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Home Cultura Literatura

Cómo ganarse un apodo

Chocó 7 días by Chocó 7 días
17 septiembre, 2022
in Literatura
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Cómo ganarse un apodo

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Cómo ganarse un apodo

Crónicas y anécdotas de Álvaro Paz Cañadas (IV)

Reproducido por Neftalí Rengifo Yurgaqui

Neftalí Rengifo Yurgaqui

¿Quién creó los apodos?: No lo sé y es posible que usted tampoco; simplemente los repetimos sin preguntarnos su origen primigenio, por ello, acudí al Dr. Google para que nos auxiliara en esta incógnita y de paso preguntarle ¿por qué hay tantos apodos con la letra ch, inicial del nombre del departamento del Chocó? En el español virreinal había multitud de apodos, que tenían relación con el origen del individuo: hacían referencia al pueblo de donde venía, a su oficio o a características físicas, y a la postre se constituyeron en hipocorísticos, que son acortamientos del nombre propio que identifican a una persona, como Nacho, Pacho, Pacha, Picho, Pocho, etc. Antes, más que ahora, en los pueblos solía sustituirse el nombre propio de cada uno por un sobrenombre, mote o apodo que los convecinos se ponían unos a otros, haciendo gala de su ingenio y buen humor. Ingenio para ponerlos; buen humor para aceptarlos.

¿Por qué la gente pone apodos?: Por cariño o ganas de joder al otro. Los apodos marcan a la persona y más aún cuando se toma una característica física. Para ser asertivo es importante exaltar una cualidad o habilidad e interpretar que la persona se siente bien para no herir. Los apodos más comunes están vinculados a cuestiones corporales o con expresiones llamativas o repetitivas de la persona. Su uso puede ser simplemente apelativo, pero también discriminatorio o agresivo. Los apodos van acorde con la etapa de la vida, y pueden ser de carácter positivo o negativo.

¿Qué pasa con la identidad de una persona cuando se utilizan apodos?

Ciertos apodos pueden hacer parte de la identidad de una persona y otros pueden resultar ofensivos. En muchos casos, un apodo es el inicio de un proceso de bullying o matoneo en las aulas de clase, en el hogar o en el barrio, y por esto la urgencia de abordar el tema con los niños.

¿Por qué hay tantos apodos con la letra ch?: A raíz de un artículo que publiqué en el libro tercero de las “Crónicas de Inocencio & Cándido” dedicado al tío Chuculí (Alberto Enrique Rengifo González, Qepd),  creí que la abundancia de nombres y apodos con la letra ch era una característica costumbrista chocoana y, hasta destaqué cómo en la famosa selección de fútbol del departamento del Chocó, de la década de los 50, denominada “Cariocas del Pacífico”, estaba integrada, entre otros, por algunos personajes que sus apodos iniciaban con la letra Ch: Chuculí, Chucho, Chin, Chirola, Cheo, Charine; Chacatás y otros más. 

En el léxico aprovechamos el aislamiento del fonema ch en el español para generar gran cantidad de palabras: chespirito, chula, cholo, vocho… su sonido no se parece a nada, dijo Concepción Company (investigadora emérita del Instituto de Investigaciones Filológicas (IIF- referido por Leonardo Frías, Ago 2, 2018)

El término técnico de la ch es que es una africada palatal, la única de todo el sistema español. Con ese sonido generamos apodos. Si estamos entre amigos salen las ch de una manera impresionante, porque es el fonema ideal para expresar los afectos y desafectos.

Solo mencionaré algunos apodos chocoanos iniciados con la letra ch para no mencionar los que llevan la ch intermedia o en la sílaba final, porque la lista se haría interminable. Les dejo ese ejercicio y el complemento de los que cito, al lector para que se entretenga un rato:

chan, chave, chava, Chavo, chano, chavico, chacho, chato, chachachá, chandú, chacolí, chapero, charo, charre, chere, chen, cheché, chente, chemo, chema, chencho, chencha, checho, checha, chepe, chepa,  chiripa, chiá, chilá, chichía, chiqui, chichi, chimi, chimilor, chinchán, chiva, chivo, chito, chita, chitopón, chicho, chino, chindo, chico, chiri, chirichiri, chimpa, chimborolo, chon, choí, choco, chocho, chocha, chochó, choconia, chocotica, chonto, chombo, cholo, chola,  chuchú, chungulito, chucha, chuspa, chúpela, chula, chulo, etc., etc…

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Cómo ganarse un apodo

Crónicas y anécdotas de Álvaro Paz Cañadas (IV)

En Cartagena, con la puesta en funcionamiento del Terminal Marítimo, mi papá (Emiro Paz Arriaga) fue nombrado veterinario del puerto por el Ministro de la Economía, ya que no existía Ministerio de Agricultura.

