
Por Julio César Uribe Hermocillo. Tomado de El Guarengue. https://miguarengue.blogspot.com/2025/03/la-playa-de-quibdo-una-remembranza-rio.html
Era tan grande aquella playa que hasta hace un poco más de medio siglo en ella cabía la mitad de la gente de Quibdó, que -en las tardes de diciembre y casi hasta la semana santa, que solía caer en abril, que por estos lares no siempre era lluvias mil- se trasladaba hasta allá para gozar de la frescura del agua del río y de la brisa del estío. Monumentales y eternas eran las sequías de aquellos veranos largos, cuando las calles hervían a la hora del almuerzo bajo la canícula del medio día.
Desde el fondo del lago andante que nos habían contado que había dicho Humboldt que era el Atrato, día tras día, aquella playa emergía, como si estuviera naciendo ante nuestros ojos una isla, de arena fina y oscura, mullida, firme, con bordes de piedrilla y cascajo, al final de los cuales se hallaba el vacío inmenso, casi infinito, de la hoya del río, de donde difícilmente había regreso. Aquella isla, nuestra isla, podía alojar a la mitad del pueblo, que en las tardes llegaba hasta ella para refrescar la vida y de paso alegrarla en plena mitad de su Atrato de siempre, en la desembocadura del río Quito y a un paso del entonces todavía naciente barrio Bahía Solano o Avenida Bahía Solano, que era la orilla opuesta al emplazamiento del centro de la ciudad.
Esa otra orilla del río, para entonces incipientemente poblada, había empezado a llamarse así porque se juraba que si se seguían en línea recta los piélagos, humedales, pantaneros y trochas que había detrás de aquel monte espeso, donde cantaba un gallo sin pescuezo, se podría llegar a la mar que casi ningún quibdoseño de entonces conocía: la costa chocoana del Pacífico, más exactamente a una de sus tres poblaciones insignias: Bahía Solano, de donde quincenalmente o semanalmente un avión traía exquisitas delicias gastronómicas, como los mariscos y el pescado de mar. Bahía Solano y Bojayá, según nos habían enseñado en la escuela, eran los únicos municipios chocoanos cuyas cabeceras municipales tenían un nombre diferente al del municipio: Ciudad Mutis y Bellavista.
Los más avezados cruzaban nadando, el resto pasábamos en canoas, que cobraban unas cuantas monedas por el traslado entre la orilla de la carrera primera y el borde de aquella playa tan descomunal como fascinante… En ambos casos el riesgo era el mismo: que el ímpetu de la corriente se llevara al nadador y produjera por lo menos un ahogado por temporada, o que, con idéntico resultado, la canoa naufragara por el exceso de gente embarcada o por la imprudencia de nadadores que a ella se aferraban para cruzar con menos esfuerzo.
Una venturosa combinación de buena suerte, socorrismo improvisado y habilidades de nación impidió siempre que la cuota anual de tragedia pasara de una o dos víctimas, máximo tres, un año en el que hasta los más valientes se entristecieron y se atemorizaron, y les prometieron a sus familias que pasarían en canoa y, si se podía, en los cada vez más populares Johnson, como se llamaba a los botes con motor fuera de borda de esa marca, que lo pasaban a uno en dos por tres o en un santiamén, según fuera la potencia del motor.
Aquella playa del Atrato emanaba de lo profundo del agua como si fuese un islote primario del pleistoceno temprano. Con ella llegaban a Quibdó, además del más ardiente calor y del incendio diario de colores del atardecer, arrumes infinitos de bocachico fresco, en decenas de canoas y botes de todos los tamaños, en los que saltaban y brillaban tantos pescados como estrellas había en el cielo a la media noche, destinados a llenar de sabor y alegría las tres comidas de todos los días, en todas las casas de todas las calles de todos los barrios de ese pueblo grande donde por esos tiempos, todavía, era vida la vida.




