
Por Julio César Uribe Hermocillo. Tomado de El Guarengue. https://miguarengue.blogspot.com/2025/12/el-pesebre-de-los-que-no-teniamos.html
Hermoso como la alegría que nos producía ser testigos y partícipes de su elaboración y tan inmenso que no nos cabía en la cabeza, ni en todas las cabezas juntas de todos los pelaítos del barrio; el pesebre de la familia Cristancho Olier —en su fabulosa casa de la carrera cuarta entre calles 26 y 27, en el vecindario de Munguidocito— es un clásico de la memoria navideña de nuestra infancia quibdoseña de hace más de medio siglo.
En torno a aquel inolvidable pesebre, del que tanto disfrutamos, nos reuníamos las niñas y los niños de todo el vecindario cada noche, entre el 16 y el 24 de diciembre, con familiaridad y desparpajo nacidos de la sincera hospitalidad de los anfitriones y de sentirlo un poco nuestro, algo así como el pesebre de todos los que en nuestras casas no teníamos pesebre.
Ocupaba casi la mitad de la amplia sala de la casa, con su reluciente y fresco piso de mosaicos ajedrezados, su ventana panorámica de madera hacia la calle y un pasillo interno que recorría la casa por la mitad y, desde el cual, sin que fuera necesario entrar, se avizoraba un patio repleto de árboles, arbustos y matas, entre los cuales se elevaba airosa una palma de coco que superaba la altura del techo de zinc a cuatro aguas.
Su montaje e instalación empezaban por lo menos una semana antes de que comenzara oficialmente la novena, bajo la dirección de la dueña de casa, la señora Estela Olier de Cristancho, quien con sus propias manos, su talento y su imaginación —con su esposo, su hermana, sus hijos e hijas como ayudantes principales y algunos de nosotros como ayudantes de los ayudantes o ayudantes secundarios— llevaba a cabo de modo prolijo y detallado las principales labores de diseño y arte, arquitectura y construcción, ambientación, pintura y decoración, escenografía y puesta en escena, cuyo resultado final era esa maravilla anual que le ponía notas inefables de alegría y diversión a por lo menos quince o veinte días de nuestras vacaciones escolares; ya que —pasada la Nochebuena— la vigencia del pesebre se extendía hasta el 6 de enero, cuando los tres reyes magos (barbudos y solemnes) llegaban por fin, —luego de un prolongado recorrido que cada día avanzaba uno o dos centímetros por los caminos de aquellas colinas, aldeas, campiñas y rebaños— ante la presencia a la vez humilde y majestuosa de aquel recién nacido sonriente que descansaba en un lecho mullido de espirales relucientes de viruta de madera y aserrín, sobre una pequeña estructura de chamizos diminutos y palillos de guadua labrados con esmero y devoción.
Cada noche, al finalizar la novena, la señora Estela repartía caramelos, golosinas y dulces, al igual que pequeños y sencillos regalos; teniendo siempre el cuidado de que nadie se fuera de su casa sin haber sido premiado aunque fuera con un confite de anís anaranjado, uno de banana blanco, amarillo o rosado, y uno rectangular de refrescante menta verde; o con un juego de Yas o un pequeño trompo plástico empacados entre una bolsita transparente, unas cuantas bolas o canicas, una muñeca diminuta y monocromática de pasta, un pito ruidoso y rinco, un balero de pasta o alguna estampa religiosa alusiva a la navidad.
El último día, el 24 de diciembre, cuando la Novena se prolongaba un poquito más de la cuenta, pues ese día había licencia para trasnochar, advenía el que para nosotros era el premio mayor: la señora Estela, cuyos pudines o pequeños ponqués gozaban de fama en todo el pueblo por su exquisito sabor y su fino aroma, su delicada manufactura y su incomparable textura esponjosa y suave, nos regalaba un pudín a cada uno, además de los confites a granel y los regalos pequeñitos.
