
Por Aris Daniela P. Lozano
Morir de hambre, vivir sin dignidad. ¿Puede el hambre ser algo más que una sensación en el estómago?
Para Arnoldo Palacios, el hambre es una herida en el alma. En su novela, el autor retrata la realidad tan cruda de Irra, que desea la muerte como único descanso.
Escrita con el ritmo y la cadencia del chocoañol, su obra es un grito de realismo social que, aunque escrito hace décadas, sigue siendo un espejo dolorosamente vigente de las injusticias que se viven en muchos territorios negros de Colombia.
En su novela, Palacios retrata la miseria, el hambre y la ira con tal maestría que no solo las describe: las hace palpables y casi tangibles, se imaginan los olores, se percibe la furia y hasta se estremece quien lee con el hambre que consume a Irra.
Lo más conmovedor del relato no es únicamente la pobreza ni el diagnóstico social de su tierra, sino las consecuencias íntimas y profundas que deja en quienes la padecen: el estrago mental.
Irra tiene hambre, pero no es solo física; es un hambre que desorienta y nubla la razón, que no solo retuerce su estómago, también retuerce su alma, cada bocado de un plato de comida ausente se convierte en un pensamiento desorbitado, y cada día sin comer le genera un dolor interior más agudo y cortante, hasta el punto de desear la muerte como único descanso para comer, al menos, gusanos en la tumba.
Quien sufre hambre en el cuerpo también carga otra más devastadora: la de justicia. Un hambre que no se sacia con un plato de comida, sino con dignidad, con el sueño de un mundo distinto donde no falte la comida en la mesa, junto a los mínimos vitales satisfechos y la esperanza de que nadie quiera morir por no vivir dignamente.
Nada resulta más desgarrador que el deseo de morir, no por falta de ganas de vivir, sino por no poder hacerlo con dignidad.
“El gobierno no hacía nada por remediar la suerte de los pobres. Había vivido de promesas toda la vida. En realidad, el gobierno nada hacía por los pobres. Y lo conveniente era matar al Intendente. Sacarlo del medio por inepto”.
Esa cita no solo retrata una época ni un lugar, sino un conflicto perpetuo: un eterno retorno de la lucha contra la tiranía y la indiferencia estatal. Es la furia que nace del hambre física, pero que se convierte en hambre de justicia, de reparación y de un futuro menos hostil, donde haya menos Irras con el estómago vacío y deseos de venganza que los consuman por dentro. Porque cuando los mínimos vitales se niegan, el hambre se vuelve semilla de furias silenciosas que germinan en los cuerpos, incubando ciudadanos heridos, incendiados por la desesperanza, hasta que la rabia termina por hablar en su lugar.




