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Home Opinión Columnistas

Jóse, Misionero del Ubuntu

Chocó 7 días by Chocó 7 días
10 mayo, 2021
in Columnistas
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Jóse, Misionero del Ubuntu

El presbítero José Óscar Córdoba Lizcano y su prima Karen Shirley Lizcano Panesso

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Tomado de miguarengue.blogspot.com, de Julio César Uribe Hermocillo.

La autora del texto que ofrecemos hoy en El Guarengue es prima hermana de José Óscar Córdoba Lizcano, Presbítero, Misionero Claretiano y Rector de la universidad Uniclaretiana de Colombia, quien falleció el pasado 2 de mayo en Quibdó. Con el alma en la mano, Karen nos ofrece un retrato panorámico y edificante, sentido y memorioso, de José Óscar, a quien conoció como pariente cercano, amigo entrañable y admirable ser humano.

Por Karen Shirley Lizcano Panesso

José Óscar con su papá y su mamá, hermanas y hermanos.
Foto: cortesía Karen Lizcano.

José Oscar Córdoba Lizcano, mi primo, mi hermano, mi consejero, mi maestro, el misionero cabal, ha partido al mundo de los ancestros; pero el fogón llameante de su recuerdo sigue encendido entre cada uno de quienes navegamos en el río espiritual de su familia extensa. La memoria de la celebración de cada misa inculturada, el relato de cada faena de pesca, la evocación sentida de cada lance o azote de la ficha en el juego de Dominó, la remembranza de las mingas en las construcción de puentes en época de inundación en Buchadó, Riosucio o Tanguí y los gigantescos encuentros familiares, acompañados de tapao, plátano pintón asao, y aguapanela con jengibre, con tizones encendidos en el alma de quienes vivimos, aprendimos y compartimos la voluntad de vida de mi primo José.

Este extraordinario ser humano, mágico, hijo de Dios, hijo del Atrato, hijo del Pacífico; hombre de modales finos, fe inquebrantable, fuego libertario y valores universales, fue y será mi (nuestro) líder (aunque su humildad no le permitiese reconocerse como tal), nuestro ‘calidoso’, ‘socio’, ‘hermanazo’, ‘maestro’ (como solía decir), manito, tío-padrino, Oscar, Joselo, Joche, Jóse, primo bello, primo hermoso, primo querido…nuestro sabio y prudente consejero, el confidente, el amigo de todos.

“Un hijo lindo, un hijo bueno, siempre se preocupaba por uno, vivía pendiente de nosotros, siempre llegaba con algo, siempre nos traía algo; Oscar desde pequeño fue un muchacho noble y educado…”, dice Resfa María Lizcano Martínez, su ´Resfare’, su madre, con voz entrecortada y los ojos anegados de lágrimas.

José fue para nosotros un tesoro hermoso que tuvimos la dicha de que naciera en nuestra familia y permanecerá en nuestra memoria y corazón eternamente.

Son incontables las lecciones de vida que, como familia terrenal y espiritual de José, podemos memorar, pero por limitación de espacio y por ser el Recuerdo, la memoria de la voluntad de vida, me aventuro a rescatar las enseñanzas que más impactaron mi sensibilidad.

Como primo, José nos enseñó a vivir a través del ejemplo y nos dejó como legado…

Ser ‘calidoso’/‘calidosa’. Lo más importante es lo que somos como personas, la belleza externa es pasajera, lo que cuenta es la esencia: “la gente que la conoce ya sabe quién es usted”.

Ser amorosos, tiernos, respetuosos, ser educados, tratar bien a todas las personas, demostrar nuestro afecto en vida. Jóse siempre nos decía: ‘la quiero mucho’, ‘lo quiero mucho’, acompañado de un fuerte y cálido abrazo, que siempre olía delicioso.

Él siempre nos aleccionaba a ver lo bello, lo positivo en cada persona y en las experiencias de la vida.

La pulcritud y el orden reinaba en cada acción y espacio donde se encontrase. Mesurado, con un estilo de vida saludable, porque “hay que cuidarse y darse calidad de vida”.

Nos exhortaba a la entrega, a la dedicación, la responsabilidad y el compromiso para la consecución de nuestros sueños, propósitos y deberes. Consideraba que debemos ser apasionados en lo que hacemos, terminar lo que iniciamos, terminarlo bien y darle un valor agregado, pues “hay que llevarle La Carta a García”.

Nos inculcaba la excelencia personal y profesional, el amor por la lectura, la producción y la academia en general. Era un ferviente celebrante de nuestros progresos, logros, tener calidad de vida, pero ante todo ser buenas personas. La educación como vía a la transformación personal “estar mejor y ante todo ser mejores”, sencillos, humildes.

