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Home Cultura Literatura

Cértegui. Por Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera

Chocó 7 días by Chocó 7 días
18 octubre, 2020
in Literatura
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La marca del hierro

Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera

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CÉRTEGUI

Por Arnoldo de los Santos Palacios Mosquera. 2009

“Libro I: Cértegui” en Buscando mi madredediós (Cali: Universidad del Valle) pp. 25-38.

LA FIEBRE PERNICIOSA

No sabría recordar el tiempo ni la impresión de haber caminado niño con mis propias piernas. En cambio no se borrarían de mi memoria las horas en que me desperté en mi camastro sin poderme levantar.

Aún me parece ver a mi mama Nena, sentada a mi lado, la cabeza inclinada sobre mí. De pronto se arrodillaba, me miraba. Había momentos en que sus ojos traspasaban mi cuerpo para, luego, quedarse errantes, completamente desconcertados en ese cuarto sombrío, hirviendo de calor.

“Algo raro le ha pasado a mi muchachito” —susurró—.

Pero aquello continuaba no más siendo algo raro. Mi mama Nena trataba de desentrañar el enigma quizá al observar tal o cual movimiento mío, según mi respiración o la fuerza de la fiebre.

Al principio, pensó que yo me había acostado a causa de pasajero malestar propio de un muchacho que ha pasado toda la mañana corriendo por el pueblo y bañándose en el río.

“Levántate m’hijo a comer” —me repetía—.

El almuerzo estaba servido en la mesa colocada en el caidizo donde se hallaba el fogón, frente a un pequeño huerto de plantas aromáticas, hortalizas, una palma de coco, dos o tres de chontaduro y, sobre todo, un mango y un árbol-del-pan, míos, los dos últimos. A través de las rendijas de la pared de palma picada entraba la luz ardiente del sol. Yo hubiera querido salirme de ese cuarto, de semejante calor.

Mi mamá seguía rompiéndose la cabeza, incapaz de comprender a cabalidad. Sin embargo, intuía el desenlace fatal.

“Levántate m’hijo a comer” —me repetía—.

Había momentos en que mi papá era como demasiado enérgico, impaciente en demasía. Con su caminado rápido, rascándose la cabeza, muestras de haber decidido algo, a unos cuatro pasos de mi mamá, se detuvo:

“Ya se lo dije a usted, Magdalena, que lo deje a él solo levantarse a almorzar. ¿No ve usted, Nena, que este muchachito se nos está volviendo caprichoso?”.

Y como mi mamá no se movió, él me ordenó a mí:

“¡Santos, levántese a comer o lo castigo!”.

Me bautizaron Arnoldo de los Santos, homenaje a mi abuelo paterno, Miguel de los Santos. A mi papá le gustaba llamarme Santos, nomás. Mi mamá abrió tamaños ojazos. Quiso levantarse. Le fallaron las fuerzas. Se serenó. La calma no le duró, dice ella. Quiso echarse a llorar, pero ¿para qué? El golpe acabado de captar, tan brusco fue, que de una vez decidió acatar la voluntad divina.

Mi papá había desaparecido. Seguro, sentado a la mesa nos aguardaba. Mi mamá lo sabía: a él ese furor le venía y le pasaba, como por encanto. Con voz pausada, mi mamá, lo llamó: “Venancio… Venancio… Venga, Venancio… Lo que pasa es que parece que el muchachito no se puede mover…”.

Mi papá debió de dar un solo brinco. En un dos por tres, con el primer bocado de plátano asado, caliente, atravesado entre los labios y los dientes, tratando de no dejar notar el temblor de que se sobrecogió su cuerpo, me metió las manos por debajo de los hombros, sonriéndome, ayudando a levantarme.

“Santos, Santos, párate, pues” —suplicaba—.

Mi mamá permanecía quieta, como pensando.

“Le cayó fiebre mala, Nena. Se nos quedó inútil, Nena” —confesó mi papá—.

“¡Obra sea de Dios!” —exclamó mi mamá—.

“Ahí está San Roque… Con tal que me le salve la vida así como me la salvó a mí, no importa si nos toca lidiar al muchacho, de ahora en adelante” imploró mi papá, fijando sus ojos en un cuadro enmarcado, junto a San Antonio de Padua y a la Virgen del Carmen, encima de una esquinera a guisa de altar.

Yo también miré a San Roque, con su túnica corta, su perro lamiéndole la herida de la pierna desnuda. Dice mi mamá que, a pesar de su confianza en el poder de Dios, casi pierde el sentido ante la idea, no ya de quedar yo inútil, sino de morir. Tampoco le iba a ser dado criar a un hijo varón.

El precedente, Arnoldo Wílfrido, murió y, para perpetuar su memoria, al lado de la de mi abuelo Miguel de los Santos, me habían puesto el primer nombre. Quizá habían procedido mal al darme esos dos nombres de dos muertos.

Mi papá salió en busca de los connotados curanderos del pueblo. Mi mamá, imperturbable, se arrinconó aun más a pedir a sus santos:

“¡Señor Ecehomo, Señor Ecehomo!”.

