
Por Javier Álvarez Viñuela
Como los nombres propios no tienen reglas ortográficas para escribirse correctamente, solo basta que se escriban como generalmente se conocen. Que sepa, Flyntin Way, como solía hacerse llamar, nunca escribió su seudónimo. Me arriesgo a escribir adecuadamente el remoquete de quien en vida se llamó Eusebio Córdoba Torres (rip). Era baudoseño y la primera vez que lo distinguí fue en compañía de Guararé, vendiendo cachivaches tendido sobre un andén, en El Valle.
Me enteré del fallecimiento de Flyntin Way, y, es, por naturaleza, obvio, sentir aflicción por la dolorosa notica de su partida, porque lo distinguí e interactué en algunos espacios con él. Los fugaces momentos que compartí son necesarios para experimentar tristeza. Después de este compasivo inicio, habrá algo que podré decir de aquel hombre que contaba la cantidad de años vividos, sin llegar a sospechar que los mismos fueran reduccionistas contra alguien fibroso y combativo.
Flyntin fue uno de los tantos miembros informadores que tuvo la emisora comunitaria “La voz de la Bahía”, que funcionaba en un segundo piso de una casa de madera, ubicada en el barrio Chocolatal, en Ciudad Mutis, y que desde entonces la dirige el profesor Cesar Emilio Aguilar Perea. Ahí, hacía reportería y tenía un programa de música. Colocaba música por colocar, sin hacer un espacio radial y cultural que permitiera conocer la historia o trayectoria de los artistas y su música.
La emisora sobrevivía por la fuerza de la vocación de sus informantes que tenían amplios espacios para emitir sus programas; se sostenía, tal vez, por las pocas cuñas que cobraba a los dueños de los negocios que promocionaban y ofrecían sus servicios. Curiosamente era generosa por las intenciones y saludos que emitía, tan necesarios para conocer a grandes personajes de la región y para medir el alcance de su sintonía. La emisora, en todo caso, perdía su voz a las seis de la tarde.
Mientras estuvo en la emisora, Flyntin transmitió su programa matutino “El dedo en la llaga”. Y fui uno de sus radioescuchas fieles, todos los días, a parir de las nueve de la mañana hasta que cerraba su emisión. Nunca le escuché expresiones difamatorias e injuriosas contra las personas o los servidores públicos del lugar. “El dedo en la llaga” era para mostrar los desaciertos de la administración pública que siempre fue mal interpretada por sus dirigentes.
Pienso más en las mezquindades y sordideces que tuvieron quienes no fueron capaces de reconocer el coraje de un periodista como Flyntin. Alguien que, como él, no utilizó trincheras clandestinas y desde el anonimato para zaherir o socavar la dignidad de alguien. Lo admirable de Flyntin fue que no buscó refugios en los anónimos para colocar “el dedo en la llaga” con las palabras o frases propias de su manera natural de hablar sin libretos ni modulaciones.
Comparado con lo que se informa o desinforma a través de las redes sociales, digo con conciencia que lo que comentaba Flyntin Way en “El dedo en la llaga”, era muchísimo más razonable y objetivo que los que se lee por medio de cadenas de WhatsApp: no traen excepciones a comentarios críticos, sino la generalidad del odio, el ataque, la ramplonería y prédica insultante cargada de bajezas, desde la clandestinidad. A Flyntin lo sacaron de la emisora y nunca lo conminaron a rectificar sus dichos.




