
Por Javier Álvarez Viñuela
En el gobierno de Miguel Abadía Méndez -el último presidente de la hegemonía conservadora-, se expidió la ley que creó cinco Colonias Agrícolas en Colombia; tenía como objeto propender por el desarrollo económico e intelectual del país y al mejoramiento de sus condiciones étnicas; aquellas se fundaban directamente o por medio de empresas colonizadoras que ofrecieran garantías de eficacia y solvencia suficientes, destinadas en cada departamento o intendencia.
En el Chocó -que en 1935 era una intendencia-, la Colonia Agrícola se estableció en la zona territorial del litoral Pacífico, sobre las tierras baldías. Además, las normas facultaban a la Dirección de Colonias determinar los terrenos necesarios para la expansión del puerto marítimo, edificios nacionales y demás servicios que se consideraran necesarios. Quien resultaba admitido como colono, tenía derecho a que se les entregara una parcela de 75 hectáreas, drogas, semillas y herramientas.
En ese contexto, y luego de suscrita el acta de constitución de la Colonia Agrícola de Bahía Solano, la ola de transmigración de gente del interior del país o de otras regiones periféricas, llevó a centenares de familias campesinas de Antioquia, Valle del Cauca, Tolima, Córdoba, etc., verse seducidas por los precarios medios de comunicación radial de entonces, porque la Colonia se trataba de un centro de difusión de la labor cultural aldeana que desarrollaría, además, el gobierno.
Los colonos penetraron por Buenaventura. La mayoría se devolvieron a sus lugares de origen, mientras quedaron dispersos por las secuelas del paludismo y el tabardillo, que a otros mató. No era tanto la falta de adaptación a un trópico agreste, excesivamente húmedo y lluvioso, sino a la carencia de servicios básicos que no ofrecía el mismo Comisariato, como apenas sí una precaria casa palafítica donada a cada parcela de los seis únicos colonos que quedaron a lo largo de la carretera.
Gustavo Trujillo Castellanos, huilense, se instaló en lo que hoy es la comunidad indígena Dumá; Ramón García, solaneño, se ubicó en lo que ahora es el cementerio; José Artuluaga Salas, tolimense, tuvo asentamiento al frente de Toledo; Mario T. González, valluno, parcelado diagonal al basurero; Ramón Torres Quimba, antioqueño, asentado en el basurero; y, Manuel Serna, medellinense, en lo que se conoce como El Seis. Todos bajo la supervisión de Pedro Pérez, un solaneño ejemplar.
Mientras se ha felicitado a Bahía Solano, en su condición de Colonia Agrícola, al cumplirse los 90 años de su fundación, no se puede sentir temor, al mismo tiempo, en decir que persiste el fracaso del gobierno nacional que soslayó a la construcción de vías transversales cortas del interior hacia el Pacífico y el futuro puerto marítimo, para dejar de ser el núcleo de desarrollo de una zona estratégica por su posición geográfica, en la costa norte del Pacífico que no vio la cultura aldeana.
El pasado 7 de agosto de 2025, Bahía Solano se convirtió en nonagenaria. Era concebible la idea de que fuera la principal ciudad del Pacífico norte; un laboratorio de la planificación urbana, con una forma de vida y de trabajo que dignifique a su misma sociedad. Una ciudad que se haga admirar sin la pequeñez desgastante de que fue una colonia; una ciudad que se enorgullezca por la grandeza de sus hombres y sus luchas que la glorificaron.