Mi hermana Ernestina, la mayor, me trajo una sopita de huevos con fideos, para enfermo, casi sin sal ni grasa. Me sentó en su regazo, se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, me iba metiendo las cucharaditas de caldo en la boca. Yo era su adoración.

“No te vas a morí, no, helmanito. Si vó te morís no quera nadie vivo en éta casa, de tristeza”. Ernestina se secaba el llanto, me hablaba:

“Vó no tenés cara de sé angelito… Pero ¡yo no resisto!, ¡yo no resisto!”.

Colocó en el suelo el plato con la cucharita. Me apartó los párpados, me escrutó detenidamente los ojos:

“Dios me perdone; pero yo me tiro a la tumba con él” —murmuró—.

Volvió a meterme en la boca otra cucharadita. De pronto, la cuchara se le zafó de la mano, rodó el plato y Ernestina pegó el grito:

 “¡Madrasta! ¡Madrasta!”.

(Ella, se entiende, no era hija de mi mamá. Mi papá la tuvo con otra señora llamada Sixta. Cuando mi papá se casó, Ernestina tendría unos dos años, le cogió un gran cariño a mi mamá y no fue cuento, sino que se vino a vivir a nuestra casa para siempre). Al resonarle en el oído la voz de Ernestina, igual a un lamento, mi mamá contestó, resignada:

“Está bien… ya sé lo que me quiere decir… Entonces, mi corazón de madre me engañó y el corazón de madre no engaña nunca. Me engañó: me decía que m’hijo no moriría”.

“…Que no muere eso es que le quería decir, madrastica de mi arma… Yo vi que no tiene cara de angelito” —aseguró mi hermana Ernestina—.

Regresa mi papá en compañía de Liborio Cossio M., a quien se acostumbraba distinguir por Licosiome según se apellidaba él mismo, después de escogida tal abreviatura como dirección telegráfica.

Desde el umbral de la puerta se oyen el pisado y la voz de Licosiome saludando y preguntando dónde está el enfermo. Alto de estatura, negro, pero no muy, muy negro, bien vestido, de camisa almidonada, los puños abotonados, calzado, entra al cuarto, se dirige hacia mí, riendo:

“¡Aquí no hay enfermo!”, exclama, en tono jocoso, para significar que no ocurre cosa grave y sembrar con ello una nota optimista en el ambiente.

Me removió las piernas, me observó cuidadosamente los ojos apartándome los párpados con sus pulgar e índice; me hizo abrir la boca, me miró la lengua. Mi mamá, mi papá, mi hermana Ernestina, parados al derredor de Licosiome, ahora dependían por completo de él.

Antes de que él se pronunciara, mi papá, como buscando un pretexto para respirar, le ofreció asiento y mi mamá pidió a Ernestina servirle una taza de café. Licosiome sacó un pañuelo blanco; se quitó los anteojos; limpió los lentes; se los puso de nuevo; se sentó.

“Es tinta y parada la misma enfermedad del hijo del presidente de los Estados Unidos, eso que los médicos fuera de aquí están llamando parálisis infantil. De todas maneras el muchacho no muere; pero se quedará inútil… Mientras tanto lo pueden sobar con bálsamo, de la cintura para abajo…”.

LOS CURANDEROS

Desde temprano el pueblo se queda íngrimo solo; sus habitantes se diseminan en los yacimientos de platino y oro o en las escasas minúsculas plantaciones agrícolas. Regresan hacia las cinco de la tarde. Cundió, pues, la noticia y, al anochecer, nuestra casa estaba repleta del gentío, tal como cuando muere alguien. Hombres, mujeres, niños vociferaban produciendo el desconcierto de la algazara que se forma en una trifulca. Cual más cual menos lanzaba un dictamen.

Mi mamá se hallaba sobreaguando en ese río humano, precipitándosele, cada quien en forma espectacular haciéndose notorio al manifestar su sentimiento. A juzgar por el lenguaje, la amargura de los rostros, mi mamá deducía que le estaban dando el sentido pésame.

“No se acobarde, doña” —decía este—.

 “Dios le está guardando su puestecito a su hijo allá en er cielo” decía aquel.

“Para mí tengo que le dió fiebre mala” —comentaba fulano—.

“¡Que no! Fue fiebre perniciosa” —rectificaba zutano—.

“Tabardillo”. “Lo ojearon”. “Sí señora”.

El piso de madera cimbraba bajo los pesados pies descalzos de los mineros acostumbrados a pisar fuerte sobre la tierra.

Una densa nube de humo llenaba el cuarto, a pesar de hallarse las puertas abiertas de par en par.

“¿Ven cómo é la inviria?”. “Ese niño taba muy helmoso; no poría viví”.

“Tía Felisa sabe curá el mal ojo”. “Eso é brujo. Se necesita sé ciego pa no velo”.

“Enviria, sí, enviria”. “Ni me lo diga. Tan bonito qu’era su muchacho de Mandalena”.

