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Home Opinión Columnistas

Gitó Dokabú 

Chocó 7 días by Chocó 7 días
2 junio, 2025
in Columnistas
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*Resguardo indígena katío Gitó Dokabú. Municipio de Pueblo Rico, Risaralda. Fotos: Carolina Giraldo Botero, en X (@CaroGiraBo)

*Resguardo indígena katío Gitó Dokabú. Municipio de Pueblo Rico, Risaralda. Fotos: Carolina Giraldo Botero, en X (@CaroGiraBo)

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Julio César Uribe Hermocillo
Julio César Uribe Hermocillo

Por Julio César Uribe Hermocillo. Tomado de El Guarengue. https://miguarengue.blogspot.com/2025/06/gito-dokabu-resguardo-indigena-katio.html

La joven mujer, ataviada con un vestido verde de ribetes coloridos que le llega hasta un poco arriba de las rodillas, es atada de manos y colgada de la armazón de madera del techo de la vivienda donde ocurre el pavoroso hecho. A ras de piso sus pies descalzos, queda en estado de indefensión y a merced de sus agresores, dos hombres adultos que la golpean sin compasión y con todas sus fuerzas hasta agotar los instrumentos que previamente han dispuesto y organizado en el piso de madera del lugar, para adelantar fríamente su degradante e indigna faena, con la misma diligencia y prolijidad con la que también han instalado un teléfono celular en la ubicación precisa y en el ángulo apropiado para que la grabación del crimen sea fidedigna; como si estos tres minutos y medio de degradación humana merecieran ser documentados y recordados… Aunque, claro, si no hubiera sido por este acto de soberbia patriarcal, de ruin sevicia y de poder machista, la Justicia -así termine no haciendo nada- no conocería al detalle los pormenores del delito.

Quien ata a la joven y luego la cubre con una sábana azul desde la cintura hasta los pies, como para impedir que se le vayan a ver las prendas íntimas o como para aminorar el impacto y los dolores de los golpes, es otra mujer -adulta y probablemente parienta cercana de la víctima o de sus victimarios-, quien al final de la vil y despreciable escena será la misma que la desate, la recoja y la conduzca al interior de la casa.

Tallos herbáceos

“Tallos herbáceos” llamó la Comisión Nacional de Mujeres Indígenas de Colombia (CNMI) a la docena y media de vástagos con los que fue apaleada la joven indígena. Como puede verse en el ignominioso video, los tales “tallos herbáceos” solamente pierden consistencia después de tres o cuatro golpes, cuando se convierten en fuetes que hieren tanto como antes.

En lugar de establecer con precisión el nombre de los tallos con los que fue torturada la joven, las mujeres de la CNMI recurrieron a Wikipedia y tomaron lo de herbáceo como si se tratara del césped de una loma o de una cancha de fútbol; sin notar que, por ejemplo, la caña de azúcar es una hierba perenne, lo cual no significa, para nada, que en términos de dureza y contundencia sea un inofensivo yuyo… Por lo menos 123 golpes con los «tallos herbáceos» le propinaron sus verdugos a la víctima. Los medios de comunicación, todos a una, aprovecharon la eufemística denominación, oficializada por la comisión.

Brutal golpiza

“Brutal golpiza” llamaron Teleantioquia, El Colombiano, El Tiempo y El Espectador, a este atentado, doloroso y ofensivo, contra la dignidad humana… Los telenoticieros nacionales disimularon con su presunto interés por la violencia del país, para no dedicarle más de 47 segundos en la tercera parte de sus emisiones, cuando ya nadie les estaba parando bolas… En Quibdó y en el Chocó, cuyo río San Juan y cuyos municipios de Tadó y Bagadó son limítrofes con las veredas y corregimientos donde se ubica el resguardo donde está situada la vivienda donde ocurrió esta tragedia, a duras penas se publicó el video en unos grupos de WhatsApp, en los que a nadie le suscitó el menor comentario. Poco o nada realmente se dijo, en los medios y en las instituciones; a pesar de que -desde antiguo- aquella zona del actual Risaralda forma parte de las dinámicas de intercambio entre poblaciones limítrofes, vecinas y parientas, y de las expediciones evangelizadoras de la iglesia católica, desde la colonia y desde principios del siglo XX; así como buena parte de la familia de la víctima vive en territorio chocoano.

Con escasas excepciones, como las de Sandra Chindoy, del pueblo Kamentsá, y la Defensora del Pueblo, Iris Marín Ortiz; de entrada, pocos llamaron las cosas por su nombre, por lo menos públicamente.

Sin cuentos rebuscados, mentirosos y mezquinos…

Sandra Chindoy, primera presentadora indígena en 70 años de televisión en Colombia, se pronunció de manera clara y directa, sin artificios ni eufemismos. Vale la pena leer completo su sentido pronunciamiento respecto a la desalmada fechoría cometida contra la joven indígena.

“¿Las violencias contra las mujeres hacen parte de la cosmovisión indígena? No. Y no vengan con esos cuentos rebuscados, mentirosos y mezquinos. Y quiero aprovechar esto, porque seguramente muchos vieron estos videos aberrantes. Y este es un llamado, especialmente para las autoridades tradicionales y líderes indígenas; porque uno no puede hacerse llamar autoridad y ni siquiera ser capaz de proteger a las mujeres, que son el pilar fundamental de la vida en las comunidades. Uno no puede hacerse llamar autoridad y líder para escudarse en los usos y costumbres, y justificar esta brutalidad. Eso es machismo y misoginia en su máxima expresión. Y, como líder y como exautoridad tradicional, quiero hacer un llamado a la coherencia; porque a esos personajes debería darles vergüenza enarbolar las banderas de la autonomía y la autodeterminación, cuando no son capaces de hacer nada o cuando ocultan o cuando excusan a quienes atentan contra la vida de las mujeres. Por eso, hermanas y compañeras, quiero decirles que cuenten conmigo para romper el silencio, cuenten conmigo para romper el miedo; porque a estos personajes tiene que caerles todo el peso de la ley. No más impunidad. Pido respeto por la vida de todas las mujeres indígenas”.[1]

Sandra Chindoy, lideresa del pueblo Kamentzá, periodista y presentadora de RTVC (Foto Faceebook).
Iris Marín Ortiz, Defensora del Pueblo de Colombia (Foto X).

