
Por: Rosa Chamorro, escritora y filósofa con especialización en políticas públicas y justicia de género.
Lo primero que me contó parecía improbable, pero así suele acontecer la vida, con la suma de sus casualidades: el día en que mi entrevistado nació, murió su abuelo, llamado José Venancio y ese mismo día cumplía años su padre, quien tenía el mismo nombre. Así que José Venancio Palacios, uno y otro y otro, primero, segundo y tercero, caminan juntos donde el destino se confunde con el origen. Quizás ese día el firmamento estuvo tachonado de estrellas negras. Ésta es una historia a la que un autor prestaría oído y más si todos estos personajes tienen que ver con un territorio que has leído a través de la mirada de un escritor. El territorio es Cértegui, ubicado en el departamento del Chocó, con sus selvas inmensas y donde discurren dos grandes ríos: el Atrato, que fluye hacia el Caribe, y el San Juan, que se dirige hacia el Océano Pacífico. Ambos nacen en la Cordillera Occidental de los Andes, y el escritor que describe esta región es Arnoldo Palacios, tío de José Venancio III.
La primera fotografía que inaugura la exposición “El que vive o ha vivido en el Chocó puede vivir en cualquier parte del mundo” es la de Arnoldo Palacios en el río Cértegui, sometido al imperio de las aguas, su rostro redondo vuelto hacia la cámara. La luz de su sonrisa, que ilumina la foto, procede de ese lugar de la infancia donde transcurren los verdaderos afectos. Esa imagen, que se ha tornado eterna, fue capturada por José Venancio, su sobrino, quien al apretar el obturador no solo fijó un instante en el tiempo, sino también el sentimiento profundo de quien ama a su tierra.
Conoció a su tío a los diecinueve años, pero no por falta de historias, porque antes llegaba a él a través de las palabras de su abuela Magdalena, y desde ahí se convirtió en su compañero de viajes al Chocó. Y aunque José Venancio III nació en Manizales, cuando llegó a Cértegui entendió que su vida y conexión con el Chocó había empezado antes de su nacimiento biológico. Lo acogió un sentimiento de pertenencia, que más tarde entendería. Y se sintió unido al mundo narrado en las novelas del tío.
Ingeniero de sistemas de formación, gestor cultural y fotógrafo por necesidad del espíritu, ha impulsado proyectos medio ambientales como su participación en la Red de Bosques Urbanos de Cali. Como consejero de Cultura, participó en la reformulación del Plan Nacional de Cultura y colaboró con el Centro de Documentación Afrodiaspórica Muntú Bantú de Quibdó, como parte del equipo organizador de un congreso de museología que reunió voces de toda Latinoamérica
Las paredes del antiguo Claustro San Juan Nepomuceno –hoy Centro Cultural y Museo de Arte de la Universidad del Magdalena en Santa Marta- albergaron recientemente imágenes evocadoras de los paisajes que habitó Arnoldo Palacios. Estos lugares no solo representan una geografía material, como la de un territorio; trascienden para convertirse en paisajes simbólicos, capaces de transportarnos a realidades íntimas como la amistad. Ahondan en la historia y en la memoria de uno de los personajes más importantes de la intelectualidad negra de nuestro país
Comencemos hablando un poco de tu padre, el hermano de Arnoldo Palacios
Mi padre, José Venancio Palacios Mosquera, nació en 1932 en Cértegui, Chocó; cuando tenía 15 o 16 años, por allá en mitad de los años 40, sucedió un episodio de violencia liberal-conservadora en el pueblo: mi abuelo, José Venancio Palacios Martínez, era líder liberal de Cértegui, un patriarca, y un día llegaron los policías conservadores, los llamados “pájaros”, a matarlo; hubo una trifulca en su casa, a él lograron esconderlo y a mi padre lo hirieron, pero logró tirarse a un río con dos amigos, y salir de Cértegui para nunca más volver al Chocó. En travesía por el río Quito y el San Juan llegó a Buenaventura, luego a Popayán, y allí se estableció en un primer momento, terminó el bachillerato, y empezó a recorrer todo el país. Muy conectado con la literatura empezó a escribir, y a trabajar como periodista empírico -aún no existía la carrera universitaria de periodismo en Colombia-; trabajó en El Tiempo y en El Espectador, viajó por muchas ciudades de Colombia, y en una ocasión llegó a Manizales, donde fue director de una emisora de radio; durante un accidente de un camión que se volcó, con muertos, fue al hospital a enterarse de lo que había pasado, y allí lo atendió una señora que le contó la historia del accidente, cuántos heridos había y demás; entablaron amistad, se enamoraron, se casaron, y nací yo, en Manizales.
