
Por Rosa Chamorro. Magíster. en Estudios Afrocolombianos. Autora de los libros: Luna en Fuego y la Sierra Negra.
Se llamaba Natanael Díaz y murió a los cuarenta y cinco años en Cali. Fue el 14 de julio de 1964. De quienes lo conocían entonces, la mayoría ni siquiera se detuvo a pensar; para algunos, su muerte obedecía a una decisión de arriba y lo siguieron diciendo, todavía muchos años después.
Natanael, tu existencia como personaje público reconocido llegó a su mayor desarrollo cuando eras congresista por el MRL; ya había pasado todo cuanto forjó tu carácter: tu participación, con otros estudiantes afrocolombianos provenientes de las costas del Pacífico y el Caribe, en la juvenil protesta que en 1943 abrió paso en la provinciana Bogotá al Club Negro, la primera organización dedicada a defender la existencia y el aporte a la sociedad que hacen las personas negras en Colombia; también el amor, y los hijos; y habías escuchado cantar a Marian Anderson, con una voz que a los humanos sólo les está dado oírla cada cien años; y habías conocido a los que serían tus amigos, como Manuel Zapata Olivella, Josephine Baker, y también a tus implacables enemigos, -no había nadie peor como enemigo que el propio Presidente de la República-, primero Mariano Ospina Pérez, y luego Laureano Gómez; y la cárcel, a donde fuiste conducido porque habías convocado a los macheteros del Cauca a levantarse después del asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán; habían transcurrido episodios claves, como tu deserción de las filas del liberalismo oficial, por apartarse de su tradición de partido del pueblo; la histórica huelga de trabajadores azucareros dirigida por Fedetav, de la que fuiste uno de los impulsores.
Y habías vivido los horrores de la época conocida como “la Violencia”, la dictadura militar y la catástrofe del 6 de agosto de 1956 cuando un camión de dinamita explotó en Cali.
Y la huelga de los trabajadores de Avianca que habría de convertirte, contra la quietud de la muerte, en una leyenda viva.
Fue en 1961, ante la intransigencia de la aerolínea, que se negaba a negociar el pliego de peticiones del sindicato, que sus trabajadores convocaron a una huelga de hambre de la cual formaste parte; de hecho, esa dura experiencia dejó algunas secuelas físicas pero no mermó tu fortaleza, la que siempre había estado allí a la espera de ser llamada; se la habías heredado a tu abuela María Crisóstoma Carabalí, que llevaba la marca de carimba en la espalda y cuyos padres habían sido esclavizados por la familia Arboleda.
Tus contundentes palabras aún deben resonar en la tumba del poeta esclavista: “Mi abuela, una mujer hija de esclavos, en cuyas espaldas debió leerse muy claramente la marca correspondiente a ese monstruo que se llamó Julio Arboleda sobre la carroña del cuál habré de levantarme algún día”.
Y como aquella vez que siendo niño te enfrentaste a la mirada racista de tu maestra y fue entonces cuando tu abuela te enseñó esta copla: “El que de negro me trate, me pone una gran corona, porque de negro se viste el Santo Papa de Roma”, que repetirías una y otra vez, como una letanía.
Natanael, haber sido descendiente de tu abuela, te daba una perspectiva única, la de un idealista libertario. Esta perspectiva que te mantenía unido a los que denominabas como los tuyos, que no se circunscribía al territorio que habitabas, de eso dan cuenta la marcha de 1943, tus futuras relaciones con Marian Anderson, tu amistad con Josephine Baker, tu admiración por Paul Robeson, entre otras, y también las reuniones que sostendrías en Bogotá con los haitianos que conspiraban para derrocar al dictador François Duvalier, igual que tus poemas, como el canto al Negro Marín, al que considerabas héroe del pueblo, o el poema “No conozco el mar”, o tus columnas en el semanario Sábado, o como ese bello texto lirico que escribiste en homenaje a Cartagena con motivo de la entrevista que le hacías al liberal progresista Alfonso Romero Aguirre.
Sí, a Cartagena, el lugar al que llegaron en la época de la Colonia, en los barcos negreros, las personas esclavizadas, “Entre la sangre que circulaba por las venas de los esclavos –decías–, yo debí ser apenas un leve sueño, un germen estremecido por el anhelo de libertad… El día que fuera a hablarse de la capacidad de los míos para los actos heroicos, bastaría citar el sitio de Cartagena.

Y tampoco habías tenido una vida igual al resto del común de los mortales, hay que decirlo. Se te veía fuerte y elegante como cuando bailabas paso doble luciendo tus vestidos de corte francés; y tenías la palabra oportuna, como aquella vez en el recinto del Senado cuando llegaste y un colega te dijo “Llegó Natanael, se oscureció el Senado” y respondiste “Pero se iluminaron las mentes”.
Y por tus discursos, tan celebrados, a favor de las clases trabajadoras y campesinas, te habías ganado el apodo de Gaitán Negro, eso llamaba la atención inevitablemente, y también habías atraído la mirada recelosa de Alfonso López Michelsen, con quien tuviste desacuerdos ideológicos después de haber sido, junto con él y con otros liberales insumisos, los fundadores del Movimiento Revolucionario Liberal -MRL- que alcanzó a estremecer la política colombiana en los comienzos de la década del sesenta del siglo pasado-.
Al final de tu vida abandonaste el MRL, pero nunca las ideas liberales, ellas te acompañarían hasta la muerte, que te llegó tempranamente mientras defendías, como abogado que eras de los más humildes, el derecho de los campesinos a la tierra en tu natal Cauca; ya habías presentido su llegada cuando escribiste:
Sólo la muerte ronda mis jardines nocturnos/Mi sed de devorantes candelas apagadas/Mi suspiro, hondo sollozo agonizante/Mi río de silencio, las palabras perdidas/más allá de la piedra que erigen las estatuas …/Sólo la muerte mira con sus ojos sin ojos/¡y es honda su mirada, más honda que su nombre!
El dirigente liberal del Valle del Cauca Elías Salazar García, diría de ti, en un sentido panegírico pronunciado el día de tu entierro, que habías amado y servido a tu comarca con vocación de abnegado, que habías buscado afanosamente la igualdad para la gente de tu color, que eras hidalgo en el combate, generoso en la victoria, sereno en las derrotas, porque habías batallado con castidad banderiza, y que ahí, bajo la tierra, solamente estaban dejando el labio que fue cráter, el corazón que fue magnánimo, la cabeza que fue volcánica, los brazos y manos que fueron martillos y banderas, porque el nombre de Natanael Díaz iba a vivir siempre en el santoral laico del Cauca Grande.
Bibliografía
Castillo, L.C. Natanael Díaz, un poeta en los laberintos de la política, 2022, Editorial Crítica
Flórez Bolívar, F. J. La Vanguardia Intelectual y Política de la Nación. Historia de una intelectualidad negra y mulata en Colombia, 1877-1947 (2023), Editorial Crítica
Pisano, P. (2014). Movilidad social e identidad “negra “en la segunda mitad del siglo XX. Universidad Nacional de Colombia. Disponible en:
http://www.scielo.org.co/pdf/achsc/v41n1/v41n1a07.pdf
Pisano, P. (2012). Liderazgo político “negro” en Colombia, 1943-1964. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia.