Ese era resonó como si yo estuviese ya muerto. Tía Felisa se fue abriendo campo; mejor, su presencia se fue destacando, con las manos en la cintura y su tabaco en la boca con la candela para adentro:

“Para mi sabé mío, eta é una injuermerá nueva… No es ojo, no, mi gente”.

“Tía Fela: eso é brujo…”. “¡Que me palta un rayo si eso no é jiebre pelniciosa, hombre!”.

“Mi tía Fela sabe su cosa… ¿No es así, no, tía Felisa?”. “¡Quién es que habla de rayo!”.

“Así é, no bujquen tentación…”. “¡Fue jiebre mala!”.

“¡No jora, helmano, lo mijmo é ocho que ochenta!…”.

Todo el mundo bombeaba su cigarro, tanto varones como mujeres.

“Yo le juro a usté po la ceniza e mi madre que a ese muchacho no hay narie quien lo cure. Tiene brujo y tá tramado. No le sarva la vira ni er puta herizo. Aquí hay gente mala en éte pueblo, manque usté no lo crea”.

Entonces se presentó Juan D., es decir, Juan Domingo Ramírez. Traía un libro voluminoso, la pasta toda sucia, como rayada con filo de navaja. Apenas tartamudeó las buenas noches. Se me acercó. Me examinó. Frunció los labios y se sentó de medio-lado al borde de mi cama. Juan D. no se preocupaba por su ropa. Vestía una franela manguí-corta, deshilachada, con visibles manchas de leche de plátano; pantalón largo de dril negro, ajado.

Excepto Licosiome, quien no era del punto, Juan D. Ramírez había sido el único curandero en utilizar, fuera de sus yerbas, remedios de farmacia. Sentado al borde de mi cama se consagró a la lectura, la cual suspendía de vez en cuando sin levantar la cara; de rato en rato, empapaba de saliva el índice, con el cual volteaba la hoja.

Tía Fela, como siempre, discreta, procuraba aislarse del griterío; recostada contra la pared fumaba su cigarro con la candela dentro de la boca; aguardaba a que Juan Domingo la viera. El hombre se hallaba absorto en su ciencia, el ceño arrugado, bañado de sudor. Movía la cabeza en señal de duda.

“¡No! Esta enfermedá no tá aquí en mi libro” exclamó, en voz alta.

Tía Fela sacó su cigarro de la boca, torció la cabeza hacia la pared y echó un salivazo.

“¿Me das un pichoncito, Juancho?” —le preguntó tía Felisa—.

Juan Domingo alzó el rostro: “¡Ay!… ¡Ay, Felisa, helmanita pol Dió, no te había visto, peldóname!”.

“¿No cierto qu’é una enjuelmerá rara, Juancho?”.

“Tampoco é brujo, ni mal ojo” —aseguró Juan Domingo—.

“Eso mesmo digo yo” —asintió tía Fela—.

Llamó la atención de Juan D. cierto rumor parecido a rezo, entre los visitantes. Paró las orejas: Dios te salve, Reina y Madre Madre de Misericordia Vida y dulzura Esperanza nuestra Dios te salve …A ti clamamos A ti suspiramos Gimiendo y llorando Los desterrados hijos de Eva En este valle de lágrimas. Y en el fondo de la casa se oía al coro contestar, pues, quienes estaban lejos, sin poder verme, creían que ya era asunto de angelito.

Juan D. Ramírez gritó, airado:

“¡Qu’es eso, carajo! Aquí no hay muerto tuavía, mi gente… Averigüen primero antes de continuá con su cuento. Rezále a un vivo é pecáo, es llamá la muerte; eso é enteramente un abuso, hombre…”.

La concurrencia trató de calmarse. Juan D. se aproxima a mi mamá, tomándola del brazo:

“El caso no es de la competencia de nosotros aquí. Tienes que llevarle er muchacho a un dotor… Dicen que a Andagoya ha llegao un mérico italiano, qu’es la tatacoa…, ñamáse Emilio Pampana”.

Juan Domingo hasta llegaba a ser temerario en su oficio. Arrancaba muelas con alicates de carpintería, sin desinfectar, roídos. ¡Cómo encontraría él de difícil el caso mío cuando no se atrevió a encargarse de devolverme el uso de mis piernas! Acobardado por su impotencia que, en forma implacable al fin se revelaba por primera vez ante sí mismo, Juan Domingo, dio la espalda y se esfumó, confundido con el resto de la gente que iba desocupando nuestra casa.

LA FAMILIA ENTERA

Ya por la noche, al retirarse el grueso de los visitantes, pudo al fin reunirse toda la familia. Casi todos eran mineros, salvo mi tío Juan, mi tío Ventura, mi papá, y algunos primos que, aunque ya hechos hombres, seguían asistiendo a la escuela y tratando de orientarse hacia menesteres diferentes de la minería.