Un año después, mi padre viajó a Bogotá, y luego a Cali, donde se estableció definitivamente; trabajó en el periódico Occidente, en El País, y en un periódico que fue muy importante en esa época, que se llamaba El Pueblo, allí trabajaron Daniel Samper Pizano y muchos periodistas importantes. Mi padre escribió una novela, que tiene que ver con el episodio de violencia entre liberales y conservadores que él vivió en los años 40, y la tituló “La Noche de los Pájaros”, por el apodo que tenían entonces los policías conservadores.
¿Cómo fue la relación con tu tío Arnoldo y qué momentos memorables tienes con él?
Al tío Arnoldo lo conocí a mis 19 años. Yo había terminado bachillerato a los 18 en Manizales y me fui para Cali a estudiar sistemas. Aunque no lo conocía físicamente, sabía que tenía un tío muy reconocido, que era escritor y vivía en Francia. Mi abuela Magdalena, la madre de Arnoldo y de mi papá, que visitaba esporádicamente a Cali, me hablaba de él. Y en un viaje que hizo Arnoldo a Colombia lo pude conocer. Entonces hubo una conexión inmediata. Él era una persona amable, conversadora, de una calidez y una calidad humana tremendas. Mi tío Arnoldo me invitó al Chocó -siempre que venía a Colombia iba al Chocó, quería estar la mayor parte del tiempo en su pueblo-. Entonces hice el primer viaje a Cértegui.
Cuando entré a la casa de mis abuelos encontré a Arnoldo reunido con la comunidad indígena emberá. Para mí fue impactante conocer las relaciones que él tenía con mucha gente, los políticos y todo eso, pero la que tenía con la comunidad indígena era muy particular porque se trataba de una amistad auténtica, tranquila, de compartir saberes. Arnoldo sostenía que mi abuela, la mamá de él, Magdalena, tenía raíces indígenas. Con Arnoldo viajamos tres horas en lancha por el río Cértegui al resguardo Paredes; todo eso para mí significó una reconexión con mis ancestros. Y en eso tengo una teoría que hace parte de mis creencias, me parece que la vida no empieza cuando uno nace, que realmente en un plano espiritual la vida puede empezar antes, porque nosotros venimos de unos ancestros, a quienes debemos gratitud porque fueron hombres y mujeres que dieron su vida y dieron mil batallas para que nosotros hoy estemos aquí y por eso tenemos unas conexiones y una información, una identidad cultural; hay momentos en que uno la siente, por ejemplo, cuando llegué al Chocó me sentí llegando a casa, y he sentido desde ese momento la conexión profunda con esa tierra, con esas personas, con esa cultura, la siento mía, fue como si hubiera recuperado algo que venía de antes.

¿Crees que esa conexión emocional con Arnoldo y su entorno influyó en tu forma de abordar la fotografía?