Como hermano, Jóse nos enseñó a celebrar siempre la vida, a honrar a nuestros padres, a valorar nuestra familia, a reunirnos, a apoyarnos. A pesar de sus múltiples ocupaciones, José Oscar siempre tuvo tiempo en abundancia y de calidad para toda su familia, tanto nuclear como ampliada; su gran familia extensa, terrenal y espiritual. Nunca faltaba la llamada diaria, el almuerzo cada domingo con sus padres Resfa Lizcano y Ricael Córdoba (incluso viajaba desde cualquier lugar de Colombia, para estar en el suelo nativo el domingo temprano y poder cumplir este sagrado ritual).  Los mensajes de texto y llamadas sorpresivas para saber de todos y hacerle seguimiento a algún proceso o situación particular eran una costumbre constante en él. “¿Cómo le fue? ¿Cómo pasó el día? …”. Nunca pasaba desapercibido en nuestras vidas. Era el hermano siempre presente.

Como misionero, José nos enseñó el valor del servicio, la generosidad, la ayuda desinteresada; a no apegarnos a lo material, porque para él la vida buena era un acto de compartir con los otros. Nos orientaba que “hay que ser desprendidos, al final no nos vamos a llevar nada”.

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Instaba a sus contertulios al respeto a la mujer en todas sus dimensiones, como forma posible de edificar un mundo realmente justo y equitativo para todos y todas, convocando a hombres y mujeres a la construcción de nuevas masculinidades.

Como consejero y amigo, José siempre se caracterizó por su fecunda y sorprendente inteligencia emocional. Su calma, su serenidad y mesura en cada acto de su vida inspiraban confianza y acogida en quienes buscaban luz, guía y consuelo ante sus angustias. Su diplomacia, asertividad y experticia para decir todo con amor, así como su escucha atenta y respetuosa, lo convirtieron en un mediador natural para resolver controversias familiares y comunitarias.

Como Maestro y Educador afro-diaspórico, José me enseñó que el río, la ciénaga, el monte, la selva, el mar, el manglar, son la vida. Por tanto, defender el territorio es defender la vida. Así que, cuando se contaminan los ríos y quebradas, cuando se cortan los árboles de cativo, caidita, ceiba o choibá y no se siembran nuevos árboles de esa misma especie, se está matando la vida. Que los árboles, los peces, los ríos y todo cuanto exista en el territorio forma parte de nuestra familia.

De José aprendí que la afrocolombianidad es una mar de diversidades, reunida en un abrazo divino. Que la musicalidad y el golpe tónico de un tambor del Pacífico son distintos a los de un tambor de la región Caribe. Que la cadencia y rítmica del tamborito chocoano son distintas a las del tamborito panameño. Que el alabao que se canta en los despedimientos fúnebres en el Atrato y en el San Juan tienen vasos comunicantes muy claves, pero categorías narrativas y poéticas dispares. Que nuestra cultura de pueblo afrochocoano y afrocolombiano está preñada de símbolos, rituales y novedosas imágenes sociales que todos estamos llamados a develar. De manera que, tal como Jóse lo entendió, intentó y pretendió, todos nosotros como Nación Afrocolombiana estamos convidados y convocados a ser PARTEROS de esta exuberante afroepistemología que mi amado primo sembró en Psiquis…

José como amigo siempre nos enseñó el espíritu de la alegría. Su corazón contento, su felicidad en todo espacio y tiempo, en los ríos, el campo y la ciudad, en el trabajo y en el descanso; su hermosa y permanente sonrisa, su entusiasmo contagioso. Estar junto a José Oscar implicaba estar tranquilos, serenos, agradados de su presencia. Escucharlo contar sus historias con su voz afinada, con pausas y cadencias, sobre personajes de la familia de sangre y ampliada (sus hermanos Misioneros Claretianos, su familia Uniclaretiana, la Diócesis de Quibdó, sus compadres, amigos, compañeros de ríos y luchas, su gente de Buchadó y todos sus otros pueblos y ciudades), relatos de sus experiencias como Misionero; relatos inspiradores que, contados con tanta emotividad, suscitaban curiosidad y el deseo de escucharlo sin fin. Nos queda su canto, su baile en familia, su alegría de vivir, su amor por la vida propia y la de las demás personas. Nos queda (como dice mi hermanito Eison) su filosofía del Afroamor, que no es cosa distinta a la de asumir el cuidado de la vida propia y la de los otros, y la solidaridad como valor político.

Por siempre estará en nuestra memoria y corazón José Oscar el hijo, el hermano, tío, padrino universal (qué cantidad de ahijados y ahijadas), el sobrino, el primo amado, respetado y admirado. El hombre que vivió para amar y servir a su familia y a su pueblo (diverso y multidiverso), llevando su mensaje evangelizador de misionero a través de su vida misma. Gratitud con Dios, el universo, la vida y ‘Resfare’ y ‘Richy’ por darle a nuestra familia nuclear y ampliada este ser maravilloso e irremplazable. Gratitud y amor infinito para nuestro eterno Calidoso. ¡Gratitud, Maestro y Misionero del Ubuntu!

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