Al salir del trabajo, oída la noticia, nuestros parientes cercanos se precipitaron, pues, a nuestra casa, sin haber tenido siquiera tiempo de cambiar de vestimenta, ni de comer. Baste anotarlo, el minero suele regresar todo mojado y sin haber pasado bocado prácticamente desde el desayuno.

La mayoría eran familiares de mi papá; mi mamá no era del punto y no contaba allí sino con su primo Argemiro, director de la escuela de varones; otro primo de ella, Ranulfo, había pasado por Cértegui ocho días antes, destino a Lloró, a comprar marranos; hoy se hallaba de nuevo en Cértegui, de paso para Ibordó, con sus marranos.

“Hermana, no lloro por ser hombre” —dijo Ranulfo a mi mamá— .

Ese término de hermano solía ser utilizado por la rama de mi mamá, incluso entre primos: los menores denominaban respetuosamente hermano o hermana a sus mayores en edad. Ranulfo prosiguió:

“¿Lo que es el destino, no, mi gente? La semana pasada estuve yo cargando a este muchachito tan simpático, corriendo, jugando con él…, y véanlo ahora en este estado… Si me lo contaran no lo creyera… Pero lo estoy viendo con estos ojos que mañana han de comer tierra”.

Mi tía Cecilia, bajita, una fisonomía de india, los pómulos muy notorios, la tez no tan negra como la de mi papá, ni como la de mi tío Ventura, sino como la de mi tío Juan; el pelo lacio tirando a pelo de indio. Mi tía Cecilia era de una dulzura amorosa con sus sobrinos. Y quería entrañablemente a su cuñada. Consoló a mi mamá.

“Cuñada: no se preocupe; a mi sobrino le va es antes a sobrá gente para cuidálo. Ahí tán todos mis hijo que usté los puede ocupá cuando los necesite, a cualquier hora, de día o de noche, todos, Carlo, Laó, Luis Antonio, que son lo jovencito, y también los má chiquito, para que vengan a jugá con él. ¿No tá viendo usté, cuñada, a m’hija Juana Paulina con ese pie, que le cayó esa enfermerá, que la dejó renca?”.

Su marido, Alcibíades Moreno, a la vez discreto y diligente, se sonrió con un movimiento de cabeza, aprobando lo que decía mi tía Cecilia, su mujer, y sentenció:

“En la vida todos no nacimo para tener la mesma suerte, mi gente; por eso é qu’el mundo es mundo. Al muchacho hay que cuidalo. ¿Quién sabe lo que Dios le tiene reservado, cuando sea hombre, en recompensa de este sufrimiento de esta criatura?”.

Mi tío Ventura: “Ahí tenés tu compañero vos, Juan Evangelista, pa pasá er día en tu carpintería; vos que te gusta contá cuentos, lo vas a entretené contándole esas maravilla que vos sabés”.

Mi tío Juan hizo comparecer a su hijo Julio Heraclio. Julio, los brazos cruzados, ojos en tierra, paso lento, se paró firme delante de su padre.

“Venancio: aquí está Julio; de ahora en adelante es tu hijo. Te lo entrego para que reemplace a Arnoldo de los Santos” —dijo mi tío Juan—.

Julio tenía un rostro inconfundible; quien lo veía una vez recordaría para siempre su cara: lucía un enorme lunar, mancha azulosa entre el bozo y la ventanilla izquierda de la nariz. Sentóse en el suelo, al lado de mi papá, con las piernas recogidas, las rodillas hacia arriba, posición idéntica a la guardada en ese momento por Carlos N., José Laó, Luis Antonio.

“Yo no estaré tranquila, cuñada, hasta cuando le presente mi hijo al Señor Ecehomo” dijo mi mamá, dirigiéndose especialmente a mi tía Cecilia.

EL DOCTOR PAMPANA

No había tiempo que perder. Me llevaron adonde el doctor Emilio Pampana, médico del hospital de la empresa norteamericana Compañía Minera Chocó-Pacífico, en Andagoya. Al paciente que pasaba por sus manos sin alentarse le alistaban el ataúd.

Recuerdo el viaje a Andagoya, como en medio de árboles tupidos bajo una neblina lejana, un trayecto larguísimo, bordeando ríos, atravesando trochas cargándome alguien, pasando noches en la selva. Sé que estuvimos en Istmina, pues conservo la imagen de un pueblo grande. Guardo del hospital la impresión de mucha gasa, montones de algodón, frascos, jeringas, de cierto olor permanente e inconfundible, envolvente, casi agradable y, al fin y al cabo, desesperante.

En adelante, durante todo el santo día, navegaba yo en los ungüentos recetados, que mitigaban mi cansancio con su aroma. Mi papá, mi mamá, mi hermana Ernestina, mis primos, se dedicaban, sin cesar, incluso durante las primeras horas de la noche, a hacerme ese sobijo en las piernas, desde los pies hasta la cintura.

De trecho en trecho, ensayaban a ver si me podían siquiera parar. Imposible. Fuera de las recomendaciones prácticas, oí siempre a mis padres repetir que el doctor Emilio Pampana les había dicho lo siguiente:

“A causa de esto ya no morirá el niño. Caminará a la edad de veinticinco o treinta años”.