En un momento en el que estaba dedicado a mi profesión de ingeniero de sistemas, que es bastante exigente, encontré la fotografía como un respiro y un elemento que le da equilibrio a mi vida, entonces he dedicado una parte importante de mi tiempo a la fotografía documental, a documentar la condición humana. En ese viaje al Chocó llevé mi cámara y empecé a hacer fotos de todo lo que pasaba, de los viajes, del baño en un río con Arnoldo. Si tenemos en cuenta que él sufrió poliomielitis desde los dos años y medio, cuando se lanzó al río a nadar, fue mágico para mí escucharle decir que ahí, en el agua, se sentía libre, porque podía moverse con total libertad sin el problema de las piernas; y ver también la alegría de Pol -el hijo mayor de los cuatro que tuvo Arnoldo con Beatriz Girard-, con el que he tenido una relación casi que de hermandad; Pol no lo podía creer, nunca lo había visto nadando así, en un río chocoano, entonces fue un momento muy feliz para todos, y tuve la fortuna de poder hacer unas fotos sobre eso -de ellas hay una muestra en la exposición-. Abro un paréntesis para decir que Arnoldo tuvo un primer hijo en los años 50 en Francia, del que tuvimos noticia hace relativamente poco, que incluso vino a Colombia, Jean-Luc, fallecido el año pasado; ellos estuvieron distanciados como 20 años, y un dato curioso es que Jean-Luc Palacios se hizo médico ortopedista, no sé cómo llegó a eso, porque no conozco mucho su historia, hablaba poco español cuando vino a Colombia.

Otro momento dulce en la vida de Arnoldo, fue la entrega de la Cruz de Boyacá por parte del presidente del momento, Ernesto Samper, un reconocimiento que fue gestionado por Ramiro Osorio, con el cual tenemos mucha gratitud; recordemos que Ramiro Osorio fue la persona que gestionó la creación del Ministerio de Cultura como lo conocemos hoy, antes era un instituto que se llamaba Colcultura; Ramiro Osorio fue el primer ministro de Cultura, y propuso ese reconocimiento a Arnoldo y también a Héctor Rojas. En ese momento de la Cruz de Boyacá sus familiares estuvimos presentes allí, y fue algo memorable para Arnoldo, que también registré con el lente de mi cámara.

Pasar de la máquina de escribir antigua al computador ha sido traumático para muchos escritores ¿cómo hizo Arnoldo esa transición?
Ése fue un episodio lindo para mí, cuando estaba en Cali, unos años antes de viajar a vivir a España; Arnoldo vivía de una manera muy sencilla en Francia, le regalé un computador, -el primer computador que él tuvo-; se lo regalé aquí en Colombia. Llegó al aeropuerto de Bogotá, con la caja del computador y su maleta con ropa; allí le dijeron “señor usted lleva sobrepeso de equipaje, tiene que elegir, o deja su maleta o deja el computador”, entonces dijo “me llevo el computador” y dejó la maleta con la ropa. Fue una gran cosa para él y para sus hijos ese contacto con la tecnología, porque en Francia en ese momento, una cosa extraña, no tenían ese aparato en su casa; estamos hablando de los años 90, computadores que traían Windows 95, eran muy grandes, con pantalla monocolor.
Él siempre me agradeció que le hubiera dado ese contacto con la tecnología; empezó a escribir en su computador y luego se compró un fax allá, porque siempre le gustó enviar muchas cartas; las escribía a mano y las enviaba por fax, sus hijos las respondían por fax. Escribía mucho, incluso en la muestra que tenemos de la exposición fotográfica he aportado unas cartas que escribió a mi abuela en 1950; hay un dato sobre este tema y es que gran parte de su conocimiento sobre Europa lo compartió en cartas con Manuel Zapata Olivella sobre lo que pasaba en los movimientos afro en el mundo, de toda la movida que había en Francia con los movimientos independentistas. De todo ese conocimiento surgió una parte de lo que fue Changó el Gran Putas. Zapata Olivella participó con Arnoldo Palacios y con Germán Arciniegas en el Congreso Negritudes con América Latina que organizó en 1974 el presidente de Senegal, Leopold Sedar Senghor, y años más tarde, en 1977, Zapata Olivella organizó, en Cali, el Primer Congreso de la Cultura Negra de las Américas.
¿Qué conociste de la vida de Arnoldo en Francia?