Y de ñapa rifaba entre la feliz concurrencia infantil una serie de regalos de mayor calibre, tales como un colorido juego de lotería, tres tomatodos, una firulina, una pelota de letras de las más grandes y un balón de caucho mediano, dos muñecas de las que abrían y cerraban sus ojos grandes con pestañas, según se las sentara o acostara, y un completo juego de cocina que durante mucho tiempo hizo las delicias de nuestros juegos infantiles en los andenes de esa calle, pues traía ollitas, cacerolas, platos y tazas, todos de aluminio o latón; de modo que niñas y niños simulábamos con matas, semillas, hojas, musgo, raíces y hasta arena fina y piedrilla, los alimentos que dizque comprábamos en la tienda, cocinábamos, servíamos y comíamos, utilizando agua sacada de los charcos de la calle después del aguacero o de los tanques de aprovisionamiento de los patios de las casas, y con pequeños fogones de leña que improvisábamos con cualquier elemento que nos sirviera para simularlos…; cumplido lo cual, hasta nos acostábamos en el piso, que en el juego era nuestra cama, para dormir hasta el otro día, cuando debíamos levantarnos a trabajar.
Alrededor de ese pesebre, que parecía una lección de geografía por la perfección de su diseño en cuanto a topografía, relieves y escarpes, niveles y altitudes, o una clase de artes, por la belleza y creatividad de sus decorados, la disposición de todos sus elementos, la coherencia y el colorido de sus diversos paisajes, personajes, objetos, animales y plantas; cantamos los villancicos y canciones mejor entonadas que uno pueda recordar de su infancia, incluyendo el bolero son del Columpio del amor (“este es el columpio del amor, este es el vaivén arrullador”); quizás porque ahí —en esa casa— todos eran cantantes y músicos: no en vano fue allí donde creció Nicolás Cristancho (Macabí), el portentoso primer pianista que tuvo el Grupo Niche.
Fue allí también donde los jóvenes y las jóvenes de la casa (Manolo, Teodoro y Chucho, Julia Rosa y Susana) nos explicaban a los más pequeños (incluyendo a su hermano Nicolás y a sus hermanitas Matea y Ana Marta) cuál de esos animalitos que nosotros nunca habíamos visto —y en muchos casos todavía nos demoraríamos muchos años para ver— era una oveja, cuál un cisne, cuál un pato, cuál una vaca, cuál un camello, cuál una mula y cuál un buey; así como nos hablaban del desierto, que en el pesebre estaba perfectamente hecho con una mezcla de arena amarilla y de arena café; y de la reluciente Estrella de Belén, que era una especie de Lucero de Quito (la estrella vespertina que se asomaba al anochecer en la desembocadura del río Quito al río Atrato, en Quibdó, y que permanecía hasta el alba).
Y nos enseñaban que los trocitos de espejo eran lagos y los tapices y revestimientos de musgo verde y fresco eran praderas donde pastaban los rebaños y donde la gente de las casitas sembraba y cosechaba su comida y la de sus animales.
Nos explicaban el complejo asunto de la presencia de la mula y del buey en plena cuna del niño Jesús, el enredo de los reyes magos guiados por aquel lucero y trayendo algo que sabíamos bien qué era (oro), algo que no entendíamos cómo podían traerlo si era un humo o sahumerio oloroso que abundaba en la iglesia durante las solemnidades de semana santa (incienso) y algo de cuya existencia no teníamos ni sospecha (mirra); y nos hablaban del carpintero José, de su esposa María, que era prima hermana de Isabel e hija del señor Joaquín y de la señora Ana, que venían a ser abuelos del mismísimo hijo de Dios, ese a quien —con palabras y rezos que nosotros no atinábamos más que a repetir, ahí en torno al pesebre de la Señora Estela— habíamos homenajeado durante nueve días para animarlo a que naciera y, de paso, nos trajera unos cuantos regalos por humildes que estos fueran.