Mis padres no dudaron de las palabras del doctor Pampana. Pero ¡treinta años!

Quedaba, mientras tanto, por encima de todo la realización de un milagro. Tan pronto como fuera posible, iríamos al Plan de Raspadura a cumplir la manda ofrecida por mi mamá al Ecce Homo, el cual, así como me había concedido la vida, me devolvería la facultad de caminar.

LA MAGIA DEL BAUDÓ

En el Baudó había brujos negros y brujos indios; claro está, los negros no se juntaban con los indios. La señora Rosario, de Cértegui, se mantenía preñada con una barrigota grande, como con mellizos. Lo que tenía en realidad dizque era una tortuga. Un brujo baudoseño se la había metido en la barriga, de pique, porque Rosario no había querido amancebarse con él. Otras personas aseguraban que sí era hijo lo que tenía, pero vuelto conjuelo.

¿Y qué significaba conjuelo? Un ser humano; se engendra en el vientre de la madre, pero no nace. Los más discretos, a fin de no humillarla, sencillamente murmuraban:

“Rosario tiene tronco”, lo cual equivalía a algo raro, maleficio. Quizá no más que quien se lo había puesto se lo podía sacar. Pero como el baudoseño no había vuelto a Cértegui, podría sacárselo también otro brujo, por ejemplo, Cayetano; lo malo era que este actuaba exclusivamente para hacer mal.

Sin embargo, Rosario había obtenido que la socorrieran otros brujos, los cuales le habían dado varias tomas sin lograr hacerle botar el conjuelo. Rosario se consumía con la esperanza de encontrar a otro más competente que el baudoseño y que fuera de buena fe. No era fácil dar con un brujo de otra parte, superior a un brujo baudoseño.

Ahora, ese mismo Baudó, en vez de miedo, me alimentaba una gran esperanza. En el Baudó hacían lo que nadie más era capaz de hacer.

“De ser tortuga, seguirá creciendo y si es conjuelo continuará agrandándose” —aseguraba todo mundo—.

La cosa ocurrió de esta manera: un sábado, igualito a hoy, Rosario bajó a la orilla del río; apenitas acababa de pitar el policía para abrir el mercado, a las tres de la tarde; ella iba a comprar su ración de plátanos. Por desgracia o por suerte vio que la canoa del tal baudoseño contenía unos platanazos grandotes, rollizos, muy bonitos. Resolvió no dar vueltas y comprárselos a él.

“Yo para mi entender tengo qu’él sus plátanos ya los traía preparados. Polque…, mi gente…, era que me atraían, se me botaban encima, me los quería comé cruros. Yo sí me pelcaté que el hombe se fijaba en mí, no me quitaba los ojo. Lo que sí me recueldo é que me provocó salí corriendo. Pero los pie no me oberecieron. Vean, ve, la tentación d’etos plátano, pensé para mis adentro…”.

“¿Y er bauroseño qué te dijo, Rosario?”.

“Pa ser franca, no me dijo éta boca es mía”.

“¿Vo le compráte los plátano?”.

“Lo que sentí jué un piquiña en er cuerpo. Se los compré”.

“Y…”. “No fue más”.

“¿No más?”.

“No más”.

He ahí todo cuanto la propia Rosario contaba. El resto de la historia era el tole-tole que andaba de boca en boca. Lo que era su barriga grande sí la tenía y desde hacía años. Tuve, pues, del Baudó, de su gente, una primera idea terrorífica.

Un sábado, día de mercado, vino del Baudó un curandero reputado. Ese sí era el manda-callar. No había dolencia que le resistiera; hasta muertos había resucitado. No era para menos, tratándose de un curandero originario del Baudó, región apartada, detrás de varios ríos, una cordillera, quince días de viaje. Desde temprano, hoy sábado, digo, sentado en una silla de palo, estoy listo esperando al curandero Amadeo Rodríguez, convencido de que inmediatamente me hará caminar.

Con la nochecita llega: bajito de estatura, descalzo, el color de su piel tirando a mulato o más bien a cobrizo de indio; viste camisa de color y pantalón de dril blanco, limpios; sombrero de paja, no viejo, en cambio sí estropeado por el sol y la lluvia.

Don Amadeo se me acerca, paso a paso. Su cuerpo parece no moverse. Me mira de arriba a abajo sin distraerse. Me toca las piernas, me las rasguña; al sentir el pellizco, reacciono tratando de atajarlo. Dice:

“De sentirlo, el muchacho lo siente el aruñazo… Ahora, préstame una aguja, señora Madda, y tráigame un tizón de candela”.

Me quedé seco, aguardando la aguja y el tizón. Ya todo listo, don Amadeo, quema la punta de la aguja y me chuza los muslos, las rodillas, los pies. A cada pinchazo, brinco y trato de agarrarle la mano. Entonces, me alza en peso para ponerme de pies. No puedo. Dictamina:

“Lo que le juarta al muchacho é juerza en las zanquitas… Señora: úntele manteca e lagarto y a como se la vaya untando lo va sobando. Verá que no demora pa caminá. Si no camina con eso, no camina nunca”.

