
Por Javier Álvarez Viñuela
Lo que voy a escribir aquí, no va a ser sencillo; tal vez incompleto. Estoy seguro, sin embargo, de que será conmovedor y emotivo. Quisiera que fuera como el agradecimiento que dan los niños. Es sin concesiones. Si utilizo un verbo adjetivo para dirigirme o saludar a mi madre, resulta una memez: que no sea ¡querida madre! Tampoco un vocativo: ¡hola, mamá! Eso me daría inseguridad y se torna informe a la vida ejemplar de la persona admirable y adorable que ha sido ella en mi existencia.
Me pondré en pie para honrar la bienvenida de mi madre Eblin Viñuela González. Y, además, la recibiré con repiques de campanillas con la solemnidad que he visto que le dan a los higúmenos al empezar sus ceremonias. Siento que se lo merece, porque es como verla pasar a mi lado con su humildad pasmosa y sin alardes.
Desde hace mucho tiempo he tenido gran interés por que mi madre supiera que mis sentimientos son muchísimo mayores a los que ella intuye desde su propia psicología, al interpretar el amor hacia su hijo. Aunque puedo iniciar omitiendo ciertos detalles que hacen de su grandeza el talante de su vida, es inocultable la emoción que me ha causado seguir acompañándola físicamente al haber llegado a sus casi noventa años de edad.
Sus primeros ochenta años lo celebró una mujer ya adulta mayor, despertada por las llamadas de amigos lejanos que la han considerado o por quienes no pudieron contactarla para felicitarla, pero llegaron sus ecos con gratitud y festejo. Eso le ha hecho mucho bien, porque es un regocijo que se complementa con los abrazos y beso de sus deudos para hacerle palpitante su corazón y su alma que contrasta con la dicha de su rostro.
Se educó en la Escuela de niñas, en El Valle; hizo hasta primero de primaria ahí, y fue su maestra Isabel Abadía (rip). Lo recuerda con agradecimiento vivo en una -o muchas-, de las conversaciones que ha sostenido conmigo. Y, como si las épocas no fueran distintas a las de ahora, reconoce que los grandes valores y virtudes de la gente de antes hacían parte de la integridad de personas de antaño carentes de altanerías y petulancias.
En mi madre hay una seguridad que está en la certidumbre de la vida misma que ha llevado con decoro en cada espacio de su tiempo. Empezó a trabajar desde muy joven convencida de que conformaría su propia familia. Alguna vez me dijo que no se trabajaba para domesticarse con las cosa materiales y propias del mundo; que se trabajaba para cultivar y cuidar el don de la Creación de Dios, aunque resultara difícil por el pecado del hombre.
Como católica, fue comprometida con su matrimonio. Respetó a su esposo. Se sometió a él, porque profesaba la sabiduría de la mujer inteligente que edifica y construye. Fue una enseñanza que se trajo de las monjas contemplativas, mientras estaba internada en un colegio en Salento, Caldas. Y su exclaustración era cada fin de año para rencontrarse con su familia.
Nada ha cambiado en ella. Sigue vital y combativa. Saludable, porque quienes la rodean son gentes maravillosas que la quieren. Sus hijos la acompañan; están pendientes y atentos de ella; son reverenciales. No tiene predilecciones por uno o por otro, porque la mayoría de sus partos fueron múltiples y sucesivos. No precavió los riesgos, a pesar de que uno de sus hijos gemelos o mellizos naciera siete horas después del primero; o por que los del último parto necesitaran de incubadora al nacer. ¡Valiente!
Ha sabido cuidar. A sus casi noventa años -que se empezaron a contabilizar entre años ordinarios y bisiestos del calendario, desde aquel septiembre-, hay que sumarle los tres años de embarazo para tener cinco hijos; atender la viudez de su padre, hasta los noventa y cinco años, lo que le permitió llevar un luto cerrado por la muerte de su madre; los cuarenta y seis años de trabajo como maestra, tras la oportunidad que le dio el maestro Felipe Mena González (rip), cuando la hizo nombrar en el magisterio.
Tuvo que decirme que a todo el mundo le cae el piojo de gallina. Y era nada más y menos los azares y vicisitudes de la vida que se dan en cierta época y por una sola vez. Las afugias económicas para la crianza y educación de los hijos. Gracias a la solidaridad y apoyo mutuo de su marido, supo sortear y llevarla con estoicismo, mientras sostenían los estudios, al mismo tiempo, de cinco hijos en universidades del interior.
Han sido muchas historias que me ha contado mi madre. En ella he encontrado la fuente para escribir algunas cosas, que temerariamente publico sin haber adquirido habilidad para novelar o contar. Lo hice porque quise mostrar una faceta de mi vida: escribir torpemente. Y, aunque no me ha dado de qué vivir, me dispensaron el reconocimiento y los halagos de quienes se toman su tiempo y sus ojos para arrancarle espacios al ocio.
Me ha llegado un tormentoso y telúrico influjo para escribir con intenso sentimiento estas letras cargadas de pasión. Por lo pronto puedo perder la objetividad, a consecuencia de la nostalgia evocada por el más pueril u onírico sueño de ni niñez, sin que sea capaz de sentir miedo si despierto. Ese ímpetu proviene de mi madre. Me hace estremecer el cuerpo y me pone la voz trémula que causa el efecto físico, como si fuese de un acontecimiento luctuoso.
No desearía suspender lo que escribo, mientras recobro fuerzas o un nuevo aire me anima para proseguir, tras el ahogo que siento en mi garganta. Y, es que, al recordar aquella primera vez que mi padre me llevó a su pueblo donde había nacido, desde el umbral de una casa de bahareque que refrescaba el clima ardiente de su Suárez, que lo enorgullecía como tolimense, veía la brega doméstica de la nonagenaria Sinforosa, sin ver agotadas sus fuerzas en su senectud.
Esa es la misma fortaleza, que después de enviudar mi madre, sale y brota de su cuerpo que evidencia la complexión que ahora le conceden los años; que no se ve erguida por el peso que los años no tienen, pero que sigue con su dulcificante lucidez que deslumbra, porque recuerda el lugar donde deben estar las cosas, y que además le hace traer del pasado a sus días lo maravilloso que vivió en su juventud, sin perder aún la autoridad que ostenta en su matriarcado y reino.
La cuantificación está en cuanta emoción de gratitud me embarga por tributar estas letras provenientes de su inspiradora. Y, la voy a tomar como otra esperanza, para seguir encontrando más oportunidades cercanas a los acontecimientos felices que los días nos dan por compartir con mamá, y tranquilizarnos a todos, porque nos continúa acompañando con el cuadro vivo de su belleza. Bueno, madre de mi alma: esto no es un reconocimiento. Es un beso cálido y un abrazo de todos para albergarte en los regazos de Nodierth, Néstor, Carlos Kaold y yo.
Barranquilla, 15 de octubre de 2025.




