hasta cuando saltó del rancho a tierra en dirección del caminito conducente a la carretera. Iba silbando. Demostraría que sus hijos no eran menos que los otros. Lo que pensaba era que a veces —iba pensando él— uno era un grandísimo majadero. ¡Qué maravilla! Él que sale al borde de la vía y he aquí la primera línea que pasa. ¡Pare! Se subió, para Quibdó. Había resuelto irse de una vez a la capital a conseguir lo que necesitaba.

Hecha su diligencia se paró en el andén de una calle a través de la cual pasaba el carro o la línea, según solían denominarlo, que debía tomar para regresarse. Serían las tres de la tarde. Cuando se bajó era demasiado temprano para llegar a su casa conforme lo tenía planeado. Hacía calor. Se metió al bosque por un senderito de donde surgía la sonaja de una quebrada. Llegado a la orilla de la cual, escogió una piedra grande. Prendió su churumbela y se sentó. Ramitas secas traqueaban, llamándole la atención. Sin embargo, ningún animal, ni culebra, Se puso a echarle ojo a los palos caídos por allí. Vio uno que le gustó; ese era el preciso. Se levantó, proveyéndose de su machete, agarró el palo y se puso a labrar un bordón. Le quedó al pelo: sería su cetro. Tejió una corona con bejuco y helechos. Del costal donde llevaba lo comprado extrajo un corte de coleta rosada, de su mujer, y se lo enrolló en el cuerpo tal un manto real. Se sentó de nuevo en su piedra. Se quedó adormecido con la música del bosque y los destellos del sol de los venados. Aguardó la noche. Con la luna y las estrellas se echó su costal al hombro y se fue lentamente, el corazón queriéndosele salir del pecho, feliz. Penetró al pueblo, ocultándose por entre los callejones más oscuros, andando por detrás de las cocinas.

Tún, tún… golpeó con la punta de su bordón el umbral de su posada.

—¡Alabao sia er nombre de Dió!, exclamó.

—Alabao sea para siempre —respondió un coro desde la cocina.

Al principio creyeron era el ciego Simón.

—Soy yo. Er rey Merchó. Vengo a visitá ar Niño que nació en Belén. Eran trej reye mago: Merchó, Gajpá y Bartazá. Merchó era negro. Yo soy er rey negro. Le traigo er regalo a tuj hijito, mujé, que no tuvo tiempo de traé er Niño Dió. 

Salieron en tropel. ¡Qué alborozo! ¡Qué algarabía!

—Vó siempre con tuj cosa —comentó la mujer, meneando la cabeza, echándose a reír.

Arnoldo Palacios.

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