Mi mamá y mi papá se miran, sonrientes, satisfechos. “

¿Cómo hacemo, don, pa la manteca de lagarto?” —pregunta mamá—.

“Yo mismo se la propolciono. No le vale mucho”.

¡Manteca de lagarto! ¡De qué diablos sería que me iban a empantanar mi cuerpo! ¿Lagartijas no eran esos bichos que se mantenían detrás de la casa y que cambiaban de color? El lagarto tal vez era peor. Ese bálsamo, a pesar de su perfume ya me tenía cansado. Y con la tal manteca de lagarto ya me sentía oliendo a perro o a quién sabe qué. Bueno, era por mi bien. Nunca me quejaba. Yo quería caminar. Podría caminar, correr, jugar en las calles nadando con la lluvia e ir al río los días de sol.

Mi mamá me miró llena de confianza. Su influjo era contagioso. Bastaba que ella se propusiera algo y el ambiente vibraba preparándose para contribuir a la realización de aquello. Comprendí: debía aceptar lo que mi mamá aceptaba. Su fuerza de convicción y la capacidad de transmitirla eran tales que yo no podía, ni nadie, quizá, escapar a los designios de su sana ambición.

Y fue unta que unta, soba que soba; dele que dele con esa bendita manteca de lagarto. A medida que discurrían las semanas yo me iba sintiendo mejor, lo cual se manifestaba en mis intentos por sentarme. Entonces, mi mamá me enroscaba bien las piernas para que cupiera dentro de una taza; una vez metido allí me cuñaba la espalda y los costados con cojines, de suerte que pudiera mantenerme sentado, derecho, y recostaba la taza contra la pared, no fuera a dar la carambola. De vez en cuando me sacaba, tratando de pararme. La esperanza de verme hacer un penino mantenía repletos de curiosidad a todos los de la casa, anhelantes de ver llegar el día milagroso.

Mi hermanita Escila, dos años menor que yo, hecha un gigante de mujer en comparación conmigo. Elba Octavina podía alzarme, me sacaba a jugar a la calle, frente a la casa. Me rodeaban amiguitos de mi edad, quienes, en mi concepto, volaban. Jugar, para los niños de mi pueblo, era correr, gritar, reír, entrenarse en lucha libre, tirar piedras a los pajaritos, marranos, vacas, perros, gatos, gallinas, a las frutas de los árboles, nadar en el río o bajo un aguacero torrencial descuajado en medio del calor tropical.

Cuando los otros chicos se dispersaban, atraídos por cualquier bagatela, pues, podían vagar libres con sus pies, yo me divertía solo, contemplando mi mundo: la iglesia, su veleta que daba vueltas con el viento; las mismas tres vacas flacuchentas que atravesaban la plazoleta sin gente; las casas, las puertas entornadas; el río claro; la luz del sol creando los dibujos que yo deseaba para identificarlos con las sombras de las cosas; los techos humeantes.

A menudo, mi papá venía hacia mí, me proyectaba al aire y me recibía en sus brazos; sensación de júbilo; yo reía mi papá también; tenía yo la impresión de ser yo mismo quien ejecutaba el acto de lanzarme al espacio, libre.

Enseguida, mano a la manteca de lagarto y sobe que sobe, unte que unte, mi mamá, mi papá, mi hermana Ernestina, mi hermanita Elba Octavina. Para ellos el oficio principal se resumía en una consagración absoluta en mi persona. Un día, mi mamá me dejó bien acomodadito dentro de la taza, jugando con un barquito de papel, cuando a su espalda oyó un golpe y un chirrido. ¿Qué ve? A mí, boca-abajo, en el tablado, removiéndome, la taza en el patio de los infiernos, los cojines regados.

Al pasarle el susto y constatar que no me había estropeado ni reventado la cara, mi mamá adivinó el misterio: yo había querido salirme del cesto. Resolvió sentarme. Me senté. Quedé un trisito ladeado, apoyado en mis propias manos aferradas al suelo.

“Venancio: el muchachito se sentó” —le comunicó a mi papá—.

Al día siguiente les dio por pararme. Imposible sostenerme. Mi papá permaneció un rato observándome: se me había encogido la pierna derecha, doblada en la rodilla, el pie bailando; atrofiados los músculos, estaba delgadita, semejante al brazo de un niño menor que yo. En cambio, la izquierda sí me quedó recta, pero el pie torcido, la planta mirando ligeramente hacia afuera, de suerte que puesto en tierra la piel del tobillo interno rozaba contra el suelo; un poco menos flaca que la derecha, los músculos también habían sufrido; la rodilla se me echaba demasiado hacia atrás. Una nalga más gorda que la otra. A ese estado me había reducido la fiebre-mala: no caminaría.