Nada lo justifica ni lo ampara

La Defensora del Pueblo de Colombia, Iris Marín Ortiz, en una declaración directa, panorámica y didáctica, contextualizó la barbaridad y puso en los sitios adecuados las infaltables interpretaciones, siempre oportunistas y superficiales, de quienes no pierden ocasión para seguir promoviendo la exclusión.

Frente a la manida explicación de que se trata de tradiciones y usos ancestrales, y de actos de justicia propia, la Defensora del Pueblo de Colombia expresó claramente:

“Según nos dicen, la agresión se produjo en un entorno familiar y no en un marco de justicia propia o de las autoridades tradicionales. Eso no mitiga la gravedad del hecho ni debe servir como excusa para justificar o minimizar lo ocurrido. Este hecho nos obliga a ser claras: la autonomía y la administración de justicia propia de los pueblos indígenas no pueden ser utilizadas para amparar violaciones a los derechos fundamentales de las niñas, los niños y los adolescentes. Ninguna tradición, costumbre o práctica cultural puede estar por encima del interés superior de la niñez”.[2]

No faltaron, obviamente, las declaraciones y los comentarios racistas, tan agresivos y bárbaros como el delito cometido en jurisdicción del resguardo katío de Gitó Dokabú; los cuales se originan en la vana superioridad moral de creer que actos tan deletéreos solamente ocurren entre indios y nunca entre los blancos del país.

Al respecto, la Defensora del Pueblo anotó:

“Al mismo tiempo hacemos un llamado a la sociedad y a las instituciones a no usar este hecho para justificar la discriminación étnica. […] Debemos rechazar de manera contundente los discursos racistas, de discriminación étnica, clasistas, colonialistas, que han circulado en las redes sociales, y que utilizan este dolor para despreciar y deshumanizar a todo un pueblo, a una comunidad étnica. No se puede luchar contra el machismo y la violencia de género desde el racismo. No se puede proteger a una niña violentada desprestigiando a la cultura a la que pertenece”.[3]

Quizás, quizás, quizás…

Quizás ya va siendo hora de que el Estado colombiano y el montón innúmero de organizaciones indígenas que existen en la actualidad se sienten seriamente a analizar las graves violaciones a los derechos humanos y los repudiables delitos contra las mujeres indígenas, que se cometen bajo la tipología de violencias basadas en género, incluyendo la mutilación genital femenina. Para algo tiene que servir ese gentío.

Iris Marín Ortiz, la Defensora del Pueblo, explicó, a propósito de lo ocurrido en Gitó Docabú: “En Colombia, la violencia contra la niñez y las mujeres no es exclusiva de un solo contexto cultural o social. Es un fenómeno generalizado y alarmante. Según datos de Medicina Legal, entre 2019 y 2024 se registraron 115.374 exámenes por delitos contra niñas, niños y adolescentes, de los cuales el 42% de las víctimas tenían entre 10 y 13 años, y el 13% pertenecían a comunidades étnicas. En la mitad de los casos, el agresor fue un familiar, en el 78% la agresión ocurrió en el hogar. En el mismo periodo se practicaron 42.685 valoraciones por violencia intrafamiliar contra menores de edad, siendo las niñas y las adolescentes mujeres el 52% de los casos, con 11% de víctimas pertenecientes a grupos étnicos…”.[4]

Tortura

La Organización Mundial Contra la Tortura, OMCT, explica: “La tortura es la destrucción intencional de un ser humano en manos de otro. Los métodos utilizados para infligir gran dolor y sufrimiento varían, pero todos tienen el mismo objetivo: quebrantar a la víctima, destruirla como persona y negar su condición humana… A la larga, quebrantar el cuerpo tiene por objeto destruir la mente. Las víctimas de tortura sufren físicamente, pero la humillación y la vergüenza que sienten como consecuencia de la experiencia de tortura también pueden causar un gran daño que es difícil de curar”.[5]

No faltará quien diga que en este caso no se aplica el concepto de tortura, por esto y lo otro o por lo de más allá. No importa. Se trata, simple y llanamente, de dejar dicho que el deleznable y crudelísimo hecho ocurrido en el resguardo indígena de Gitó Dokabú, en el municipio de Pueblo Rico, en el departamento de Risaralda, lesiona y agravia, profana y deshonra nuestra humanidad.


[1] Sandra Chindoy. Reels de Sandra. 30.05.2025.

https://www.facebook.com/reel/723516257025625

[2] Defensora del Pueblo, Iris Marín Ortiz. 

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En: https://x.com/DefensoriaCol/status/1928784936925790509

[3] Ibidem.

[4] Ibidem.

[5] Organización Mundial Contra la Tortura. OMCT. ¿Qué es la tortura? https://www.omct.org/es/quienes-somos/que-es-la-tortura

El funesto video de la tortura a la joven indígena puede verse en: 

https://x.com/pereiraenvivo/status/1928216094013018328

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