Cuando viajé a vivir a España, Arnoldo me invitó a su casa en Francia, en Fiquefleur-Équainville, una población pequeña en la provincia de Normandía, donde hubo el episodio histórico del “Día D”, el desembarco de las tropas americanas en la Segunda Guerra Mundial, y cuna de una corriente artística, el impresionismo. Es una zona con paisajes naturales muy hermosos y él vivía allí; el gobierno francés le dio una casa antigua, de 300 años, reconstruida, con techo de paja; vivía feliz en esa casa como si estuviera en el Chocó. Nunca se despegó de su raíz, -hay fotos en la exposición sobre la forma como él vivía-. Cuando digo que vivía como si estuviera en el Chocó, no quiero que se malinterprete porque alguien me hizo un comentario desafortunado, que, si él vivía allá en la pobreza, porque mucha gente cree que el Chocó es pobreza, y el Chocó no es pobreza, es un territorio que ha sido empobrecido que es diferente; el Chocó es un territorio lleno de riqueza, no sólo del oro, del platino, sino de la misma condición de sus habitantes, tanto la comunidad afro como la comunidad indígena. Entonces cuando digo que vivía en Francia como si estuviera en el Chocó me refiero a esto del vivir sabroso, un concepto que nació por un estudio de la antropóloga o socióloga antioqueña Natalia Quiceno Toro, una mujer blanco-mestiza que hizo un viaje a Bojayá -ese territorio donde sucedió esta tragedia hace 22 o 23 años- y una anciana afro le dijo que allí lo que querían no era que les llegaran miles de millones de pesos, ni de comodidades, que ellos querían vivir sabroso en su relación armónica con la naturaleza, con el río, con su estilo de vida; eso es lo que se entiende como vivir sabroso, término retomado por Francia Márquez, después usado por ciertas corrientes políticas de nuestro país, malinterpretándolo, como si la comunidad afro quisiera vivir sabroso sin hacer nada, sin trabajar y con un Estado que les dé todo, y eso no es así.
Bueno, Arnoldo vivía en Francia, en su casa de Fiquefleur-Équainville, como si viviera en el Chocó, de una manera muy sencilla, sin ostentaciones, sin lujos. Sus hijos crecieron así, con una mirada muy humanista, se educaron, son profesionales, han tenido una posición muy solvente, gracias a su formación académica, sin decir que viven en la riqueza, o en la opulencia, pero sí con una vida tranquila. Y Beatriz, la esposa de Arnoldo, su compañera, una mujer francesa blanca, que tiene orígenes de la nobleza francesa -por ahí existe el mito de que él se había casado con una condesa, pero no; lo que me dijo Beatriz es que su abuelo sí había tenido un título nobiliario, de su familia que vivía en la frontera entre Francia y Alemania, pero que lo había perdido; entonces Beatriz no era condesa, pero sí hay un ancestro suyo que tiene esa nobleza europea- y Beatriz es una mujer que se rebeló desde muy joven contra toda esa jerarquía y ese estilo de vida. Ella me contó que en un primer momento de su adolescencia quiso ser monja, y luego se dedicó a la labor social, y en una de esas misiones sociales llegó a Colombia. En Bogotá, de regreso a Francia, se conoció en un ascensor con Arnoldo, se flecharon y se hicieron pareja, tuvieron cuatro hijos, y vivieron prácticamente toda su vida juntos; todo esto hace parte de un documental que hicimos en el 2018, que se llama Arnoldo Palacios el Hombre Universal, para el que aporté toda esta investigación de la vida de Arnoldo, haciendo parte del equipo técnico que lo produjo; yo no fuí pero el equipo si viajó a Francia a entrevistar a Beatriz y ella contó toda esta historia, que también la cuentan los hijos.
¿Cómo fue el encuentro de Arnoldo con los libros?
