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Home Opinión Columnistas

En memoria de José Óscar Córdoba Lizcano

Chocó 7 días by Chocó 7 días
3 mayo, 2021
in Columnistas
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En memoria de José Óscar Córdoba Lizcano

José Óscar Córdoba Lizcano

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Julio César Uribe Hermocillo

Por Julio César Uribe Hermocillo. Tomado de miguarengue.blogspot.com

Pierde el Atrato inmenso, en cuya orilla nació, en el pueblo de Buchadó, un valioso hijo: José Óscar Córdoba Lizcano, hijo de Ricael y Resfa, sacerdote y Misionero Claretiano, de los mismos claretianos que hace más de un siglo llegaron al Chocó y que, como legado centenario y continuación contemporánea de su misión, en mayo de 2006 fundaron en Quibdó una universidad, Uniclaretiana, pensada fundamentalmente para facilitar el acceso a educación superior integral y de calidad a todas aquellas comunidades, hombres y mujeres que han sido sistemática e históricamente excluidos de este derecho. Una universidad de la cual José Óscar era Rector desde hace cinco años.

José Óscar hizo su primera profesión religiosa el 26 de enero de 1991 y su profesión perpetua el 21 de enero de 1996, rituales estos mediante los cuales, quienes optan por la vida religiosa se comprometen públicamente y bajo juramento al cumplimiento de votos de pobreza, obediencia y castidad, que no son más que fidelidad al pueblo y a la causa de la paz y la justicia, como bellamente lo ha explicado el gran Gonzalo de la Torre.

Así quedó José Oscar definitivamente integrado a la vida religiosa como miembro de la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María, conocidos como Misioneros Claretianos. Al año siguiente de la profesión perpetua, recibió su ordenación sacerdotal en Medellín, el 8 de junio de 1997.

Además de sus títulos de pregrado en Filosofía Pura (Universidad Santo Tomás) y en Teología (Universidad Pontificia Bolivariana), mediante los cuales se formó específicamente para la vida religiosa y sacerdotal, y para la misión evangelizadora; ávido de conocimientos sobre su tierra y su gente, siempre estudioso de las realidades socioculturales de las comunidades, José Oscar estudió una Maestría en Antropología, en la Universidad de los Andes, como parte de la cual y como Tesis de Grado llevó a cabo una investigación titulada “Resistencia festiva. Fiesta de San Antonio de Padua en Tanguí (1996-2008) en el contexto del conflicto armado”. En este trabajo, publicado en un libro por la Editorial Uniclaretiana en 2019, con ojos de misionero, de chocoano, de afrocolombiano, de músico, de investigador, de fiestero y jugador de dominó, de educador y atrateño de pura cepa, José Óscar desglosa la estructura de la fiesta de Tanguí y nos muestra y explica -a dúo con las voces de la gente de este pueblo de sus afectos, que es además el símbolo organizativo por antonomasia de Cocomacia- sus elementos funcionales, de orden simbólico y ritual, y “explora los nuevos sentidos que aporta la fiesta a partir de la manera como este pueblo lee, interpreta y resignifica sus símbolos culturales y religiosos en una apuesta colectiva de resistencia, no solo frente al conflicto armado, sino también frente a todos los actores que por una u otra causa lo expulsan del propio territorio”, como lo dejó dicho en la introducción del trabajo.

En un gesto propio de su sencillez en las relaciones con el pueblo, de su compromiso real con el crecimiento integral de las comunidades y de su respeto por el conocimiento tradicional compartido por la gente, José Oscar llegó hasta Tanguí en junio de 2019 para entregarle a la gente su libro como memoria del trabajo compartido. En medio de una inundación, con los pantalones remangados y descalzo, aunque revestido con la casulla y la estola ceremoniales, José Óscar celebró solemnemente y con la gente la misa de San Antonio de Padua, en un templo anegado -como todo el pueblo- por las aguas del Atrato, que periódicamente se meten hasta las propias casas, no solamente porque el emplazamiento se sitúe sobre el dique natural, sino también como un recordatorio lustral de los orígenes de esta cultura de río y selva que desde hace más de 200 años ha garantizado aquí la vida.

