Conversaciones con comunidades y relatos transmitidos de generación en generación inspiraron capítulos de la obra de Teófilo Cuesta Borja, natural de Vigía del Fuerte, Medio Atrato, y exdirector de Codechocó, en una narración coral sobre la memoria colectiva, el desarraigo, la resistencia y las historias que permanecen al margen de los relatos oficiales.
Muchas historias sobreviven durante años en la voz de quienes las cuentan. Circulan en las casas, pasan de una generación a otra y se comparten entre vecinos, pero pocas veces encuentran un lugar en los libros. De esas conversaciones y de la inquietud por preservar las experiencias de pueblos históricamente invisibilizados surgió Jacherá, historia de una aldea que se negó a olvidar a sus niños, la novela del escritor chocoano Teófilo Cuesta Borja, publicada por Editorial Planeta.
Natural de Vigía del Fuerte, municipio de la región del Medio Atrato, Cuesta Borja mantiene una relación cercana con un territorio en el que los ríos, la selva y las comunidades forman parte esencial de la vida cotidiana. Su trayectoria también está vinculada a la gestión ambiental en el departamento, donde se desempeñó como director de la Corporación Autónoma Regional para el Desarrollo Sostenible del Chocó (Codechocó).
«Gran parte de la novela fue escrita como si fueran cartas dirigidas a la memoria de los pueblos. Muchos capítulos nacieron de conversaciones reales con comunidades, transformadas luego en lenguaje literario», explica el autor. La experiencia de escuchar esos relatos se convirtió así en el punto de partida de una obra que busca llevar sus ecos más allá de los territorios donde fueron compartidos.
La novela sigue a Lucho y a una comunidad atravesada por la migración, la violencia y los procesos de organización social. Aunque se alimenta de experiencias y testimonios conocidos por Cuesta Borja durante su cercanía con distintas comunidades, la obra pertenece al terreno de la ficción. Sus personajes, escenarios y situaciones fueron reelaborados literariamente para construir una historia autónoma, sin reproducir de manera literal las vivencias de una población específica.
En esa construcción, la narración se aparta de la figura tradicional del héroe individual. La comunidad ocupa un lugar central, mientras el territorio y la naturaleza adquieren presencia dentro de un relato que reúne distintas voces, experiencias y maneras de comprender el mundo. La memoria deja de ser un asunto exclusivamente personal para convertirse en una construcción colectiva, capaz de resistir el paso del tiempo y el silenciamiento.
«Sentí la responsabilidad de convertir esas memorias en una obra que pudiera viajar más allá del territorio», señala Cuesta Borja. La novela representa, desde esa perspectiva, una posibilidad de preservar experiencias humanas mediante la literatura, sin convertirlas en un documento histórico ni adjudicarlas directamente a comunidades determinadas.
El nombre de Jacherá también responde a esa intención. Según el escritor, se trata de un territorio simbólico que representa a distintos pueblos invisibilizados de América Latina. La aldea imaginada funciona como un espacio literario donde convergen historias de desarraigo, resistencia, infancia y memoria colectiva. Su carácter simbólico permite que las experiencias narradas trasciendan un lugar concreto y dialoguen con realidades compartidas por otras comunidades.
Su procedencia del Medio Atrato añade una perspectiva particular a esta propuesta literaria. En una región donde la vida de numerosas comunidades está estrechamente ligada a los ríos, la tradición oral y la transmisión de saberes entre generaciones, la memoria constituye un elemento fundamental de la experiencia colectiva. Aunque Jacherá no debe entenderse como una crónica literal del Chocó, sus preocupaciones por el territorio, la infancia, la resistencia y el olvido encuentran resonancia en las realidades de esta región.
El proceso de escritura plantea, además, una pregunta fundamental sobre la responsabilidad de la literatura: ¿cómo transformar las historias de otros en ficción sin apropiarse de sus voces ni desdibujar el origen de sus experiencias? Para Cuesta Borja, el punto de partida está en la escucha y en el reconocimiento de que detrás de cada relato existen personas, comunidades y territorios que lo hicieron posible.
Con Jacherá, historia de una aldea que se negó a olvidar a sus niños, Teófilo Cuesta Borja propone una reflexión sobre el papel de la literatura en la preservación de la memoria. Desde sus raíces en Vigía del Fuerte y su trayectoria vinculada al Chocó, el escritor reivindica el valor de las historias que nacen en la conversación cotidiana y recuerda que, frente al olvido y a la invisibilidad, narrar también puede ser una forma de resistencia.