Recordemos que él sufrió de poliomielitis a los dos años y medio, de manera que no pudo jugar como juegan todos los niños, le tocaba quedarse en uno de los espacios de la casa, muy cuidado por la familia; lo que él relata es que empezó a leer todo lo que caía en sus manos, y entonces entre esas primeras lecturas, hay que mencionar que el médico del pueblo un día le pasó el Vademecum, la descripción de todos los medicamentos y para qué servían, un libro muy grande, un libro técnico que usaban los médicos, eso le dio un acervo de conocimiento; él leyó también la Biblia, un libro muy vetado en su lectura, que estaba en las casas en un altar, y él no entendía, siendo niño, por qué estaba en ese altar, que era como un objeto de veneración, entonces un primo, José Laó, escultor importante, le explicó que era un libro que él podía leer; él narra eso en Buscando mi Madredediós.
El profesor Darío Henao, de la Universidad del Valle, muy amigo de Arnoldo, le hizo varias entrevistas; en una de esas hablan de por qué Las Estrellas Son Negras es una novela que recoge la vida del personaje en 24 horas; eso tiene un antecedente que es Joyce, en quien se inspira para plantear de esa manera su novela, 24 horas en la vida de un personaje, que no es fácil, y que para la época, años cuarenta, es un recurso literario bastante significativo para la literatura colombiana; entonces Joyce le influencia. En mis conversaciones con Arnoldo, me contó que cuando él viajó a Francia, a Polonia, Noruega, la Unión Soviética de los años cincuenta, aprendió seis idiomas, entre esos ruso y polaco, y empezó a nutrirse de toda esa literatura, francesa, rusa, polaca -aquí en la exposición tenemos un libro, donde traduce una poeta polaca al español-, por la facilidad que tenía de aprender esos idiomas.
Hay un episodio en la vida de Arnoldo que poco se conoce y es necesario investigar y escribir sobre él, que tiene que ver con los años cincuenta en los que vivió en Francia, en donde surgió una revista, Présence africaine (Presencia Africana, en castellano), que existe todavía, que recoge todas las voces de los intelectuales africanos, incluso americanos, de los movimientos independentistas de las colonias francesas en África. Entonces, en Présence africaine se reunió toda esa intelectualidad, Arnoldo colaboró con esta revista y allí conoció a personajes como el poeta Leopold Sedar Senghor, quien hizo parte del movimiento de independencia de Senegal, y fue el primer presidente de este país durante veinte años.
En la revista desarrollaron una amistad tan profunda que el hijo menor de Arnoldo se llama Leopoldo, un homenaje que Arnoldo le quiso hacer a Senghor. Conocíó también a Frantz Fanon, referente intelectual importantísimo para el movimiento de las negritudes, que tiene libros como Los Condenados de la Tierra, Piel Negra Máscaras Blancas. Fanon le mostró a Arnoldo el manuscrito de Los Condenados de la Tierra, y le contó las dificultades que tenía para publicar ese libro, que finalmente se convirtió en un referente para toda la comunidad afro-diaspórica. En Présence Africaine fraternizó también con Aimé Césaire y Cheikh Anta Diop.
A Francia también llegaron, en los años cincuenta y sesenta, dos americanos, James Baldwin y Richard Wright, que en los Estados Unidos hicieron parte de la intelectualidad que organizó el movimiento por los derechos civiles, liderado por Martin Luther King Jr., y que tenía también esa base de conocimiento que estos dos escritores trajeron de Francia hacia Norteamérica. Arnoldo Palacios hizo parte de la intelectualidad que fue el núcleo de esos movimientos independentistas, con repercusiones en África y en Estados Unidos, de lo cual poco conocemos, y también escribió para Présence Africaine, la revista que los aglutinó a casi todos; es un orgullo saber que una mente colombiana participó de toda esa creación.
¿Cómo fue particularmente la relación de Arnoldo con Manuel Zapata Olivella? ¿Conoció a Teresa Martínez de Varela?
