«El ciclón fue temeroso
y nos hizo mucho daño;
pero más daño nos hacen
esos que se llevan todo
por años, años y años».
Cuco Valoy. El ciclón, 1980.

Por Julio César Uribe Hermocillo. Tomado de El Guarengue. https://miguarengue.blogspot.com/2026/10/mucho-ruido-y-pocas-nueces-el-ciclon.html
Setenta días después de la tragedia del 10 de agosto de 2026, a propósito de su reconstrucción, existe consenso regional en torno a la idea de que el Chocó no puede quedar como estaba antes del terremoto. Esta idea, así expresada, es en esencia totalmente plausible y uno no podría no estar de acuerdo con ella. Lo que sí genera dudas es la manera como se ha venido ilustrando y tratando de concretar la idea, con el paso de los días.
Por un lado, en los discursos sobre el tipo de desarrollo del Chocó que puede impulsarse en el marco de la reconstrucción posterremoto, se ha venido instalando una tendencia retórica, de origen corporativo, en virtud de la cual se evita llamar a las cosas por su nombre y se volvió frecuente recurrir a eufemismos y consignas que le quitan peso a los significados mediante la trivialización de los significantes. “Cerrar brechas”, «conectar necesidades con oportunidades», “convertir prioridades en proyectos”, “habilitar la producción, diversificar la economía y generar nuevas oportunidades”, “crear riqueza en vez de administrar pobreza”, “convertir acuerdos en acción”… son algunas de estas consignas, eslóganes o lemas —vanos e insustanciales como casi todos los lugares comunes— de dicho universo retórico para referirse al futuro de la región en cuanto a desarrollo.
Por otro lado, de un modo temerario y descontextualizado, algunos discursos en boga sobre el desarrollo del Chocó están transitando caminos regresivos, que se bifurcan en dos sentidos contradictorios. En primer lugar, promueven el reposicionamiento de la peor parte del antiguo debate entre conservación y desarrollo. Por esta vía, desde el púlpito neoliberal de la globalización económica, se ha vuelto a predicar el sermón diario y dominical de que “no podemos seguir siendo guardianes del territorio”, y de paso se increpa continuamente a resguardos indígenas y a consejos comunitarios de comunidades negras para que relativicen la salvaguarda y el carácter colectivo de sus territorialidades, y le den paso a este enfoque de progreso. Por esta vía, como salida a la precariedad económica del Chocó, se ofrecen los ríos de leche y miel que supuestamente manarán y fluirán si mercantilizamos hasta el último rincón del territorio regional y convertimos en “productos” todos y cada uno de los “activos” y «especies promisorias» que a la región chocoana le depara su espléndida biodiversidad.
En segundo lugar, simultáneamente con la proclama del derecho a la autodeterminación y la toma de decisiones propias sobre el propio destino; se invita con inusitado entusiasmo a los empresarios colombianos, al sector privado, a que se dignen fijar sus multibillonarios ojos en estas tierras, necesitadas de capital que las redima de su pobreza y las rescate de su abandono. Además de los ríos de leche y miel, lloverá café en el campo, no habrá nadie sin empleo y el dinero será cotidiano milagro nacido de la filantropía industrial, del altruismo financiero, de la magnanimidad empresarial y gremial. Todo ello enmarcado en el supuesto carácter benefactor de los grandes grupos y consorcios económicos, cuya sensibilidad corporativa, unida a la enésima promesa gubernamental de redención y salvación del Chocó, produciría el “milagro” con el que ahora se nombra toda acción estatal.
No es humano el desarrollo si no incluye en términos reales a la gente, con todo y sus visiones del mundo, sus maneras propias de habitarlo, relacionarse con él y servirse de él para su bienestar individual y colectivo. No tiene nada de sostenible ponerle precio de mercado a la Naturaleza, para luego ofrecerla, concederla y venderla a quienes paguen más por ella y, entregado el jugoso cheque, proceden a explotarla en función de sus utilidades. Cada tanto, lo humano y lo sostenible regresan a escena en calidad de comodines discursivos, para adjetivar y adornar los palabreríos detrás de los cuales se oculta la necia codicia, que conduce sin remedio a ecocidios y etnocidios irreparables. La solución real de problemas históricos de calidad de vida y garantía de derechos de la población chocoana debe anteponerse a cuanta hipérbole se le ocurra a los nuevos predicadores de la megalomanía desarrollista; que hoy, como hace un siglo, no ven en estas mares y en estas selvas, en estos montes y en estos ríos, más que riquezas por obtener, así camuflen sus intenciones con los nuevos eufemismos que suele traer consigo el extractivismo.
La creación de condiciones elementales de dignidad humana en el Chocó es prioritaria y urgente. Ha llegado la hora de ponerle fin a tantos y tan aparatosos como intrascendentes discursos estatales, a tantas y fatuas puestas en escena, a tantas y tan ruidosas promesas de «ayudas» multimillonarias que hasta ahora solo existen en las palabras que el viento se llevó. Es tiempo ya de comenzar efectivamente el resarcimiento material de fondo de las víctimas del crudo desastre del 10 de agosto de 2026; al igual que la reconstrucción de infraestructura educativa y sanitaria, cultural y comunitaria. A partir de ahí, hay algo claro en el camino: es imprescindible que se se resuelva, de una vez por todas y en su totalidad, el conjunto de necesidades básicas insatisfechas que el pueblo chocoano ha arrastrado a lo largo del último siglo y que han sido reiteradamente planteadas en las cíclicas protestas de los paros cívicos, cuyos siempre incumplidos acuerdos marcan claramente rutas en ese sentido.
Por sentido común y para evitar que después se diga que hay problemas «de caja» para financiar la solución de los grandes problemas del Chocó, relacionados con la inexistencia de servicios calificados, modernos y permanentes de agua potable, electricidad, internet, telefonía, salud, vías, educación, empleo, producción, cultura, seguridad alimentaria, medio ambiente, etcétera, etcétera; lo recomendable es comenzar por garantizarle a toda la población chocoana esas condiciones de elemental dignidad, que históricamente se le adeudan al departamento y a sus 31 municipios. Es deber de chocoanidad trabajar en este momento histórico para que la región supere su abandono secular.
De lo contrario, seguiremos alimentando el clásico escenario de mucho ruido y pocas nueces, típico de todas las ocasiones, pasajeras, en las que los problemas del Chocó se hacen evidentes a los ojos del país. La dignidad de los pueblos requiere —además de los fundamentos simbólicos que le permiten estructurarse como sociedad— una base material sólida y perdurable en la que pueda sustentarse una vida en paz y bienestar.
«Nuestra revolución no es un concurso de retórica. Nuestra revolución no es un enfrentamiento de frases. […] Nuestra revolución solo tendrá valor si, al mirar detrás de nosotros, a ambos lados y delante de nosotros, podemos decir que los burkineses son, gracias a la revolución, un poco más felices, porque tienen agua potable para beber, una alimentación abundante, suficiente, porque tienen una salud de hierro, una educación, viviendas decentes, porque van mejor vestidos, porque tienen derecho a disfrutar del tiempo libre; porque tienen la oportunidad de gozar de más libertad, más democracia, más dignidad. Nuestra revolución no tendrá razón de ser hasta que pueda responder de manera concreta a estas cuestiones»; expresó el entonces presidente de Burkina Faso, Thomas Sankara (1949-1987), en un discurso pronunciado en Bobo-Dioulasso el 2 de octubre de 1987.