En mis años de pubertad, el Ministro de Educación, doctor Manuel Mosquera Garcés, con lazos familiares con mis padres, estuvo en Cartagena y los convenció para que me enviaran a su casa y estudiara en Bogotá.

Una vez en la capital, cuando ya cogí confianza en mi nuevo hogar, contaba las ocurrencias de mi niñez y especialmente lo que nos sucedía cada vez que viajábamos en un vehículo que le enviaron a mi papá, cuando crearon el Ministerio de Agricultura. Estaba tan viejo y destartalado que pasaba mucho tiempo en talleres de mecánica. Era una vieja camioneta marca internacional.

Cuando estaba aparentemente reparada, mi papá nos llevaba, (a su familia) algunas veces, en recorrido y el vehículo se dañaba. La gente nos veía empujando la camioneta y se burlaban diciendo: -«Boten esa guanábana», asociando la vieja carcacha con una fruta aporreada al caer del árbol. El nombre caló inmediatamente y ya no le decíamos camioneta sino La Guanábana, y así se quedó. Sin darme cuenta y cuando hablaba con los familiares en la casa del Ministro, y quería referirme a una cosa dañada o hablaba de los viajes en el vehículo que tenía mi papá, decía guanábana. Cuando me preguntaron por qué usaba esa expresión para referirme a la camioneta o cualquier cosa vieja, y como los describía con mi acento costeño, les causaba mucha gracia. Esto condujo a que me apodaran Guanábana y desde entonces ya no me llamaban por mi nombre de pila, sino que decían: -Guanábana nos vamos de paseo. -Guanábana vamos para el Teatro Colón a ver una función. -Guanábana vamos a almorzar. Y Guanábana por aquí, Guanábana por allá.

El comedor en la casa del Ministro era muy grande y tenía una mesa muy larga en la que se podían acomodar doce personas. Generalmente el almuerzo se servía a la llegada del Ministro, pasada la una de la tarde. En días de semana almorzábamos el Ministro, sus hijos varones, sus sobrinos, el médico René Salge, algunas veces Manuel (Manolo) Salge y Luis (Lucho Meléndez, nacido en Barranquilla); Guido Perea  y algún invitado como Monseñor Felipe Álvarez del Pino. Por parte de la esposa, los sobrinos Enrique (Marino) Barriga, Joaquín Camacho, algún otro y yo.

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Los fines de semana, cuando no había invitados especiales y estaban todos los primos hermanos reunidos, Ernesto, el hijo segundo del Ministro, gustaba molestar a Lucho y le decía Dulce Meneo, por su manera de caminar, o Pecueca Agria. Lucho le replicaba diciéndole Boca e’ llanta, porque Ernesto tenía los labios muy gruesos. Marco Fidel, el mayor, gustaba llamar a todo el mundo como cretino, esquizofrénicos boludos o boludas. A Marino Barriga era al que más le cargaban la mano porque el tío Manuel  lo recomendó para ingresar al SIC (Servicio de Inteligencia Colombiano), después DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), y como lo enviaron a la costa, dándoselas de marinero, casi lo matan en la Guajira al enfrentarse a unos contrabandistas. Las horas de almuerzo eran veladas de tomadura de pelo, como dicen los encopetados o pinchados, o de mamadera de gallo, como decimos los demás, y de chistes, siempre que no hubiera un tema de política de importancia.

Después que terminé el bachillerato fui a estudiar a Medellín y muy pocas veces me veía con los familiares de Bogotá, y con el transcurso de los años, el apodo que me habían colocado, me lo decían una que otra vez cuando iba a Bogotá.

Ya de viejo he vuelto a encontrarme con algunos de ellos y recordando esos tiempos en casa del Ministro, algunos que han olvidado cómo se formó mi apodo, me dicen que les cuente cómo apareció, y les refiero la historia que nació del vehículo viejo que el gobierno le envió a mi papá.

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Guanábanas las hubo en Quibdó, y que yo recuerde, entre otras, existió la más famosa de todas: la Chiva de Eusebio, contemporánea con la volqueta de Saúl Valdés, quien la rodaba apagada desde la carretera a loma de la Escuela Normal para ahorrarse el combustible, pero cuando la encendía, los muchachos, en son de burlas, se tapaban los oídos, lo que causaba gran disgusto a su dueño.

Me contó el tío Oscar Rengifo González, radicado en Cartagena, que antes rodaba por las calles de Quibdó otra guanábana a la que su dueño bautizó como “Ciudad de Lorica”, seguramente oriundo de esa tierra de mis afectos donde en mi juventud serví como docente con el apodo de “Cachaco” porque procedía de Medellín. También es la tierra de  Manuel Zapata Olivella, de su hermana Delia y de David Sánchez Julio. Los muchachos corrían al lado de esta última guanábana y la sobrepasaban en velocidad burlándose del despacioso conductor, lo que también causaba gran disgusto al orgulloso piloto.       

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