José Óscar amaba ser misionero. Estaba convencido de que esta condición de identidad, desde la perspectiva claretiana original de atención a lo urgente, de modo oportuno y por medios eficaces, era una especie de llave maestra para la redención de la humanidad de sus postraciones morales, sociales, económicas, políticas, educativas y culturales; es decir, de todo lo que le impidiera a hombres y mujeres, a niñas, niños y jóvenes, tener dignidad, humanidad, bienestar, plenitud y goce de sus derechos. Por eso, para José Óscar, ser rector, un rector cuya oficina siempre tenía literalmente las puertas abiertas, era ser misionero. Ser amigo era ser misionero. Ser docente era ser misionero. Ser consejero y asesor estratégico de las organizaciones de los pueblos indígenas y de las comunidades negras del Chocó y del Pacífico era ser misionero.

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Del mismo modo que ayudar a la sociedad regional a pensar el desarrollo, a analizar sus problemáticas y a proyectar su futuro, también era ser misionero. Y por eso, ser misionero era también mantenerse actualizado en cuanto a conocimientos y análisis de las ciencias sociales y humanas, de la educación y de la teología, de la filosofía y la antropología, de la música tradicional chocoana y de la danza folclórica que asimismo con gracia y destreza ejecutaba…; con el mismo entusiasmo con el que azotaba sobre la mesa las fichas de dominó, como buen atrateño promedio, en las jornadas de juego de los sábados con los compañeros de Cocomacia ahí en la carrera tercera o con la gente de Tanguí y de Buchadó en los días de sus vacaciones que -sagradamente, como si fuera parte de su misión- sacaba cada año para volver a sentarse en un porche, en un patio, en la orilla, en una champa o en la puerta de una casa a -simplemente- ver al tiempo pasar en la corriente del río y en las palabras y risas y chistes de los parientes, paisanos y contertulios con quienes cada año retroalimentaba sus orígenes y su identidad.

También ser amigo, un amigo generoso, solidario y siempre presente, inmejorable consejero y sin límites leal, era parte de su identidad personal, como nos consta a quienes para nuestra propia fortuna lo fuimos. Parte sustancial de un ser humano que en los cincuenta y cinco años de vida que vivió alcanzó a trazar caminos propios y a sembrarlos con huellas de bondad e inteligencia, de compromiso y fraternidad, de esperanza y de una visión panorámica contagiosa y optimista del futuro, una visión que le permitió siempre sobrepasar las adversidades y ver más allá de las barreras que se interponían entre el bien y el mal, para encontrar medios y caminos a través de los cuales fuera posible avanzar.

Los Claretianos, cuyo compromiso con el Chocó es admirable, pierden un buen misionero. Las comunidades pierden un aliado permanente y un consejero inmejorable. Uniclaretiana pierde un rector cálido, cercano y eficaz. La chirimía chocoana pierde un músico, compositor y director. Los bailes de pellejo pierden un enamorado del pasillo chocoano. El chiste chocoano, que más que chiste es un cuento extenso y narrativo, elocuente y detallado, con una que otra pizca de humor que depende de las habilidades del narrador, pierde uno de sus mejores intérpretes.

Los cantos fúnebres propios y tradicionales de las comunidades negras, como las salves y alabaos, pierden un admirador ferviente y un defensor preclaro. Los líderes indígenas pierden un impulsor constante de su formación profesional. San Antonio de Padua, el de Tanguí, el de los siete milagros al día, ni uno más ni uno menos, pierde uno de sus más entusiastas celebrantes y uno de sus más fieles devotos.

Gracias por tu vida, amigo y hermano José Oscar. Tu ejemplo nos servirá de guía a quienes transitamos por la historia y la memoria de estos ríos y estas selvas, de estas calles pantanosas y polvorientas, al lado de este pueblo y esta gente que -como tú- cada día y desde hace siglos, ha logrado el triunfo de la vida en medio de las adversidades y la muerte. Estarás siempre en nuestra memoria, en ese rincón del alma en donde departen todo el día, aún en nuestras horas de sueño, las mejores cosas de nuestras vidas, nuestros mejores recuerdos.

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