
Por Alfonso Carvajal
Toda gran partida deja un legado. Entre el mesianismo, su amor por el Chocó, la docencia, la literatura y la política, transitó Carlos Arturo Caicedo Licona. Nacido en Quibdó en 1945, murió el pasado 19 de junio, de 77 años, a orillas del río Atrato. Fue un intelectual luminoso, de un ego igual o mayor a su conocimiento; poseía la magia oral de sus ancestros africanos, donde el lenguaje del río, la selva húmeda tropical, la lluvia repentina y estrepitosa, los mitos de su gente, alimentaron su espíritu inquieto y rebelde.
Fue licenciado en Biología y Química y fue profesor de Ecología de la Universidad Tecnológica del Chocó. De la estirpe de Arnoldo Palacios, Las estrellas son negras, y Rogerio Velásquez, Las memorias del odio, algún día en las Fiestas de San Pacho, exclamó airoso, “la chirimía salvó la patria”.
Conoció integralmente, ese paraíso perdido, que es el Chocó. En sus contradicciones, en su alegría y vicisitudes, en esa naturaleza rica e imponente, con dos mares bordeando sus formidables espaldas, muchas veces fallida para sus pobladores originales. La política fue su caída y desvarío; le cabía el Chocó en su humanidad, pero su incursión en ese ejercicio mal habido de los partidos tradicionales, le mutilaron su ambición de darle a su terruño un camino de libertad y prosperidad. Su obsesión por Manuel Saturio Valencia, uno de los pocos mitos autóctonos del Chocó, héroe trágico, Hamlet negro, extraviado en la selva, donde realidad y ficción se disuelven, creó el periódico “Saturio”, que tuvo 29 ediciones.
Obras como Historias de mi barrio, La guerra de Manuel Brico Cuesta, El Chocó por dentro y su mayor cosmovisión narrativa, Glosa paseada bajo la lluvia y el fuego, en el cual los diluvios y los truenos, son una sinfonía exuberante, pero sobre todo “la noche, esa noche definitiva de la selva chocoana, sin pasado ni presente ni futuro, esa noche absoluta”, como señaló Daniel Valois Arce. O un “relato épico de la chocoanidad”, en palabras de Julio César Uribe Hermocillo.
Al final Carlos Arturo deambulaba por las calles como un Mesías trunco y marginado, vendiendo papelitos con una excelsa caligrafía, dando ideas para salvar al Chocó.
Se ha ido Caicedo Licona, para quedarse, para extenderse. Esos chorros lúcidos de esperanza, de cambiar la historia, deben alimentar a las nuevas generaciones. Sin retomar los antecedentes no hay destino que florezca.