Zapata Olivella y Arnoldo se conocieron en los años cuarenta en Bogotá; y aquí cabe el relato de una situación anecdótica: cuando en los sucesos del 9 de abril de 1948 se le quemó a Arnoldo el manuscrito de Las Estrellas son Negras, Zapata Olivella fue uno sus amigos que le impulsaron para que la volviera a escribir, le dio apoyo emocional, y Arnoldo la reescribió en tres semanas. Tenemos una foto muy bonita, que la recuperó Darío Henao del archivo de la familia Zapata Olivella, en donde están ellos dos muy jóvenes. La podemos usar para ilustrar esta entrevista.

Yo no tengo muchos recuerdos directos de los comentarios de Arnoldo sobre Zapata Olivella, pero sí sé que la amistad fue profunda y larga, y que venía de la juventud, como dije, desde los años cuarenta.
Con Teresa Martínez de Varela, había una relación también. Se conocían, de su vida en Quibdó, incluso una tía mía, hermana de Arnoldo, Elba Palacios, era comadre de Teresa Martínez de Varela. Mi tía me habló mucho de ella, de que se visitaban con frecuencia en Bogotá. Entonces, sí, esa relación existió.
¿Hay textos inéditos de Arnoldo Palacios?
Sí, sobre las novelas inéditas, lo que me ha comentado mi primo Pol, el hijo mayor de Arnoldo y Beatriz, es que ellos tienen allá en Fiquefleur, en la casa que Beatriz heredó de su familia noble, un baúl donde al parecer hay obra inédita de Arnoldo. Dentro de todo lo que hemos estado haciendo por mantener viva la memoria y la obra de Arnoldo, estamos tratando de que esos escritos se den a conocer. Se ha conseguido por ejemplo que aquí en Colombia Las Estrellas Son Negras vuelva a editarse por Planeta en español. Hay también un proyecto para publicar una edición de esta novela en francés, que se ha conseguido este año con la participación del Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes, a propósito de la conmemoración del centenario de Arnoldo. Hay gente que dice que Las Estrellas Son Negras ha sido traducida a muchos idiomas, pero no es cierto; Arnoldo sí ha sido muy estudiado por muchas personas del mundo académico, sobre todo de Estados Unidos y de otros países y sobre esos estudios hay textos en francés, en inglés; hay también una versión de Buscando a mi Madredediós en francés, -la primera edición que se hizo fue en francés- que se llama Les Mamelles du Chocó, algo así como los pechos o los senos del Chocó, refiriéndose al oro y al platino; se puede ver un ejemplar de esa edición en la exposición itinerante. Pero de Las Estrellas Son Negras no tengo referencias de que existan versiones en otros idiomas, en inglés o en francés, apenas ahora se va a editar por primera vez en francés.
¿Cómo era la relación de Arnoldo con la familia?
Él fue siempre el máximo referente familiar, por la connotación de su actividad literaria. Mi padre, que fue periodista y escritor, lo tenía como su referente. Tengo que hablar aquí de Elba Palacios, quien fue la primera profesora graduada de una Escuela Normal que tuvo Cértegui y se dedicó muchos años a escribir poemas, y de esos poemas, en 2017 o 2018, con la ayuda de Beatriz, publicamos un libro que se llama La sangre no se hace agua, una expresión que ella usaba mucho, una expresión chocoana referida a que el vínculo familiar es un vínculo perenne, el vínculo de sangre que tenemos en la familia chocoana no desaparece bajo ninguna circunstancia. Elba tiene muchos poemas, que su hija Janet me entregó, tengo la custodia de esos manuscritos, hemos publicado ese primer libro, pero hay más cosas para publicar de Elba Palacios; ella también consideraba a Arnoldo como su referente; mi padre y Elba siempre tuvieron la ilusión de que Arnoldo les ayudara a publicar, pero Arnoldo no tenía ni el dinero, ni las capacidades para eso, a duras penas luchaba por ser reconocido y porque se conocieran sus escritos, entonces no tuvo la posibilidad de ayudarles a ellos con las publicaciones .