Y fue así como empecé a sentir el aguijón de ansiar ir al río, a la plazoleta del pueblo, en tropel, a medir las calles de Cértegui, a visitar las casas una por una. Hasta ese marco se ampliaba mi ambición de andar. La lucha por salvarme la vida, seguida de la urgencia de hacerme caminar, había sido absorbente: mis padres ya le pusieron más cuidado al fenómeno de la secada de las piernas. Convocaron a Licosiome, Juan D., tía Felisa.

“No tiene importancia” conceptúa Licosiome. “El muchacho no se ha agravado. Es ni más ni menos que un resultado de la enfermedad”.

Se acerca a mí, me agarra las piernas, me las dobla, me las estira bruscamente, me retuerce los pies. Yo no me quejaba, ni intentaba impedir su acción.

Licosiome concluye: “No le duele nada al niño. Ya está fuera de peligro y se quedará inválido”. Interviene Juan D. Ramírez:

“Con su peldón, Liborio, no estoy de acuerdo con usté porque ahora sí es que hay que ponéle cuidao otra vé. Ar muchachito se le tan secando las patica, eso sinifica que la enfermerá le va a subí para arriba: le sube de la centura y entonce le ataca er cuerpo, er corazón y er celebro… ¿Eh?… ¡Póngame er trompo en la uña!”.

Abismado, Liborio Cossio M., abre la boca; pero la vuelve a cerrar. Echa a Juan Domingo una ojeada por encima de los aros de sus gafas como quien exclama: “¡Qué descaro!”. Guarda silencio haciendo esfuerzos para no alborotar una pelea. Al fin, no se aguanta:

“Escuchame, Juan Domingo, hermano: yo siempre he dicho que vos sos muy atrevido. ¿Con qué autoridad te atrevés vos a soltar esas opiniones?”.

Dicho lo cual se puso a reír, prodigando a Juan Domingo unas palmaditas cariñosas en los hombros. Oídas las palabras de Juan D. Ramírez, a mi mamá se le había cortado la respiración; sin embargo, el tono suave, pero terminante de Licosiome, acababa, en cierto modo, de consolarla. Tía Felisa expresó su punto de vista:

“Yo tengo para mi entendé, ya que yo no tengo la enteligencia de usteden…, que la enjuermerá se acabó. No le deben seguí untando esa manteca e lagalto, qu’es lo que le ta secando las pielna y día por día lo va derrengando. No é que no le haga provecho; pero de otro lado, é dañina”.

A Juan Domingo no le había caído bien la chanza de Licosiome. Testarudo, buscaba la contraria, a todo trance. No quiso dejarse apabullar:

“Lo que yo digo, don Liborio, lo repito, es positivo. Ar muchacho ya lo llevaron a Andagoya. Lo trató jue un dotor y no un tegua. ¿No é así?”.

Hizo hincapié en el “¿no es así?”, clavándole los ojos en la mismísima cara a Licosiome, queriendo significar que este no era doctor.

“Eso ya es harina de otro costal” asintió Licosiome, simulando un tono ecuánime.

“Sin embargo, no voy a entablar polémica con vos” agregó indignado.

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“Yo le aconsejo la manteca e tigre concluyó tía Felisa y prosiguió: ¿usteden no tienen, pué, Venancio, unos pariente allá en er río San Paulo? Con ellos la consiguen fáci. Allá queda tuavía mucho animal. Ellos se la mandan su manteca e tigre, vea ve, Venancio…”.

EL AMULETO

Suspendieron los sobijos con manteca de lagarto y escribieron una boleta a nuestros parientes del río San Pablo. El sábado siguiente desembarcaron dos jóvenes de pantalones cortos; uno con camisa amarilla, la del otro rosada; muy bien lavada la ropa, pero sin aplanchar. En su comportamiento se notaba un marcado sentido de obediencia, de solidaridad, de humildad, hasta el punto de parecer intimidados. Tan pronto como pisaron el umbral de la puerta y vieron a mi papá y a mi mamá se arrodillaron:

“Bendito y alabado sea el Santísimo Sacramento…” —musitaron ambos, a la vez—.

“Bendito y alabado sea para siempre” —contestó mi mamá echándoles la bendición—. “Levántense, no más, muchachos” —les ordenó, cariñoso, mi papá—.

“Buenoj día, tío Enancio, buenoj día, tía Mandalena” —saludaron los dos, en coro—.

“Buenos días, Manuel Dionisio, buenos días, José Ángel. ¿Cómo están las gentes abajo, en Boca-e-Cértegui?”.

“Regularcito, tío Enancio” —respondieron—. “Le mandan mucha salures; tienen que sembrá un maíz, por eso no vinieron, cuando tengan un lugacito vienen a ve ar primo” —avisaron—.

Ya nosotros nos habíamos desayunado. Serían pasadas las ocho de la mañana. A juzgar por la hora de llegada, en relación con el trayecto, los jóvenes estaban en ayunas. Les prepararon lo conveniente.

