
Por Javier Álvarez Viñuela
En 1958 fue construida la planta física donde funcionaría la Escuela Miguel Ángel Arcos, en El Valle; en ella estudié; volví a sus instalaciones a hacer prácticas mientras me formaba como bachiller pedagógico en la Normal Santa Teresita; supe, entonces, que tenía un nombre extenso y rimbombante: “Escuela e Integración Miguel Ángel Arcos anexa a la Normal Santa Teresita”. El gobernador de la época le encasquetó su nombre, para autohonrarse. Fue un médico y militar.
El edificio lo hizo el arquitecto Luis Ruiz, conocido como “Lucho Contrato”; en la parte superior de la fachada frontal quedó inscrito, en alto relieve, el año 1958, arriba del pórtico central, y lo adornaba una luminaria cautiva, como señal premonitoria de porvenir y progreso. Cuarenta años después llegó la energía eléctrica permanente, y mucho antes y en medio de la precariedad, se formaron estudiantes que descollaron en prestigiosas universidades públicas del país.
El nuevo centro educativo de entonces aglutinó las escuelas dispersas de niñas y varones que se encontraban en el pueblo: la de niñas, que funcionaba en lo que hoy es el predio de Rodolfo Becerra Guiatotó (rip); la de varones, en lo que ahora es la herencia de la familia Segura Palacios. No sé si esa nueva escuela se convirtió en una joya de la arquitectura local en medio de “casas de paja”, pero fue determinante para que El Valle fuera epicentro educativo de Pacífico chocoano.
La anexa fue la escuela de muchas generaciones. Sin equivocación: orgullo de quienes por ella pasaron, y de los maestros que tuvieron. Aquella que fue testigo de los métodos inhumanos que ejecutaron los “maestros” al educar con miedo, temor y castigo: ¡“La letra con sangre, entra”! Fue el pregón doloroso, y que quedó en la memoria de los estudiantes que se autoproclaman como bien formados. Persisten secuelas y actos de revictimización en los que agradecen esa barbaridad.
Mi escuela anexa. No resultaría urgente precisarlo si, después de tantos años de haber pasado por sus salones y pasillos; sin dejar de encontrar a ciertos maestros que me educaron, sin evitar las recordaciones de las anécdotas de infancia con los de mi generación, cada cierto tiempo que nos hallamos, no fuera evidente la decadencia de un edificio que amenaza ruinas y que su historia no fue capaz de preservarse con remodelaciones ni intervenciones, que no darán bienvenidas.
En cierta ocasión, la escuela fue receptora, pese a su lamentable condición de la instalación física: sirvió de albergue de centenares de personas que resultaron damnificadas por fenómenos de la naturaleza en la zona. Resistió el hacinamiento. Fue el reencuentro de la comunidad de El Valle con ella; así, evidenció la altanería de una sociedad ensoberbecida que no ha sabido comprender el papel que jugó (la escuela) en su nacimiento y albores, porque ahora su época pasó.
Habrá propuestas e ideas atinadas de muchos moradores para que la escuela no se caiga. Para que se restaure. Para que sea declarado como un patrimonio arquitectónico o cultural del pueblo. Para que su espacio sea un sustituto afín con lo que ella fue y representó. La responsabilidad es mutua: por un lado, la poca importancia que los órganos rectores de la educación le dan; y por el otro, una dirigencia política apática, en cuya abulia encuentra razones para conducir a la servidumbre.




