
Por Aris Daniela P. Lozano
Actualmente, el panorama es desolador para las mujeres chocoanas, evidenciando cómo la guerra se ensaña contra nosotras, utilizando nuestras vidas y cuerpos como instrumentos de su violencia.
“Ustedes solamente sirven pa’ eso”, decían. “Entonces las abusaban y todos pasaban por encima de ellas. No era solamente uno, sino que todos; todos pasaban por encima de esas mujeres. Hubo una mujer que actualmente tiene cáncer… Todo el día… Todo el día era abusada… Y le dañaron la matriz. Ahora ella tiene cáncer y la autoestima por el piso” (P. 459).
Este testimonio forma parte del informe ‘Resistir no es aguantar’ (https://www.comisiondelaverdad.co/acuerdo-final-para-la-terminacion-del-conflicto-y-la-construccion-de-una-paz-estable-y-duradera), que documenta las violencias sufridas por los pueblos étnicos en el país en el marco del conflicto armado. Cada palabra de este testimonio nos recuerda la profunda crueldad con la que los actores armados han tratado a las mujeres afrodescendientes. No es solo el cuerpo el que se destruye, es la identidad, la dignidad y la vida misma.
Desde la esclavización, las mujeres afrodescendientes hemos sido sometidas a una cadena ininterrumpida de opresiones y violencias. Comprender cómo las estructuras de poder se han impuesto sobre nosotras implica reconocer cómo el género, la raza, la clase social y ser víctimas del conflicto armado se entrelazan y refuerzan entre sí. Estas categorías crean una red de opresiones que perpetúa nuestra marginalización.
Estas experiencias no pueden ser ignoradas en la agenda de derechos humanos, pues siguen siendo parte de nuestra cotidianidad incluso tras la firma del Acuerdo de Paz (https://www.comisiondelaverdad.co/acuerdo-final-para-la-terminacion-del-conflicto-y-la-construccion-de-una-paz-estable-y-duradera) en el año 2016.
En este punto, cabe preguntarnos: si ya hemos firmado un acuerdo de paz, ¿por qué estas violencias contra las mujeres afrodescendientes continúan? Aunque el Acuerdo de Paz fue un paso histórico para el fin del conflicto armado en Colombia, la violencia no ha cesado para nosotras. Sin embargo, el acuerdo firmado no ha significado el fin de la violencia racializada para las mujeres afrodescendientes.
El informe “Resistir no es aguantar”, que cité anteriormente, concluyó, tras una rigurosa investigación, que las mujeres negras son el grupo poblacional con mayor afectación del conflicto armado interno en relación con mujeres de otros pueblos étnicos y de la población mestiza. En términos porcentuales, la diferencia comprende más del 10 %.
Comparativamente, las mujeres blancas también sufrieron violencia durante el conflicto armado, pero no con la misma magnitud ni con la misma carga racializada. Según este informe, “si bien la violencia sexual afectó a mujeres de otros grupos étnicos, las mujeres negras fueron particularmente más vulnerables debido a la confluencia de racismo, sexismo y pobreza estructural” (Comisión de la Verdad, p. 455).
Esta diferencia es crucial para entender por qué las mujeres afrodescendientes han sido las más afectadas y por qué estas violencias continúan normalizándose, incluso en un contexto de postconflicto.
Mujeres afrodescendientes víctimas de violencia sexual en Sucre y Bolívar recuerdan cómo los paramilitares les gritaban “negra inmunda” o “negra asquerosa”, reduciéndolas a ser objetos de abuso, tal como ocurría durante la esclavización (P. 459).
Los insultos y actos de violencia hacia las mujeres afrodescendientes no son incidentes aislados; son manifestaciones de una “otredad” construida socialmente que explica cómo ciertos grupos son sistemáticamente considerados “otros” para justificar su marginación y explotación. Esta otredad se entrelaza con el racismo estructural y el patriarcado, creando un entramado de opresiones que despoja a estas mujeres de derechos y recursos, perpetuando las brechas sociales, económicas y políticas. Sin embargo, el poder no solo se ejerce a través de estructuras visibles, sino también mediante mecanismos sutiles que moldean la autopercepción y el autogobierno de las personas.
Las mujeres afrodescendientes no solo son víctimas de violencia en lo público; los discursos que promueven su otredad afectan también su subjetividad. Estos sistemas de opresión operan en todos los niveles, desde lo cotidiano hasta lo institucional, normalizando la violencia simbólica y física que sufren. Las cicatrices de esta discriminación no solo permanecen abiertas, sino que se profundizan con cada acto que refuerza su invisibilidad y vulnerabilidad.
A lo largo de la historia, también hemos sido ejemplos de resistencia. Las mujeres afrodescendientes hemos encontrado formas de luchar, protegernos, persistir y resistir.
Frente a la violencia implacable, me pregunto: ¿hacia dónde va la agenda de los derechos de las mujeres afrodescendientes? Es imperativo seguir tejiendo alianzas para garantizar nuestro reconocimiento y protección. Nuestra fortaleza y resiliencia son testimonio de que la lucha por la justicia es colectiva y debe continuar. Por ellas, por nosotras y por las que vendrán, debemos seguir movilizándonos.
Referencias:
1. Informe Resistir no es aguantar. Comisión de la Verdad. Disponible en:
2. Acuerdo final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera.
Comisión de la Verdad. Disponible en: https://www.comisiondelaverdad.co/acuerdo-final-para-la-terminacion-del-conflicto-y-la-construccion-de-una-paz-estable-y-duradera