“Aquí le trajimo, pué, tío Venancio, su encalgo, la manteca de tigre” —anunció Manuel Dionisio y sacó de un canasto una botella de grasa de jaguar—.

“¿Dónde tá er primo enfelmo?” —pregunta José Ángel y prosigue—: “Fue que le trajimo también una cabalonga y se la vamo a poné ahora mismo pa el mal ojo. Allá abajo hay un comentario, que fue que lo ojiaron polque taba muy bonito. La cabalonga ya viene lista der Baudó”.

“Póngale, pues, su cabalonga” —autorizó mi papá—.

Una pepa dura, negra, irrompible, alargada, con dos capuchoncitos de oro, provistos de eslabones, a través de los cuales pasaba un hilo resistente, que servía de collar, mientras la cabalonga reposaba sobre el pecho o en la espalda para atraer las miradas. José Ángel me la puso: intrigado, empecé a manosear mi joya.

“Vengan a desayunar” —los invitó mi mamá—. Los dos jóvenes rodearon a mi papá y a mi mamá. Durante unos segundos, miraron desconfiados a todas partes.

José Ángel, quien parecía ser el mayor, dijo: “Oiga, tío Enancio, oiga tía Mandalena: mandaron a decí los viejo que les avisen sinceramente quién es la pelsona que usteden saben aquí que tiene mal ojo; que ellos le van a poné la contra y van a dejá ciego a ese mal-parido”.

“No hablen así, no, muchachos” —exclamó, aterrada, persignándose, mi mamá—.

“Dios está arriba” —concluyó—.

“No, tía, no tema; esas infusticia hay que cobralas aquí mesmo, ¿ta uyendo?… Dio no se mete en eso, tía” —explicó José Ángel—.

Mi papá no dijo ni sí, ni no. Luego, les hizo esta pregunta:

“¿Ya ustedes tenían en la casa manteca de tigre?”.

“No, tío…” —respondió Manuel Dionisio—.

“Desayunen, pué” —dijo mi mamá—.

José Ángel tomó la palabra:

“Mi gente: cuando llegó la calta suya, tío Venancio, ahí mesmito nosotro loj muchacho loj tiramo ar monte. Eramo cinco. Loj juimo pal lao e Paimaró. Nosotro ya teníamo el indicio: úrtimamente en er punto se habían veniro desapareciendo unos marrano; a nosotro también se nos habían cogiro uno. Robo no era polque cuando é robo se sabe. Cuando loj metimo ar monte, nosotro llevábamos su plátano y su panela, jóforo y un cardero; no sabíamo hasta cuándo íbamo a pelmanecé en esa cacería. Con la taldecita los topamo una guagua. ¿Tigre? Nada que te veo. Esa noche, en la rái de un argarrobo prendimo su jogón y hicimo un cardo de guagua…, tío Venancio, tía Mandalena, que…, ¡ay!… Yo se lo digo a usté, cuando los bebimo esa sustancia comenzamo a surá, mi gente… En la escurirá esa hoguera alumbraba como luz eléctrica, así que si los cogía un sueño pesao no había alimaña que se acercara. Ar día siguiente le vimo er rastro. Y a los tres día di andá pu allá nos topamo con el hombre. Fue po la mañana. A la obrilla de una quebradita cristalina lo vimo sentao, lambiéndose los bigote, muy sabroso. Y a machete lo matamo. Taba bonito el alimal, tío Venancio… ¡Oiga!… Ese coló de las mancha parecían mota de telciopelo, unas grandota negras y otras chiquita como la niña del ojo, y todo ese pelito bien lisito, que lo tocaba uno y no lo sentía con la ñema del dedo, en vece brillaba como plátano maruro-pintón asándose en el rescoldo, en vece amarillo como cáscara e mango… Allá abajo en San Pablo tenemo er cuero secando ar sol pa gualdalo de recueldo…”.

Al bálsamo, a la manteca de lagarto, siguió la grasa de jaguar. El almizcle se me pegaba al cuerpo; no se me desprendía ese insoportable hedor a meado viejo, reseco, de la tal manteca de tigre.

“Cuando alguno sufra de almorrana también se aconseja la manteca e tigre, untándola en la nalga, aplicando el sobijo de abajo para arriba”, última recomendación de José Ángel, de parte de sus mayores de San Pablo.

No sentía dolor alguno, ni me subía fiebre; por ese lado, me hallaba bien de salud. ¿En cuanto a locomoción? Estático. Mi vida sería así, me fui dando perfecta cuenta de eso. Sin embargo, me inquietaba saber si, sí o no, haríamos la visita al Señor Ecce Homo en Raspadura. Yo pensaba que, al fin y al cabo, no faltaba sino aquello para que yo pudiera caminar.

La mayor parte del tiempo, es cierto, olvidaba mi situación porque en realidad me iba acostumbrando a que mi vida sería esa. A veces se me hacían los días largos, la noche corta; cuando no, las noches larguísimas y los días interminables. Mi papá y mi mamá, a menudo, hablaban y hablaban de Raspadura. ¿De qué dependería tanta demora?

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