Elba Palacios también escribió un poema que se convirtió en canción, que se llama La Mujer Chocoana, y la orquesta La Chocoanísima, con Lili Ibargüen, la grabó. Mi tía Escila, hermana de ellos, hizo un poema a la Virgen de la Candelaria, -todos los pueblos chocoanos tienen un patrón o una patrona que hace parte de las figuras de la iglesia católica-, patrona de Cértegui, que es el himno que aún hoy se canta en este pueblo, lo cantan sobre todo las señoras mayores en las fiestas patronales, a finales de enero, principios de febrero; ese himno de la Candelaria fue compuesto por Escila Palacios.
¿De dónde viene esa vena de escritores?
Fueron siete los hijos de mi abuelo José Venancio Palacios Martínez con Magdalena Mosquera, y cuatro de ellos escribían; posiblemente la vena de escritores viene de mi abuelo, patriarca liberal y líder de la zona como he dicho, quien recibía siempre el periódico y mucho material literario que le llegaba; en la casa se fomentó la lectura desde pequeños en todos ellos, y para poder escribir hay que leer. Todos los escritores deben ser buenos lectores, no significa que todos los lectores sean escritores, pero no se puede escribir sin leer.
Arnoldo era oriundo del Pacífico chocoano, pero tenía lazos con la intelectualidad caribeña ¿qué aspectos destacas de esa relación con el Caribe?
Sobre el tema de la relación de Arnoldo con el Caribe, ya mencionamos la amistad que él tenía con Zapata Olivella, pero hay otro episodio que tiene que ver con García Márquez y el mito de que atacó a Arnoldo: al parecer Gabo sí escribió en su juventud un artículo crítico sobre Las estrellas son negras, mencionado por cierta intelectualidad para la que era molesto que un escritor negro chocoano escribiera en los años cuarenta una novela tan confrontadora. Pero lo que muchos no saben es que cuando Arnoldo recibió la beca para irse a Francia, viajó de Bogotá a Cartagena para tomar un barco que lo llevara a Europa y García Márquez fue la persona que lo acompañó al barco para darle el último adiós; incluso escribió una reseña en el periódico El Universal en el año 49 o 50, donde menciona que el escritor Arnoldo Palacios llegó a Cartagena para emprender un viaje hacia Francia; entonces no eran enemigos como alguna gente dice que lo eran.
¿Hay algo en particular con lo que quieras cerrar esta entrevista?
Sí, me gustaría destacar un concepto filosófico que acuñó Arnoldo, para mí es muy profundo, que es el del hombre universal. En una entrevista que le hizo Amalia de Pombo, quien fuera directora del Hay Festival, Arnoldo le dijo que en un congreso se encontraba con gente que nació en Estados Unidos, o en Europa, y hablaba sobre el origen del hombre y que no importa el color de la piel, la posible discapacidad física o lo que sea, nosotros como seres humanos, tenemos que llegar a un punto de desarrollo en el que nos sintamos conectados con toda la humanidad, ese es el concepto de hombre universal, y es importante, porque cuando estamos hablando de luchas identitarias étnicas, muchas personas pueden quedarse solo en el tema del color de la piel y discutir quién es más negro que quién, o dependiendo de si mi tez es más oscura o más clara tengo más autoridad para hablar de temas afro; creo que es importante hacer el viaje identitario a partir del autorreconocimiento del color de la piel, del pelo -por ejemplo, las mujeres negras no necesitan alisárselo para cumplir con ciertos patrones de belleza-. Ese proceso de reconocimiento es un proceso interior, profundo, y hay que hacerlo, saber de dónde vengo, el tema de la diáspora, pero no quedarse allí, no convertirse con ese pensamiento en un gueto, en un tema que sea excluyente también para personas con otro color de piel, que sean más claritas o que vengan de otros orígenes, no limitarse a eso. Arnoldo nunca se limitó a eso, de hecho, su esposa, Beatriz, es una mujer blanca con ascendencia nobiliaria; entonces ese concepto de hombre universal es algo filosóficamente muy profundo y Arnoldo Palacios lo encarnó.
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